CAPÍTULO NOVENO,

de cómo el doctor se convierte en mosquetero a las órdenes del capitán Miserias

Mientras atravesaba la Lorena se me agotó la mercancía y como temía a las guarniciones, no tuve ocasión de fabricarme nuevos preparados, y mientras tanto, tuve que pensar en otra cosa. Compré dos medidas de aguardiente, lo coloreé con azafrán, lo embotellé en recipientes de media onza y lo vendí a las gentes como si fuese un licor muy bueno contra la fiebre. Cuando se me terminaron los envases, averigüé que cerca de Fleckenstein había una vidriería y allí me dirigí para proveerme de nuevo. Pero, en el camino, fui atrapado por una ronda de Philipsburg que formaba parte de la guarnición del castillo de Wagelnburg. Así perdí de nuevo todo aquello que con mis malas artes había extraído de las bolsas de las gentes durante el viaje. Como el campesino que me acompañaba para indicarme el camino le había dicho a los soldados que yo era doctor, fui conducido a Philipsburg por consejo del diablo en calidad de médico.

Allí fui interrogado y no me avergoncé de decir quién era. No me quisieron creer y se empeñaron en hacer de mí más de lo que era: querían convertirme en médico a la fuerza. Juré y perjuré que pertenecía a los dragones imperiales de Soest y que había sido apresado en Lippstadt por los suecos, quienes no quisieron cobrar mi rescate y que, una vez en Colonia, me había equipado de nuevo, pero fui llevado a Francia contra mi voluntad, de donde venía en ese momento para reincorporarme a mi regimiento. Pero, desde luego, les oculté que había tomado esposa en el bando contrario y que iba en busca de una alferería, con la vana esperanza de escapar. Fue muy distinto el resultado, porque se me contestó que el emperador necesitaba tantos soldados en Philipsburg como en Soest; debería permanecer en aquel lugar hasta que llegara una buena ocasión de trasladarme a mi regimiento. Tenía que escoger entre esto y la prisión, donde se me tendría por doctor, ya que como tal se me había hecho preso.

De esta manera pasé de montar a caballo a andar en burro y tuve que convertirme en mosquetero contra mi voluntad. La cosa no me hizo ni pizca de gracia, pues allí imperaba la miseria y los chuscos eran de una pequeñez espantosa. Y no lo digo por decir ya que cada mañana me asustaba al recibir mi menguada ración, porque sabía que con aquello tendría que pasar todo el día aunque no me habría costado nada tragármelo de un bocado.

En honor a la verdad, hay que reconocer cuán infortunada criatura es un mosquetero, que se pasa la vida en una de esas guarniciones y tiene que contentarse con el duro pan seco que a duras penas quita el hambre. No es más que un simple prisionero que arrastra a pan y agua una mísera existencia. Aún lo pasa mejor el prisionero, porque no tiene que acudir a las guardias, ni ir de ronda, ni hacer de centinela horas y horas a la luz de la luna, sino que puede estar tendido cuanto quiera y no pone menos esperanzas que cualquiera de estos infelices en poder escapar de la prisión. Ciertamente, había algunos que lo pasaban un poco mejor y de distintas maneras, pero ninguna que llenara el buche y me pareciera aceptable ni lo bastante decente. Algunos tomaban esposas, aunque fuesen rameras cesantes, con el único y exclusivo objeto de que ellas los alimentaran, cosa que las cónyuges conseguían bien por medio de trabajos tales como coser, lavar, tejer o bien practicando la usura o, quizá, robando. Había entre las mujeres una alférez que ganaba lo que un sargento. Otra era comadrona, lo que le permitía organizar más de un festín con su marido. Otra sabía almidonar y planchar, y las de esta calaña lavaban las camisas, las medias y los camisones de los oficiales solteros y no sé cuántas cosas más, por las que recibían un apelativo particular. Algunas vendían tabaco y pipas a los fumadores, otras comerciaban con aguardiente y se rumoreaba que lo destilaban ellas mismas y lo rebajaban con agua y que, a pesar de todo, aún podía beberse. Una era bordadora y conocía toda suerte de puntos y dibujos, con los que ganaba buen dinero; otra vivía únicamente de lo que encontraba en el campo: durante el invierno cogía caracoles, durante la primavera recolectaba vegetales, en verano cogía nidos de los árboles y en otoño buscaba toda clase de cosas buenas con que alimentarse. Había, además, otras paisanas que acarreaban leña como mulas y otras aún que comerciaban con lo que fuera. Yo no podía ganarme el sustento de aquel modo, pues ya tenía esposa. Algunos individuos vivían del juego, porque tenían hábiles dedos de tahúres y robaban a sus camaradas con dados falsos y cartas marcadas. A mi modo de ver, este oficio era asqueroso. Algunos ganaban un trozo más de pan cavando en las trincheras o en cualquier otra parte, lo mismo que animales de carga, pero yo era demasiado gandul para tal cosa. Otros sabían y ejercían algún oficio; yo, necio de mí, no había aprendido ninguno. Si se hubiera precisado algún músico, habría tenido trabajo, pero en aquella tierra de hambre ya había suficientes trompetas y tambores. Había quien hacía guardias por otros sin poder moverse de su puesto durante días y noches enteras; yo prefería pasar hambre a martirizar de tal modo mi cuerpo. Había que sacaban buen provecho en salidas y reconocimientos, pero a mí no me estaba permitido ni siquiera asomar por el portón de la muralla. Algunos sujetos cazaban ratas mejor que los gatos, yo odiaba aquel quehacer como la peste. Así pues, dondequiera que mirase no descubría modo de calmar mi hambre. Pero lo que más me dolía era tener que oír las burlas de los soldados que me decían:

—¡Quieres dártelas de doctor y no conoces más ciencia que el hambre!

La necesidad me obligó finalmente a pescar unas hermosas carpas en el foso que rodeaba la fortaleza. Pero cuando se enteró el coronel, me hicieron subir al potro y me prohibieron que continuara practicando aquel arte bajo pena de muerte. Por fin, la desgracia de otro fue mi suerte: después de haber curado de ictericia y de ciertas fiebres a unos enfermos, que debían de tener en mí una fe especial, se me permitió salir de la fortaleza para buscar hierbas y raíces con que preparar mis medicinas. En realidad, lo que hice fue colocar una serie de trampas para cazar conejos y tuve la suerte de cobrar durante la primera noche dos magníficas piezas que entregué al coronel. Me los pagó no solamente con un tálero, sino que me dio permiso para salir a poner trampas cuando no estuviera de guardia. Como el país se hallaba completamente abandonado y nadie se dedicaba a cazar a aquellas bestezuelas, se habían multiplicado considerablemente. De esta manera volvió a correr agua en mi molino, mi cotización estaba en alza pues parecía que llovieran liebres o que yo las atrayese con encantamientos a mis lazos. Cuando los oficiales vieron que podían confiar en mí, me permitieron salir con los demás de ronda. Así pues, empecé de nuevo mi antigua vida de Soest, con el solo cambio de que ahora no me daban el mando de ninguna tropa como antes, en Westfalia, pues para ello era necesario conocer todos los caminos y senderos, así como el curso del Rin.

El aventurero Simplicissimus
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