CAPÍTULO TERCERO,
de cómo Simplicius cambia de nombre al encomendarlo a un comediante
Monsigneur Canard tenía más caza a su disposición que muchos propietarios de abundantes cotos. Le regalaban más de lo que él y los suyos podían consumir. Diariamente le visitaban parásitos, tantos que parecía que tenía la mesa a disposición del primero que se presentara. Una vez le visitaron el jefe de ceremonias del rey y otras altas personalidades de la corte, a quienes obsequió con un ágape digno de un príncipe. Sabía muy bien dónde escoger a sus amigos entre todos aquellos que rodeaban a su majestad o gozaban de su gracia. Para ofrecer a sus huéspedes algo extraordinario y para divertirles me pidió que cantara ante ellos una canción alemana cualquiera en honor de la nobilísima asamblea. Lo hice gustosamente porque así lo deseaba. Lo hice lo mejor que supe porque estaba de buen humor (los músicos suelen ser caprichosos) y quedaron todos los presentes tan satisfechos de mí que el maestro de ceremonias dijo que era una triste gracia que no supiera hablar francés, puesto que en ese caso habría podido ser presentado al rey y a la reina. Sin embargo mi señor, temiendo perderme, contestó que yo pertenecía a la nobleza, que no pensaba permanecer mucho tiempo en Francia y que no consentiría con gusto en ser músico. El maestro de ceremonias opinó que en su vida entera había visto a nadie de tan bella figura, que tocara el laúd con tanto donaire y poseyera una voz tan melodiosa. Mucho menos a nadie que reuniera las tres cualidades. Dentro de poco se representaría ante el rey, en el Louvre, una comedia, y si pudiera darme un papel en ella, confiaba en que conseguiría gran éxito y honor. Monsigneur Canard me tradujo sus palabras y yo contesté que si me decían qué personaje debía representar y qué canciones tenía que ejecutar con el laúd, podía aprender las melodías y el texto de memoria y declamarlos en francés. Cuando el maestro de ceremonias me vio tan dispuesto, me invitó al Louvre al día siguiente para que demostrase mis cualidades. Acudí puntual a la cita. Ejecuté a la perfección las melodías de las distintas canciones, leyendo las notas que tenía delante. Aprendí de memoria la exacta pronunciación de las letras en francés, y para que pudiera adaptar a ellas mis gestos, se me tradujeron al alemán. No me pareció nada difícil, y lo aprendí antes de lo que nadie habría imaginado, y tan bien lo hacía que cualquiera que me escuchase (tal alabanza me la hizo monsigneur Canard) nueve de cada diez, habría jurado que era francés. Cuando nos reunimos para el primer ensayo general, supe representar tan perfectamente a mi personaje, Orfeo, en su triste lucha con Eurídice, con mis gestos, canciones y melodías, que todos creyeron que no era la primera vez que hacía aquel papel. Nunca en mi vida había disfrutado tanto como el día en que fue representada la obra. Monsigneur Canard me dio algo para aclarar la voz. Pero cuando quiso resaltar mi belleza con oleum talci y empolvar mis relucientes cabellos, negros y ondulados, se dio cuenta de que el efecto era el contrario. Fui coronado con una guirnalda de laurel y vestido con un traje antiguo color verde mar, que permitía vislumbrar todo el cuello, la parte superior del pecho, los brazos hasta los codos y las piernas hasta la mitad de las pantorrillas, todo cubierto con manto de satén color de carne que más parecía un estandarte. Con este traje enamoré a mi Eurídice, clamé ayuda de Venus con una hermosísima canción y, finalmente, rapté a mi amada. Durante este acto, supe conducirme magníficamente, suspirando por mi amada con enamorados y brillantes ojos. Cuando perdí a mi Eurídice, vestí un traje negro que resaltaba mi piel blanca como la nieve. Lamenté su pérdida y me imaginé yo mismo la cosa tan triste y amarga que en medio de las más dolorosas canciones brotaron de mis ojos las lágrimas, impidiéndome casi cantar. Pero salí del paso para presentarme ante Plutón y Proserpina, en los mismísimos infiernos, y les canté sus propios amoríos con una canción conmovedora, acompañándome de un arpa, para recordarles el gran dolor de mi pérdida y rogarles encarecidamente que me devolvieran a mi Eurídice. Después que hubieron accedido, les di mis más encarecidas gracias con otra canción en la que cambié completamente la tristeza de mis gestos, de mi voz y mi rostro en una tan exaltada alegría que todos los espectadores se maravillaron y asombraron de mis cualidades de actor. Pero cuando de nuevo perdí a mi Eurídice por un descuido fortuito, solo precisé pensar en el mayor peligro que puede suceder a un hombre para palidecer de súbito, como si fuera a caer desmayado. Como en aquel momento me encontraba solo en el escenario y todos los espectadores me contemplaban únicamente a mí, me esforcé tanto como pude, llevándome el honor de ser considerado como el que mejor había representado su papel. Después me senté sobre una roca, para lamentar la desaparición de mi amada con conmovedoras palabras y una quejumbrosa melodía que invitaba a todas las criaturas a compadecerse de mí. Acudieron a mi canto toda clase de animales salvajes y domésticos, montañas y árboles, como si se tratara de algo sobrenatural. Mas al final, cometí un error. Tras rechazar a todas la mujeres, era estrangulado por las bacantes, arrojado al agua (solo se me veía la cabeza mientras el resto de mi cuerpo permanecía bajo el escenario) y devorado por el dragón. Pero el sujeto que encarnaba al dragón y, bajo el disfraz de cartón, no me veía bien, colocó su cabeza junto a la mía y me hizo reír de tal manera que las damas que me contemplaban tomaron precauciones.
Esta comedia me reportó no solamente una espléndida gratificación sino también un nuevo nombre: desde entonces los franceses me llamaron Beau Alman. Se organizaron muchos otros ballets y juegos semejantes, propios de carnaval, en los que intervine con parecido éxito. Finalmente, llegué a ser envidiado por los otros actores, porque únicamente yo atraía las miradas y las alabanzas de los espectadores y, sobre todo, de las damas. Sin embargo, tuve que abandonar mi nueva profesión al ser apaleado mientras hacía de Hércules, medio desnudo con mi traje de piel de león, y al pelearme por Deyanira con Aquilón, me excedí más allá de lo que permiten las normas del teatro.