CAPÍTULO TERCERO,
de cómo pasaron el invierno los dos amigos
En aquel lugar alquilé para nosotros una hermosa habitación además de una cámara como las que utilizaban los huéspedes para tomar sus baños, sobre todo en verano. La mayoría de ellos eran suizos ricos que acudían con más ánimo de divertirse y presumir que de hacer curas. Pedí también pensión completa para ambos, pero cuando Herzbruder vio que yo me las daba de gran señor, me aconsejó economía y me recordó el largo y crudo invierno que teníamos en puertas. No creía, me dijo, que mi dinero diera tanto de sí. Esto, prescindiendo de que al llegar la primavera necesitaríamos una considerable suma para salir de allí. «Porque incluso el mucho dinero —añadió— se acaba rápidamente cuando se gasta y no se gana. Se evapora como el humo y no vuelve nunca más, etcétera». Después de esta leal advertencia, no pude ocultarle más a Herzbruder lo repleta que estaba mi bolsa y el empleo que pensaba darle en nuestro bienestar porque aquel dinero era tan indigno de ningún tipo de bendición que no pensaba usarlo para comprar ninguna hacienda. Y es que no solo se trataba ya de hacer lo posible para ayudar a mi mejor amigo, sino que él debía alegrarse de disfrutar del dinero de Olivier por los agravios y perjuicios que de este había recibido en Magdeburgo. Como me sabía bien seguro, me despojé de mis dos faltriqueras, saqué los ducados y pistolas, y le dije a Herzbruder que podía disponer de todo aquel dinero y emplearlo y repartirlo como juzgase mejor para ambos.
Al advertir la confianza de que le hacía objeto al poner en sus manos todo aquel dinero, con el que habría podido convertirme en un noble caballero, me dijo:
—Hermano, desde que te conozco, no haces sino demostrarme amor y fidelidad. Pero, dime, ¿cómo crees que podré devolverte todo lo que te debo? No se trata solamente del dinero, que quizá con el tiempo podría devolverte, sino del amor, la fidelidad y sobre todo la confianza ilimitada que me otorgas. Hermano, tu virtuoso carácter, en suma, me convierte en tu esclavo, y lo que haces conmigo es digno de asombro y jamás podré recompensártelo. ¡Oh, honrado Simplicius! ¿Cómo no se te ocurre pensar que en estos tiempos que anegan el mundo, el pobre y mísero Herzbruder podría huir con toda tu fortuna, dejándote en la indigencia? Ten por seguro, hermano, que esta muestra de tu amistad me une mucho más que al hombre más rico del mundo que me ofreciera mil veces más. Pero te pido que continúes siendo tú el guardián y administrador de tu dinero; a mí me basta con que seas mi amigo.
Yo le contesté:
—¿Qué extraños discursos son estos, distinguido Herzbruder? ¿De tu propia boca oigo que te sientes obligado conmigo, y a pesar de ello no quieres que emplee el dinero en nuestro bienestar?
Así conversamos de manera tan pueril durante un rato, porque estábamos completamente embriagados del gran amor que nos teníamos. Herzbruder se convirtió en mi mayordomo, mi tesorero, mi criado y, al mismo tiempo, en mi señor. En nuestros ratos libres me contó toda su vida y cómo había llegado a conocer al conde de Götz y a ganarse su confianza. Luego le conté yo cuanto me había sucedido desde la muerte de su padre; hasta entonces no habíamos tenido tiempo para hacerlo. Cuando se enteró de que yo tenía una joven esposa en L. me reprochó que hubiera ido con él a Suiza en vez de reunirme con ella, porque habría sido lo correcto y mi deber inmediato. Yo me disculpé diciendo que no había podido soportar dejar a mi amigo en la miseria. Me convenció para que escribiera a mi esposa, contándole mi situación y prometiéndole regresar a su lado en cuanto me fuera posible. También le pedí disculpas por mi larga ausencia, diciéndole que todo tipo de contratiempos me habían impedido el regreso, aunque lo deseara de todo corazón.
Cuando Herzbruder se enteró por los comentarios que corrían de que el asunto del conde de Götz iba por buen camino, que había logrado rehabilitarse ante su majestad imperial, que le pondrían en libertad, y que hasta recibiría el mando de un ejército, escribió a Viena para informarse de las condiciones en que se hallaba y también al ejército bávaro para preguntar por su bagaje, que había dejado allí, y empezó a confiar en su buena estrella. Tomamos la determinación de separarnos en primavera, él se dirigiría a Viena, en busca del conde, yo a L., a reunirme con mi esposa. Sin embargo, para no perder el tiempo ganduleando, aprendimos durante el invierno con un ingeniero a proyectar más fortalezas de las que podrían construir los reyes de España y Francia juntos. Luego entré en relaciones con algunos alquimistas, los cuales decían querer mostrarme la ciencia de fabricar oro, si yo ponía la materia prima. Creo que me habrían convencido, si Herzbruder no los hubiera despachado diciéndoles que si alguien conociera tal ciencia, no andaría mendigando, ni pediría dinero a los demás.
Mientras que Herzbruder recibía más que satisfactoria respuesta de Viena y excelentes promesas del conde, de L. no me llegaba una sola letra, aunque yo había enviado muchas cartas duplicadas. Esto me puso de mal humor y fue causa de que en primavera no tomara el camino de Westfalia, sino que consiguiera convencer a Herzbruder para que me llevara consigo a Viena para disfrutar allí de su esperada buena suerte. Por lo tanto, con mi dinero nos equipamos como dos hidalgos, con ropas, caballos, criados y armas y, por Constanza, nos dirigimos a Ulm, donde embarcamos y, siguiendo el Danubio, llegamos felizmente en ocho días a Viena. Por el camino, lo único que llamó mi atención fue que, cuando los viajeros interpelaban a las mujeres que vivían junto al río, estas no les respondían con palabras, sino que se levantaban las faldas y les enseñaban las posaderas, que es una buena manera de hacer entrar a alguien en razón.