CAPÍTULO UNDÉCIMO,

que contiene todo género de cosas, de mínima relevancia y máxima presunción

En aquella campaña no pasó nada más digno de mención. Cuando volví de nuevo a Soest, los de Hesse habían aprisionado en Lippstadt a mi criado, que había quedado en el cuartel con mi bagaje y mi caballo. Le sonsacaron todo lo que pudieron referente a mi vida, a mis obras y cosas, y ello a fin de juzgar sobre todo si verdaderamente era yo hechicero, como por todas partes se decía. Cuando se convencieron de que no era así, aún aumentó mi fama y prestigio ante ellos. Mi criado les contó también que él había impresionado a uno de los demonios que ahuyentaron al Cazador de Werle en el corral. Cuando este lo supo, se avergonzó tanto que se largó de Lippstadt y se unió a los holandeses. Por otra parte, como luego se verá por mi historia, fue una suerte para mí que aprisionaran a mi criado.

Después de lo ocurrido, empecé a hacer honor a mi reputación y a desear el esperado estandarte, para lo cual me junté con oficiales y jóvenes nobles, a los cuales les costaba gran fuerza obtener lo que a mí se me daba de suyo. Eran por este motivo mis más encarnizados enemigos, aunque fingieran ser los mejores amigos; mi teniente coronel no me era tampoco muy devoto desde que tenía orden de anteponerme a todos sus parientes; de mi capitán no podía yo esperar ningún afecto, porque yo lucía mejores caballos, ropas y armas que él y no le hacía al viejo avaro regalos tan valiosos como antes; y mi teniente me odiaba por unas palabras que pronuncié imprudentemente: habíamos salido los dos a hacer un servicio de escucha en terreno enemigo, estaba yo de guardia y como teníamos que permanecer tendidos a pesar de que la noche era muy oscura, el teniente se arrastró como una serpiente sobre sus tripas y me sopló al oído:

—¿Observas algo, centinela?

—¡Sí, mi teniente!

—¿Qué? ¿Qué? —preguntó.

Yo le repuse:

—¡Observo que el señor está muy asustado!

Desde entonces perdí su favor y a los servicios menos cómodos era enviado yo primero. No menos me odiaban los sargentos, porque era preferido a ellos; en cuanto a los criados y simples soldados, las simpatías que contaba entre ellos empezaron a disminuir: les parecía como si yo los despreciara y quisiera acercarme a los peces gordos. Lo peor era que nadie me decía lo que había de hacer para ser apreciado. Yo vivía como un ciego, creyendo seguir un camino seguro y cada día me ensoberbecía más y más. Apenas ascendido a sargento, no me daba reparo de llevar un jubón de sesenta táleros, calzas escarlata y albas mangas ricamente ornadas de oro y plata. Así era por aquel entonces como solían ir vestidos los más altos oficiales, por lo cual mi osadía no cabía en las mentes de mis camaradas. Mas no paré aquí, sino que tuve la ocurrencia de enjaezar mi mejor caballo, el que Springinsfeld le había quitado al capitán de Hessen, con silla y arreos de tal calidad que se me habría podido tomar por un segundo san Jorge. Al hacer uso de semejantes galas, mostraba ser un jovenzuelo estúpido; si de otra manera me hubiera portado y hubiera untado con mis despilfarros los lugares oportunos, pronto habría obtenido mi bandera y no me habría hecho tantos enemigos. Nada me molestaba tanto como no ser noble y no poder, por tanto, uniformar a mis criados y sirvientes con librea. «Pero —pensaba yo— todas las cosas tienen un principio; en cuanto poseas un escudo, tendrás derecho a repartir libreas, y al ser abanderado habrás de tener tu propio escudo aunque no seas hidalgo». Estos pensamientos no me embarazaron mucho tiempo, pues hice que los empleados imperiales me adjudicaran un escudo: tres antifaces rojos sobre campo blanco y, sobre un yelmo, el retrato de un joven bufón vestido de becerro con un par de orejas de asno. Pensé que este escudo era el más adecuado que para mí pudiera imaginarse. Además, no quería olvidar durante mi futuro esplendor lo que había sido en Hanau, para no caer en una nobleza demasiado remilgada. Y así me convertí verdaderamente en el primero de mi estirpe, de mi nombre y de mi casa; y si alguien se hubiera atrevido a burlarse de ello, indudablemente le habría desafiado a un duelo con la pistola o con la espada.

Aun cuando, por aquel entonces, no me preocupaban las mujeres, solía acompañar a los gentilhombres en sus visitas a las damiselas de la ciudad. Y lo hacía solo para dejarme ver y para lucir mi hermosa cabellera, mis trajes y las plumas de mis sombreros. Tengo que admitir que ellas me preferían a todos los demás, pero también que estos sacos de envidia carcomidos de celos me comparaban con un hermoso busto, una bella cabeza vacía y sin seso. Yo, aparte tocar el laúd, nada podía hacer que a las damiselas pudiera interesarles, pues nada sabía del amor. Como mis camaradas me reprochasen mi templanza y timidez, les contesté que de momento me bastaba saber manejar el mosquete y la espada. Las doncellas aprobaron mis palabras y esto les dejó tan amargados y confusos que en secreto juraron darme muerte; pero ninguno de ellos tuvo el valor de desafiarme o provocarme, para lo cual habrían bastado cualquier pequeño insulto o bofetada, porque yo era bastante orgulloso. Por eso concluyeron las mujeres que debía de ser yo un joven resuelto, y me confesaron que mi figura y mi estimable entendimiento podían gustar más a una doncella que el mejor de los cumplidos inventado por Amor, lo cual irritó aún más al resto.

El aventurero Simplicissimus
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