CAPÍTULO DECIMOCUARTO,

en el que Simplicius sigue departiendo con el príncipe y se entera de otras cosas asombrosas y peregrinas

Le dije al principito que sobre aquellas cuestiones podía saber más en la Tierra de lo que me era útil, y prefería que me explicara el motivo por el que se originaba tal tempestad cuando se arrojaban piedras en alguno de aquellos lagos, pues recordaba haber oído algo parecido acerca del lago Pilatus de Suiza, y haberlo leído también en referencia al lago de Camarina, en Sicilia, de donde provenía la expresión Camarinam movere. Él contestó:

—Como todo lo pesado que se hunde en las aguas, las piedras que se lanzan descienden en dirección al centro de la Tierra hasta detenerse en algún lugar y, no teniendo fondo estos lagos, terminan sobre nuestras viviendas; si no las devolviésemos a su origen se quedarían allí para siempre, y por ello organizamos semejantes zapatiestas, para que los osados que las tiran dejen de hacerlo de una vez por todas. Esta es una de las tareas principales para las que fuimos creados, pues si permitiéramos la lluvia de piedras sin desatar ninguna tormenta, acabaríamos enfrentándonos a todos los tunantes que, venidos de cualquier parte del mundo, se dedicasen a tirar cantos simplemente para pasar el rato. Y esta labor debería hacerte ver la relevancia de nuestra especie, ya que si no nos dedicásemos a retirar las piedras y siguieran cayendo por todos los lagos que comunican la superficie del mundo con su centro, que es donde vivimos, acabarían destruyéndose las construcciones que sujetan el mar a la tierra, se obstruirían los conductos que comunican las fuentes con los abismos marinos y por ello podría acontecerse la destrucción del mundo.

Le agradecí la explicación y dije:

—Como entiendo que los de vuestra especie abastecéis de agua los manantiales y ríos de la Tierra, también podréis explicarme por qué no son iguales todas las aguas sino que tienen un color, un gusto y unos efectos diferentes, teniendo en cuenta que proceden de los abismos de los grandes océanos adonde desembocan todas ellas. Hay fuentes de las que salen aguas acídulas, buenas para la salud, y por el contrario las hay que, pese a ser también ácidas, resultan nocivas e incluso venenosas y mortales, como las de la fuente de la Arcadia, con cuya agua que se cuenta que Yolas envenenó a Alejandro Magno. Hay lugares de los que brota un agua tibia, otros en los que sale hirviendo y otros donde está muy fría. Algunas son corrosivas como el aqua fortis, tal es el caso de la fuente que se encuentra en Zepusio, o condado de Zips, en Hungría; otras, en cambio, curan todas las heridas, como una que está en Tesalia. Algunas aguas se vuelven piedra; otras se convierten en sal; y unas aun en vitriolo. En el lago de Zirknitz, en Carintia, solo hay agua en invierno, pues en verano suele estar seco; de la fuente de Aengstlen solo brota en verano, y por unas pocas horas, cuando abrevan las vacas; el arroyo de Schändle, cerca de Ober-Nähenheim, únicamente fluye cuando va a ocurrir alguna desgracia, y el fluvius sabbaticus, en Siria, se seca cada siete días. Al sopesarlo, pese a que me maravilla sobremanera, no logro entenderlo.

—Las causas para todo ello son naturales, y los naturalistas de vuestra especie las han descubierto, demostrado y hecho públicas a raíz de sus diversos olores, sabores, propiedades y efectos. Si un agua solo atraviesa roca, desde su punto de partida hasta el de salida, el cual llamáis fuente, entonces será, por lo general, dulce y fría; pero si pasa por metales (pues el inmenso vientre de la Tierra no es igual en todas partes), ya sean oro, plata, cobre, estaño, plomo, hierro, mercurio, etcétera, o por pseudominerales como el azufre y la sal en todas sus variantes (así la naturale, sal gemmae, sal nativum, sal radicum, sal nitrum, sal armoniacum, sal petrae, etcétera) o, según el color, sea blanco, rojo, amarillo o verde (y entonces, victril marchasita aurea, argentea, plumbea, ferrea, lapis lazulu, alumen, arsenicum, antimonium, risigallum, electrum naturale, chrisocolla, sublimatum y demás), adquirirá entonces un sabor, un olor, unas propiedades y unos efectos curativos o nocivos. Por eso hay tantas sales, porque las hay buenas y malas.

»En Cervia y Comachio son bastante negras; en Menfis, rojizas; en Sicilia, de un blanco níveo; en Centuripa, de color púrpura; y en Capadocia, amarillentas. En cuanto a las aguas termales, extraen su calor del fuego que hay en el centro de la Tierra, el cual tiene, como nuestro lago, centenares de respiraderos y chimeneas, como se puede ver con el célebre Etna de Sicilia, el Hecla de Islandia, el Gunong Api en las islas Banda y muchos otros. En lo que se refiere al lago de Zirknitz, el agua que en verano desaparece sale por las antípodas, y las aguas de la fuente de Aengstlen pueden verse en otros lugares de la tierra a diferentes horas del día y en distintos días del año, como ocurre en Suiza. Pasa lo mismo con el arroyo de Schändle, en Ober-Nähenheim, cuyas aguas guiamos nosotros según disposiciones divinas, para aumentar las alabanzas entre los de vuestra especie. Finalmente, en lo que toca al fluvius sabbaticus de Siria, tenemos por costumbre echarnos a reposar, cuando tenemos fiesta cada siete días, en el cauce de su nacimiento, que es para nosotros el lugar más placentero de nuestro “acuador”, por lo que el río no puede fluir mientras honramos al Creador».

Tras esta aclaración le pregunté al príncipe si le sería posible devolverme a la superficie por un lago distinto.

—¡Pues claro! —contestó—. ¿Acaso no es esa la voluntad de Dios? Así transportaron hasta América nuestros antepasados a algunos cananeos que huyeron de la ira de Josué lanzándose en su desesperación a un lago, y sus descendientes saben todavía a fecha de hoy enseñar el punto del que surgieron sus primeros padres.

Como vi que mi asombro lo asombraba a él, y temiendo que creyera que su historia me parecía algo peregrina, quise saber si no se maravillaban ellos al ver entre los humanos alguna cosa extraña e igualmente peregrina. Respondió:

—No menos que vosotros, porque, pese a haber sido creados para la dicha eterna y la infinita alegría celestial, os dejáis seducir por los placeres mundanos y efímeros, que tan dolorosos y lacerantes son como las espinas de las rosas, hasta el punto de perder la entrada al cielo y la contemplación del santísimo rostro de Dios para precipitaros a la condena eterna en compañía de los ángeles caídos. De estar nuestra especie en vuestra posición, procuraríamos todos pasar mejor la prueba de vuestra fútil y transitoria existencia, pues esta vida no es en verdad vuestra, ya que la vida y la muerte reales son las que llegan tras el paso por el mundo; lo que llamáis vida no es sino un instante que se os concede para que podáis acercaros a Dios y os acepte Él luego en Su seno. Por eso consideramos el mundo una piedra de toque del Todopoderoso con la que Él sopesa a los hombres como hace el rico con el oro y la plata, y tras comprobar su valor rayándolos y purificándolos al fuego, deposita las piezas nobles de oro y plata en su tesoro celestial mientras que desecha las malas lanzándolas al fuego eterno, tal y como reveló vuestro Salvador y Creador nuestro con la parábola del trigo y la cizaña.

El aventurero Simplicissimus
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