CAPÍTULO VIGESIMOQUINTO,

en el que los holandeses experimentan un grotesco cambio cuando Simplicius se oculta en su fortaleza

Cuando nuestra gente me hizo relación de este vano esfuerzo suyo, y yo mismo quise ir a visitar el lugar y ver qué podía hacerse para encontrar a dicho alemán, no solo empezó un terrible terremoto que hizo creer a mi gente que la isla entera iba a desaparecer en aquel instante, sino que tuve que ir a toda prisa en pos de mi tripulación, que estaba dispersa por tierra y se encontraba en un estado casi asombroso y muy preocupante: uno estaba con la espada desnuda delante de un árbol, luchando con el mismo y afirmando que tenía que batir al mayor de los gigantes; en otro lugar uno estaba sentado mirando el cielo con expresión feliz, y decía a los otros como si fuera una verdad profunda que veía a Dios y a todo el ejército celestial reunidos en celeste alegría; en cambio, otro miraba el suelo con temor y temblor, alegando que veía, en terribles fosas que ante él se abrían, al diablo mismo junto con sus cohortes, que bullían al fondo de un abismo; otro había cogido un palo y daba golpes a su alrededor, de tal modo que nadie podía acercarse, y gritaba que le ayudasen contra todos esos lobos que querían desgarrarlo; otro estaba sentado sobre un tonel de agua (de los que habíamos llevado a tierra para acondicionarlos y llenarlos), le hincaba las espuelas y quería que fuera un caballo; allí uno pescaba en tierra seca con el anzuelo y enseñaba a los otros los peces que picaban. En suma, allí había que decir: «Más cabeza que seso», porque cada uno tenía su propio ataque, que no se parecía en lo más mínimo al del otro. Uno vino corriendo a mí y me dijo con toda seriedad:

—¡Mi capitán, os ruego por lo que más queráis que administréis justicia y me protejáis de ese horrible individuo!

Cuando le pregunté quién le había ofendido, respondió (y señalaba con la mano a los otros, que tenían la cabeza tan perdida como él):

—Esos tiranos quieren obligarme a devorar de un golpe dos barriles de arenque, seis jamones de Westfalia y doce quesos holandeses junto con un barril de mantequilla. Mi capitán —siguió diciendo—, ¿cómo va a ser posible tal cosa? ¡Es imposible, me ahogaría o reventaría!

Con tales locuras y otras por el estilo andaban, lo que habría sido muy entretenido de saber que iba a tener fin y a terminar sin daño. Pero en lo que a mí, y a los otros que estaban en su juicio, se refería, tuvimos miedo, sobre todo porque cuanto más tiempo pasaba más de estos locos encontrábamos, y nosotros mismos no sabíamos cuánto tiempo estaríamos libres de ese extraño estado.

Nuestro capellán, que era hombre manso y devoto, y algunos otros consideraron que el mentado alemán al que los nuestros habían encontrado al principio en la isla tenía que ser un hombre santo, y buen servidor y amigo de Dios, por lo que los nuestros, al derribar los árboles, coger sus frutos y matar a las aves, habían arruinado su vivienda y estaban siendo castigados por el cielo. Otros oficiales decían en cambio que podía tratarse de un mago, que gracias a sus artes nos atacaba con terremotos y con tales locuras, para hacernos dejar cuanto antes la isla, o hasta para perdernos por completo. Lo mejor era, decían, cogerlo prisionero y obligarlo a devolver el entendimiento a los nuestros. En tal dilema, cada uno defendía su opinión, y a mí las dos me atemorizaban, porque pensaba: «Si es amigo de Dios, y este nos está castigando por él, Dios le protegerá de nosotros, pero si es un mago, y puede hacer tales cosas como estamos viendo y sintiendo en nuestros cuerpos, sin duda aún será más capaz de que no podamos apresarlo. Y, ¡quién sabe! ¿Y si está, invisible, entre nosotros?». Por fin, decidimos buscarlo y ponerlo bajo nuestro poder, ya fuera de grado o por fuerza. Volvimos con antorchas, coronas de brea y faroles a la mencionada cueva, pero nos ocurrió lo que antes les había pasado a los otros: que no pudimos meter luz alguna, ni avanzar entre esas aguas tenebrosas y afiladas rocas, aunque lo intentamos. Entonces una parte de los nuestros empezó a rezar, la otra a jurar, y no sabíamos qué hacer o dejar de hacer con estos miedos nuestros.

Mientras estábamos en esa siniestra cueva y no sabíamos ni entrar ni salir, de tal modo que lo único que hacíamos era lamentarnos, oímos muy lejos de nosotros al alemán gritar desde la tenebrosa cueva de la siguiente forma:

—Señores —dijo—, ¿por qué os esforzáis en vano en venir hacia mí o entrar de otro modo? ¿No veis que es una pura imposibilidad? Si no queréis conformaros con las provisiones que Dios os da en esta tierra, sino que queréis enriqueceros conmigo, un hombre pobre y desnudo que no tiene más que la vida, os aseguro que estáis hurgando en paja hueca. Por eso os ruego, por el amor de Cristo nuestro Salvador: abandonad vuestro intento, gozad de los frutos de la tierra para vuestro refresco y dejadme en paz en esta seguridad, a la que he huido por vuestras palabras tiránicas y casi amenazadoras (que ayer no pude menos de oír desde mi choza), antes de que, si Dios quiere, sufráis una desgracia.

Era un buen consejo, pero nuestro capellán le gritó a su vez y dijo:

—Si alguien os ha molestado ayer lo sentimos desde el fondo de nuestro corazón, ha sido tosca marinería que nada sabe de discreción. No venimos a saquearos ni a hacer botín, sino tan solo a pedir consejo acerca de cómo ayudar a los nuestros, la mayor parte de los cuales ha perdido el juicio en esta isla. Además de hablar gustosos con vos, cristiano y compatriota, de mostraros afecto, honor, lealtad y amistad conforme al último mandato del redentor y, si lo deseáis, llevaros con nosotros de vuelta a vuestra patria.

A esto recibimos como respuesta que ayer había oído muy bien cuál era nuestra intención hacia él, pero que, siguiendo la ley de nuestro salvador, quería devolvernos bien por mal, y no ocultarnos cómo ayudar a los nuestros a regresar de su insensata locura. Debíamos, dijo, dar a comer a aquellos que en tal estado estaban solo las semillas de las ciruelas que les habían devorado el entendimiento, y en un momento mejorarían, lo que sin su consejo habíamos hecho con los albaricoques, cuya semilla caliente, cuando se probaba, eliminaba el frío dañino de la fruta. Si no sabíamos cuáles eran los árboles que llevaban tales ciruelas, no teníamos más que prestar atención a aquellos en los que estuviera escrito:

Asómbrate de mi naturaleza,

pues hago como Circe, la hechicera.

Con esta respuesta y el primer discurso del alemán, pudimos estar bien seguros de que los nuestros que primero habían llegado a la isla lo habían asustado y obligado a retirarse a esa cueva, y de que tenía que ser un individuo de honesto ánimo alemán, puesto que, a pesar de haber sido molestado por los nuestros, nos señalaba qué les había hecho perder la cabeza y con qué podían recuperarla. Entonces nos dimos cuenta por vez primera, con el mayor arrepentimiento, de los malos pensamientos y erróneo juicio que nos habíamos formado acerca de él, por cuya causa y merecido castigo habíamos ido a parar a esa cueva siniestra y peligrosa, de la que parecía imposible salir sin luz, porque nos habíamos adentrado mucho en ella. Por eso nuestro capellán volvió a alzar miserable su voz y dijo:

—¡Ah, honesto compatriota! Los que ayer os ofendieron con su burdo discurso son toscos marineros, los más rudos de nuestro barco. En cambio ahora está aquí el capitán, junto con los oficiales más distinguidos, para pediros perdón, saludaros cordialmente y tratar de compartir con vos cuanto se encuentre en nuestro patrimonio y pueda seros de utilidad. Incluso, si queréis, para llevaros con nosotros a Europa, lejos de esta triste soledad.

Pero la respuesta que nos dio fue que sin duda agradecía el ofrecimiento pero no tenía intención de aceptarlo. Igual que con ayuda de la gracia divina había podido prescindir durante quince años, con el mayor placer, de toda ayuda y compañía humana en aquel lugar, ni deseaba regresar a Europa ni, de manera necia, cambiar su actual y placentero estado por un viaje tan largo y peligroso hacia una inquieta y perpetua miseria.

El aventurero Simplicissimus
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