CAPÍTULO UNDÉCIMO,

que trata de la fatigosa y peligrosa condición del regente

Mi señor también quiso tomar parte en la divertida discusión y me dijo:

—Ya veo que por no ser tú noble, desprecias los títulos de la nobleza.

Yo repliqué:

—Señor, aunque en este mismo momento pudiera reemplazarte en tu lugar con todos sus honores yo no lo aceptaría.

Mi señor se rio y dijo:

—Bien te creo, pues los bueyes se encuentran mucho mejor donde haya avena para comer. Si tú tuvieras un espíritu que, como el de la gente de noble carácter, mirara hacia lo alto, tratarías por todos los medios de alcanzar mayores honores y dignidades. Yo no considero una desgracia que la suerte me haya elevado sobre otros hombres.

Yo suspiré y dije:

—¡Oh, penosa felicidad! Señor, te aseguro que tú eres el más miserable de todos los hombres de Hanau.

—¿Cómo es eso, becerro? —replicó—. Demuéstramelo, porque yo no noto nada de todo ello.

—Si no sabes ni sientes las grandes preocupaciones e intranquilidades que lleva consigo el gobierno de Hanau, entonces es que te ciega tu ambición. O eres de hierro e insensible por completo. Es cierto que tú ordenas y todos los que están por debajo de ti deben obedecerte. Mas ¿lo hacen porque sí? ¿No eres tú el criado de ellos? ¿No debes preocuparte de todos y cada uno de tus gobernados? Mira, estás rodeado de enemigos por todas partes y únicamente tú eres responsable de la fortaleza. Tienes que procurar rechazar al contrario y vigilar que tus planes no sean espiados. ¿No sería mejor para ti, algunas veces, ser un simple centinela? Además tienes que cuidar que no falte dinero, ni municiones, provisiones y tropa; tienes que estar continuamente recaudando y desangrando el país. Si mandas a los tuyos para tal objeto, entonces su único negocio es robar, saquear, asesinar e incendiar. Recientemente saquearon Orb, tomaron Braunfels y convirtieron Staden en cenizas. Para ellos es el botín; para ti, la responsabilidad ante Dios. Reconozco que, junto al honor, aprecias el provecho. Pero ¿sabes quién disfrutará de todos estos tesoros reunidos? Supongamos que puedas conservar esta riqueza, lo cual es dudoso; después de la muerte tendrás que dejarlo todo y no llevarás contigo más que los pecados que cometiste para conseguirlo. Si eres feliz gozando de tu botín, despilfarras el sudor de los pobres y la sangre de los que ahora sufren en la miseria y se mueren de hambre.

»Observo con bastante frecuencia cuánto te preocupa la carga que te impone tu grado; yo, en cambio, y todos los demás becerros, podemos dormir tranquilos, a pierna suelta y sin temor. Un descuido puede costarte la cabeza; por ejemplo, si olvidas algo que habría debido ser tomado en cuenta para el sostenimiento de tus tropas y de la fortaleza. Fíjate: yo estoy libre de estas preocupaciones, y como sé que solo debo a la naturaleza una vida, no me preocupo de que alguien asalte o no mi establo. Tampoco tengo necesidad de ganarme la vida trabajando, pues si muero joven, me habré librado de llegar a ser buey. No hay duda de que tú tienes que asegurarte de mil maneras contra las trampas que se te puedan tender, por ello en tu vida no hay más que angustias e insomnios sin cuento. Temes tanto a los amigos como a los enemigos, ya que todos quieren quitarte algo de cuanto tienes: tu vida, tu dinero, tu buen nombré, tu mando o cualquier otra cosa. El enemigo te ataca cara a cara, tus supuestos amigos envidian a tus espaldas tu buen hado y tampoco estás seguro de tus súbditos. Y no hablaré de cómo te atormenta a diario tu ambición, que no te deja un momento de reposo. Continuamente estás pensando en cómo harás más famoso tu nombre, de qué manera alcanzarás un rango superior en la guerra, cómo reunirás mayores riquezas, engañarás al enemigo, podrás tomar por sorpresa tal o cual plaza. En fin, únicamente piensas en lo que a otras gentes causa pena, lo cual es perjudicial a tu alma e indignante para la soberana majestad de Dios. Y lo que es peor, estás tan mimado por tus favoritos que ni puedes reconocerte ya, tan conquistado y envenenado estás por ellos que no eres capaz de ver siquiera el peligroso camino por el que andas. Todo lo que tú haces lo llaman bueno, y todos tus pecados son para ellos excelentes virtudes. Tu encono es justicia, y cuando ordenas la destrucción de ciudades y pueblos te llaman “gran soldado”; te azuzan en daño de otras gentes para que ellos puedan llenar sus bolsillos y conservar tu favor».

—¡Tú, haragán! —gritó mi amo—. ¿Quién te enseña a predicar de tal guisa?

—¡Querido señor! —le contesté—. ¿No te decía yo que estás tan corrompido por tus aduladores que ya ni se te puede aconsejar? Créeme, sin embargo, que la gente conoce tus vicios y encuentra muchos reprobables, no solamente en cuestiones elevadas y de gran importancia sino también en pequeñeces. ¿Acaso no hallas ejemplos en las vidas de los personajes ilustres que te precedieron? Los atenienses murmuraban sobre Simónides únicamente porque hablaba muy alto; los tebanos se quejaban de Panículo porque esputaba; los lacedemonios reprochaban a Licurgo que anduviera siempre cabizbajo; los romanos pensaban que en nada favorecía a Escipión el roncar tan sonoramente, tenían por algo horrendo que Pompeyo se rascara con un solo dedo y se burlaban de Julio César porque no sabía llevar el cinturón como es debido sino de manera ridícula; los uticenses calumniaban al buen Catón porque comía, como los glotones, a dos carrillos; y los cartagineses hablaban mal de Aníbal porque iba siempre a pecho descubierto. ¿Qué piensas ahora de todo ello, querido señor? No, no quiero cambiarme por ti, que tienes, contando a doce o trece compañeros de mesa, parásitos y gorrones, presumiblemente cien o más de diez mil enemigos encubiertos, calumniadores y envidiosos. Es más, ¿qué felicidad, qué placer, qué alegrías puede tener quien está a la cabeza de tanta gente, a la que debe cuidar, defender y sostener? ¿Acaso no has de estar en permanente alerta, preocupado por los tuyos y debiendo atender sus quejas y protestas? ¿Acaso no es ardua la tarea como para además tener que soportar a enemigos y envidiosos? No creas que no veo los sapos que debes tragar y los descontentos que has de tolerar. Querido señor, ¿cuál será finalmente tu premio?, dime, ¿qué sacarás tú de todo? Si no lo sabes piensa en la suerte de Demóstenes, quien, tras luchar honrada y valerosamente por los derechos y el provecho común de los atenienses, fue desterrado y cayó en desgracia como si hubiera cometido un crimen nefando; piensa en Sócrates, a quien recompensaron con veneno; en Aníbal, que recibió en paga de los suyos el ser condenado a errar por el mundo como un fugitivo apestado; en Camilo, a quien sucedió lo mismo; y finalmente piensa en la suerte de los griegos Licurgo y Solón, pues el primero fue lapidado y el segundo tuvo que abandonar el país como un asesino, tras serle arrancado un ojo: Por ello quédate con tu mando y el sueldo que este te reporta, no quiero yo partir ganancias contigo pues, aunque todo te vaya bien, no sacarás más que una mala conciencia. Si, por el contrario, solo tuvieras en cuenta tu conciencia, pronto perderías tu puesto por inepto, como si en efecto te hubieras convertido en un becerro como yo.

El aventurero Simplicissimus
cubierta.xhtml
sinopsis.xhtml
titulo.xhtml
info.xhtml
port1.xhtml
portadaantigua.xhtml
nota.xhtml
port2.xhtml
libro1.xhtml
cap01.xhtml
cap02.xhtml
cap03.xhtml
cap04.xhtml
cap05.xhtml
cap06.xhtml
cap07.xhtml
cap08.xhtml
cap09.xhtml
cap10.xhtml
cap11.xhtml
cap12.xhtml
cap13.xhtml
cap14.xhtml
cap15.xhtml
cap16.xhtml
cap17.xhtml
cap18.xhtml
cap19.xhtml
cap20.xhtml
cap21.xhtml
cap22.xhtml
cap23.xhtml
cap24.xhtml
cap25.xhtml
cap26.xhtml
cap27.xhtml
cap28.xhtml
cap29.xhtml
cap30.xhtml
cap31.xhtml
cap32.xhtml
cap33.xhtml
cap34.xhtml
libro2.xhtml
cap201.xhtml
cap202.xhtml
cap203.xhtml
cap204.xhtml
cap205.xhtml
cap206.xhtml
cap207.xhtml
cap208.xhtml
cap209.xhtml
cap210.xhtml
cap211.xhtml
cap212.xhtml
cap213.xhtml
cap214.xhtml
cap215.xhtml
cap216.xhtml
cap217.xhtml
cap218.xhtml
cap219.xhtml
cap220.xhtml
cap221.xhtml
cap222.xhtml
cap223.xhtml
cap224.xhtml
cap225.xhtml
cap226.xhtml
cap227.xhtml
cap228.xhtml
cap229.xhtml
cap230.xhtml
cap231.xhtml
libro3.xhtml
cap301.xhtml
cap302.xhtml
cap303.xhtml
cap304.xhtml
cap305.xhtml
cap306.xhtml
cap307.xhtml
cap308.xhtml
cap309.xhtml
cap310.xhtml
cap311.xhtml
cap312.xhtml
cap313.xhtml
cap314.xhtml
cap315.xhtml
cap316.xhtml
cap317.xhtml
cap318.xhtml
cap319.xhtml
cap320.xhtml
cap321.xhtml
cap322.xhtml
cap323.xhtml
cap324.xhtml
libro4.xhtml
cap401.xhtml
cap402.xhtml
cap403.xhtml
cap404.xhtml
cap405.xhtml
cap406.xhtml
cap407.xhtml
cap408.xhtml
cap409.xhtml
cap410.xhtml
cap411.xhtml
cap412.xhtml
cap413.xhtml
cap414.xhtml
cap415.xhtml
cap416.xhtml
cap417.xhtml
cap418.xhtml
cap419.xhtml
cap420.xhtml
cap421.xhtml
cap422.xhtml
cap423.xhtml
cap424.xhtml
cap425.xhtml
cap426.xhtml
libro5.xhtml
cap501.xhtml
cap502.xhtml
cap503.xhtml
cap504.xhtml
cap505.xhtml
cap506.xhtml
cap507.xhtml
cap508.xhtml
cap509.xhtml
cap510.xhtml
cap511.xhtml
cap512.xhtml
cap513.xhtml
cap514.xhtml
cap515.xhtml
cap516.xhtml
cap517.xhtml
cap518.xhtml
cap519.xhtml
cap520.xhtml
cap521.xhtml
cap522.xhtml
cap523.xhtml
cap524.xhtml
libro6.xhtml
poema.xhtml
cap601.xhtml
cap602.xhtml
cap603.xhtml
cap604.xhtml
cap605.xhtml
cap606.xhtml
cap607.xhtml
cap608.xhtml
cap609.xhtml
cap610.xhtml
cap611.xhtml
cap612.xhtml
cap613.xhtml
cap614.xhtml
cap615.xhtml
cap616.xhtml
cap617.xhtml
cap618.xhtml
cap619.xhtml
cap620.xhtml
cap621.xhtml
cap622.xhtml
cap623.xhtml
cap624.xhtml
cap625.xhtml
cap626.xhtml
cap627.xhtml
cap628.xhtml
autor.xhtml
notas.xhtml