CAPÍTULO QUINTO,

donde se habla del buen trato que allí recibe y de cómo abandonó el lugar

Adiviné por estas palabras que no se trataba únicamente de exhibir mis encantos, sino de hacer algo más. Y, así, le dije a mi compatriota, que no estaba bien torturar a un sediento llevándolo a la orilla de una fuente prohibida. Ella replicó que en Francia no era la gente tan perversa y cruel para negarle a nadie el agua, y menos habiendo tanta abundancia de ella.

—Madame —le contesté—, esto sonaría a mis oídos como una música divina si no estuviera ya casado.

—¡Cuentos! —contestó la muy incrédula—. No os lo creerán esta noche porque a Francia no vienen hombres casados. Y, aunque así fuera, no puedo creer que seáis tan necio que vayáis a moriros de sed por no beber en una fuente ajena, aun cuando esta os ofrezca aguas quizá mejores y más frescas que la vuestra.

Esta era nuestra conversación, mientras una doncella, encargada de cuidar el fuego del hogar, me quitaba las medias y los zapatos, que por cierto estaban enfangados de haber caminado en la oscuridad de la noche por las calles de París, que en este aspecto es una ciudad bastante puerca. A continuación, me ordenaron que me bañara antes de la cena. La doncella salió y volvió a entrar con todos los útiles para el baño, que olían a almizcle y fragantes jabones, las toallas eran de fina batista y estaban discretamente adornadas con preciosos encajes de Holanda. Me avergonzaba mostrarme desnudo ante la vieja, pero no hubo remedio y tuve que dejarme restregar por ella. Mientras duró la ceremonia, la doncella permaneció fuera de la habitación. Después del baño me dieron un finísimo camisón de noche y una preciosa bata de tafilete violeta y unas medias del mismo color. El gorro de dormir y las zapatillas estaban guarnecidos con oro y perlas, de modo que, después del baño, parecía más bien un rey. Mientras la vieja me peinaba y secaba el cabello, como a un príncipe o a un niño, la doncella sirvió la cena. Cuando todo estuvo preparado, entraron en la sala tres damas jóvenes con generosos escotes que mostraban sus blancos senos de alabastro, pero que ocultaban los rostros con negros antifaces de seda. Las tres me parecieron extraordinariamente bellas, si bien una de ellas superaba a las otras. En silencio les hice una profunda reverencia que ellas agradecieron con igual ceremonia, dábamos la impresión de estar en una reunión de mudos, cada uno en su papel. Las tres se sentaron a la vez sin que me fuera dado adivinar cuál de las tres era la de mayor categoría, y a quién de ellas debía yo servir. La primera en hablar preguntó si sabía francés. Mi compatriota contestó que no. Otra le dijo que me invitara a tomar asiento. Y, finalmente, la tercera le pidió a ella que se sentara también. Yo me hallaba junto a la vieja, frente a las tres damas. Mi hermosura debía de resaltar forzosamente una enormidad al lado de un esperpento semejante. Las tres me miraron a través de sus antifaces con dulzura, cariño y veneración y podría asegurar que profirieron más de cien suspiros. La anciana (nadie excepto ella podía hablar conmigo) me preguntó cuál de las tres me parecía la más hermosa. Le contesté que no sabría escoger. Ella se echó a reír, de modo que pude contemplar a placer los cuatro dientes que todavía conservaba en la boca, y luego me preguntó por qué. Le respondí que no las veía bien, aunque, por lo que dejaban entrever, no eran en absoluto despreciables. Las damas quisieron saber al instante las preguntas de la vieja y mis respuestas. Mi vieja lo tradujo y añadió, como de propina, una mentira: que yo había dicho que sus labios eran dignos de cien mil besos. Yo podía ver sus bocas bajo los antifaces, en especial la de la que estaba enfrente de mí. La vieja hizo que yo considerara a aquella como la de más alta alcurnia, y en ella me centré.

Esta fue toda nuestra conversación, y yo seguí fingiendo no comprender ni una palabra de francés. Como la velada transcurría casi en silencio y una cena así no era divertida decidimos disolver la reunión. Las damas me desearon buenas noches y se fueron por donde habían venido, yo solo pude acompañarlas hasta la puerta, que la vieja cerró tras ellas. Cuando vi aquello le pregunté dónde debía dormir y me contestó que tenía que acomodarme con ella en aquel lecho. Yo repuse que la cama no me parecería del todo mala si en ella me hiciera compañía una de las tres damas.

—¡Sí, sí! No es posible —respondió—. Tendréis que conformaros conmigo.

Mientras así charlábamos, una bella dama que yacía en el lecho apartó un poco el cortinaje y dijo a la vieja con voz muy excitada que terminara ya de una vez con su palabrería y se fuera a dormir. Yo arranqué a la vieja la luz de mano y quise ir a ver quién se escondía detrás de los doseles. Pero la anciana apagó inmediatamente la vela y me dijo:

—¡Señor, si apreciáis vuestra vida quitaos esto de la cabeza! Tendeos tranquilamente y estad seguro de no salir con vida de este sitio si intentáis ver a esa noble dama contra su voluntad.

Con estas palabras abandonó la sala y cerró de nuevo la puerta. La doncella que había estado vigilando el fuego lo apagó totalmente y salió por otra puerta oculta tras un tapiz. En ese momento, la dama se dirigió a mí exclamando:

—¡Allez, monsieur Beau Alman, ven a dormir, corazón, ven a mi lado!

Era todo el alemán que le había enseñado sin duda la vieja. Fui tanteando hasta la cama, impaciente por ver en qué acabaría todo aquello, pero apenas llegado, la dama se abalanzó sobre mi cuello, recibiéndome con profusión de besos, mordiéndome apasionadamente el labio inferior. Desabrochó mi bata y me arrancó la camisa del cuerpo con impaciencia, mientras me arrastraba hacia ella; no es de referir lo neciamente que se comportó de puro enamorada. No sabía en alemán más que el dichoso «¡ven a mí, corazón!». Todo lo demás se daba a entender por sí solo. Cierto es que pensé en mi dulce esposa allá en mi hogar lejano, mas, ¡de qué me iba a servir! Desgraciadamente no era yo más que un hombre y me encontré con una criatura tan encantadora y bien formada que tendría que haber sido de hielo para escapar castamente del apuro.

Así me pasé en aquel lugar sus buenos ocho días con sus noches. Creo que también las otras tres vinieron a mí, pues no hablaban como la primera, ni se comportaban tan locamente como ella. Y aunque me pasé los ocho días con aquellas cuatro damas nunca pude ver sus rostros más que a través del velo o en la oscuridad. Al cabo de los ocho días me llevaron al patio, con los ojos vendados, en un coche cerrado donde se encontraba mi vieja, quien de camino a casa de mi amo me quitó la venda y me honró con doscientas pistolas. Cuando le pregunté si debía dar propina a alguien, me dijo:

—¡A fe que no! Si lo hicierais ofenderíais a las damas. Creerían que vos imagináis haber estado en un burdel, donde todo se tiene que pagar.

Tuve muchos clientes semejantes, pero se comportaban conmigo de una manera tan grosera que, al final, de impotencia, acabé hastiado de tanta locura.

El aventurero Simplicissimus
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