CAPÍTULO VIGESIMOPRIMERO,

de cómo el Cazador se convierte, de la noche al día, en un hombre casado

Frente a mi posada vivía un teniente coronel retirado, el cual tenía una bella hija de distinguido porte. De muy buena gana habría yo entablado desde hacía mucho tiempo relaciones con ella, aunque, en un principio, no me pareciera haber sido precisamente creada para que yo la amase a ella sola y eternamente. De todas maneras, la hice objeto de amorosas miradas, pero estaba tan cuidadosamente protegida contra mis asechanzas que no tuve ninguna oportunidad de hablar con ella. Tampoco podía presentarme francamente en su casa, porque no tenía el menor trato con sus padres. Cuando más cerca la tenía era al entrar y al salir de la iglesia. Entonces aprovechaba la ocasión, me acercaba a ella y profería un par de suspiros de desesperación; los sabía exhalar con singular maestría, aunque procedían de un falso corazón. Mas ella los recibía fríamente, tanto, que hube de pensar que no sería tan fácilmente seducida como una simple hija de burgués. Y al pensar en lo difícil que me sería conquistarla, creció mi amor por ella.

La estrella que guio a los Reyes Magos vino a iluminarme a mí también: el padre de mi amada había enviado a buscarme.

—Monsieur —me dijo—, la actividad neutral que vos habéis adoptado entre soldados y burgueses me ha movido a que os llamara, porque necesito de un testigo imparcial para una cuestión que atañe a ambas partes.

Creí que se trataba de un asunto de vital importancia, puesto que vi papel y recado de escribir preparados encima de la mesa, y le ofrecí encantado mis servicios. Pero se trataba únicamente de organizar un festival en honor de la guarnición para celebrar el día de Reyes. Yo debía ser testigo de que en el reparto de los cargos solo influyera la suerte sin ningún género de influencias extrañas. Esto ocurría después de la cena y el teniente coronel, que era un excelente bebedor, mandó que nos trajeran vino y dulces y nos pusimos a la obra. El secretario del coronel, que también asistía a la reunión, escribía, yo leía los nombres y la hija sacaba las tarjetas con los cargos escritos. Los padres no hacían más que presenciar la escena. Se quejaron de lo largas que se hacían las noches de invierno y me dieron a entender que, para acortarlas, verían con gratos ojos que los visitara tantas veces como a mí me pluguiera. Esto era precisamente lo que yo deseaba.

Desde aquella noche empecé a tirar un nuevo anzuelo. La doncella y sus padres creyeron que era yo el que me lo había tragado, mientras que yo solo tomaba en serio la mitad del asunto: pretendía disfrutar los deleites del matrimonio, pero quedándome soltero. Únicamente me engalanaba y salía de noche, cuando quería visitarla. Durante el día escribía cartas amorosas a mi dama, como si viviéramos a una distancia de cien millas, o no pudiera verla en muchos años. Finalmente adquirimos mutua confianza, puesto que los padres no cerraban el camino a nuestra intimidad; incluso me permitieron que le diera lecciones de laúd a su hija. Y así obtuve entrada libre por el día, de la misma manera que antes por la noche. Tuve que cambiar mi divisa: «El murciélago y yo solo volamos cuando se oculta el sol», y escribir una nueva canción, en la que pedía a mi diosa fortuna me hiciera el don de alegres días y noches felices en los que mis ojos pudieran recrearse contemplando el rostro de mi amada. En la misma canción me quejaba de mi mala estrella que amargaba mis noches, no permitiéndome pasarlas junto con los días entre las alegrías del amor. Y aunque todo esto estaba dicho con demasiada libertad, se lo canté a mi amada entre apasionados suspiros y después de una aduladora melodía. El laúd hizo también lo suyo, pidiendo conmigo a la doncella que me hiciera las noches tan felices como el día. Pero recibí siempre respuestas negativas; la astuta muchacha sabía mantenerme a raya cada vez que le hacía tan atrevidas proposiciones. Yo tenía buen cuidado de no mencionar la palabra casamiento, y cuando la conversación tomaba este giro, imponía riguroso silencio a mi lengua. Pronto lo advirtió la hermana casada de mi amada y ella se encargó de echar a rodar todos mis planes. No nos dejó ya tan frecuentemente solos como antes, porque bien veía que su hermana me quería de todo corazón y que de esto, a la larga, no le podría resultar ningún bien.

Es innecesario detallar aquí toda la serie de tonterías amorosas que ambos cometimos, porque ya las historias de amor están llenas de farsas semejantes. Basta decir que finalmente llegué a besar a mi amorcito y a jugarle otras malas pasadas. El desenlace por mí deseado lo aceleré con todo género de estimulantes, hasta que mi amada me permitió la entrada por la noche y me reuní con ella en su casto lecho como si por derecho propio perteneciera allí. Todo el mundo sabe en qué consiste una fiesta semejante, y el lector no me creerá seguramente si le digo que no hice nada indebido o irreparable. Pero ¡así fue! Demasiado sabía para qué estaba allí, pues no era la primera vez que yacía con una mujer, pero en esta ocasión todo fue en vano, y es que me encontré con una resistencia tal como no habría esperado jamás encontrar en una débil criatura. Todos sus manejos estaban dirigidos a arrastrarme, sin mengua de su honor, al matrimonio, y aun cuando le prometí con los más horribles juramentos, no quiso dejarme que gustara sus mieles antes del casamiento. Sin embargo, me permitió permanecer tendido junto a ella en su lecho, donde, finalmente agotado, me dormí.

De pronto desperté sobresaltado. Serían las cuatro de la madrugada cuando, entre un gran revuelo, descubrí al teniente coronel al pie de la cama, con una pistola en una mano y una antorcha en la otra.

—¡Croata! —llamó dirigiéndose estrepitosamente a su criado, que estaba a su lado con el sable en ristre—. ¡Rápido, croata, ve a buscar al cura!

Me desperté del todo y comprendí en qué peligrosa situación me encontraba. «¡Oh, dolor! —pensé—. ¡Seguramente quieren que me confiese antes de mandarme al otro barrio!». Se me nublaba la vista, y no sabía si debía abrir los ojos o dejarlos cerrados.

—¡Ah, insensato! —me dijo—. Pues ¿no te hallo deshonrando mi casa? ¿No haría un bien rompiéndote la crisma a ti y a esa miserable que tú has convertido en ramera? ¡Ah, mala bestia, apenas si puedo contener mis ansias de arrancarte el corazón del pecho y arrojárselo a trozos a mis perros!

Y mientras así hablaba, rechinaban sus dientes y giraban sus ojos como los de un animal rabioso. Yo no sabía qué decir y mi compañera de cama solo podía llorar. Cuando finalmente me recobré un poco del susto, quise invocar mi inocencia. Él me mandó cerrar el pico, no quiso oír ni una palabra más y empezó de nuevo a maldecirme. Mientras tanto, acudió su esposa, la cual me espetó un novísimo sermón, de manera que yo me encontraba como en un rosal lleno de espinas. Seguro estoy de que no habría terminado la buena señora ni en dos horas si no hubiera llegado por fin el criado croata con el cura.

Antes de que este entrara, intenté yo levantarme varias veces, pero con un gesto amenazador me obligó el teniente coronel a tenderme de nuevo; experimenté en mí mismo lo cobarde que resulta el individuo pillado in fraganti y cómo late el corazón del saqueador atrapado antes de poder realizar su robo.

—¡Mirad, señor cura! —dijo el teniente coronel—. ¡A qué lindo espectáculo tengo que llamaros! ¡Servidme de testigo de mi deshonra!

Y a estas palabras siguió un nuevo repertorio de maldiciones. No pareció sino que aquel hombre había perdido la chaveta. Mas lo que yo temía era que, de un momento a otro, se le disparara la pistola y me mandara con una bala en la cabeza al otro mundo. El cura puso a contribución sus dotes persuasivas para evitar que sucediera una desgracia irreparable que luego le pesara al anciano en su conciencia.

—Señor teniente coronel —dijo—, serenaos un poco y pensad en el refrán que dice: «De lo perdido, saca lo que puedas». Esta hermosa pareja, a la que apenas podrá hallársele igual en todo el país, no es la primera ni será la última que se vea dominada por las insuperables fuerzas del amor. La falta que aquí cometieron podéis vos mismo repararla. No alabo esta manera de contraer nupcias, pero ello no es motivo para que estos jóvenes merezcan la horca ni el tormento. Tampoco tiene el señor teniente coronel por qué temer deshonra alguna si calla este mal paso, del que no es necesario que se entere nadie, y lo perdona. Otorgad vuestro consentimiento para que el matrimonio se efectúe y pueda ser anunciado y celebrado en los trámites normales de la Iglesia.

—¿Qué? —replicó el teniente coronel—. ¿En vez del castigo merecido, concederles todavía honores? ¡Antes prefiero amarrarles de pies y manos y arrojarlos al Lippe! ¡Tenéis que unirlos en este mismo instante, para esto os he llamado, o les retuerzo el cuello con mis propias manos, como gallinas!

Yo pensé para mí: «¿Qué puedes hacer? ¡Come, pájaro, o muere! Además, no se trata de una solterona de quien debas avergonzarte». Con todo, juré por todo el santoral no haber cometido nada deshonroso. Pero se nos hizo arrodillar en la misma cama, el cura nos bendijo y luego se nos ordenó que nos levantáramos y saliéramos inmediatamente de la casa. El teniente coronel aún nos gritó desde la puerta que no nos presentáramos jamás ante su vista. Yo, sin embargo, que ya me había recobrado y llevaba además mi espada al cinto, contesté, bromeando:

—No sé, querido suegro, por qué os comportáis tan incorrectamente. Otras parejas son conducidas por sus más próximos parientes al lecho nupcial. Vos, en cambio, me arrojáis de casa. En vez de felicitarme por mi nuevo estado, no queréis siquiera proporcionarme la alegría de ver a mi suegro y de servirle. Francamente, si estas costumbres prosperasen, el matrimonio encontraría cada vez menos adeptos en el mundo.

El aventurero Simplicissimus
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