CAPÍTULO DÉCIMO,

donde algunos campesinos cuentan las maravillas del lago Mummel

Recobré de nuevo mi antigua libertad. Pero mi bolsa estaba bastante vacía, y mi hacienda repleta de criados y ganado. Decidí adoptar a mi padrino Melchior por padre y a mi madrina por madre, y al bastardo Simplicius, el que había sido dejado ante mi puerta, por heredero. A los dos viejos les entregué casa y hacienda con toda mi fortuna, excepto unos puñados de oro y unas cuantas alhajas, que me reservé para un caso de apuro. Me entró un asco invencible por todas las mujeres, porque de ellas solo había obtenido preocupaciones, y me propuse firmemente no volver a casarme. El viejo matrimonio, que en re rusticorum no tenía igual, transformó la hacienda según nuevo modelo: despidieron a los criados que no eran de ninguna utilidad y vendieron el ganado que no daba provecho, y lo reemplazaron por otro que producía ingresos. Mis antiguos padres me animaron y me prometieron que mientras los dejara a ellos llevarme la casa, siempre tendría un buen caballo preparado en la cuadra y me proporcionarían lo suficiente para que pudiera en todo tiempo beberme una jarra de vino con un hombre honrado. Pronto pude constatar el tipo de gente que regía la hacienda. Mi padrino ocupaba en los campos a mis mozos, comerciaba con el ganado, la madera y la resina más astutamente que un judío. Mi madrina se ocupaba del ganado y sabía ganar más dineros con la venta de la leche y luego ahorrarlo, mejor que diez mujeres juntas de las que yo había tenido. De esta manera levantaron de nuevo mi hacienda y pronto alcanzó fama de ser la mejor de la comarca. Yo paseaba y me entregaba a mis reflexiones, pues veía a mi madrina sacar más cera y miel de las abejas que mi última esposa de los cerdos y vacas, por lo que sabía cómo iba a desenvolverse más adelante.

Una vez me fui paseando hasta el manantial, más para beber sus aguas que para reunirme, según mi antigua costumbre, con aquellos petimetres. Y es que yo empezaba a imitar a mis ahorrativos viejos, quienes me aconsejaron no frecuentar a gente que malgastaba el dinero de sus padres. Pero me vi mezclado en una reunión en la que se habló del lago Mummel, un lago de profundidad inconmensurable, situado en una de las montañas más altas de los alrededores. Habían reunido también a unos ancianos, que relataron a quienes quisieron oírles todo cuanto habían oído decir a sus padres y abuelos acerca del lago encantado. Escuché el relato con gran interés, aunque lo juzgué pura fábula, todo ello me sonaba tan falso como algunos cuentos de Plinio.

Uno dijo que si se metía en las aguas del lago un número impar, daba igual si eran guisantes, judías o piedras, se convertía en par o viceversa. Casi todos los presentes aseguraron que si se tiraban piedras al lago, estuviese el cielo como Dios quisiera, se originaba al instante una furiosa tempestad, con terrible lluvia, granizo y vientos huracanados.

Luego la conversación giró en torno a todo tipo de historias extrañas, de fantasmas maravillosos, de los espíritus de la tierra y los genios del agua, que habían sido vistos en aquel lugar y con los que la gente había hablado. Uno explicó que unos pastores, que cuidaban sus ganados junto al agua, habían visto salir del lago un toro rojo que se unió al rebaño; pero al instante lo había seguido un enano, para hacerlo volver al lago. Como el toro no se dejara conducir, el enano le deseó que cargara con todos los pesares de los hombres, y tras estas palabras ambos regresaron al agua. Otro contó que, una vez, un campesino había conducido unos bueyes que arrastraban unos pesados troncos sobre el lago helado, sin que les sucediera el menor daño, pero cuando su perro quiso seguirlos, se quebró el hielo bajo sus ligeras patas, cayó al agua y desapareció para siempre. Otro aseguró que, en una ocasión, un cazador se había aproximado al lago, siguiendo el rastro de un gamo. En la orilla encontró un enano sentado sobre las aguas y con un montón de monedas doradas, con las que parecía jugar. Pero cuando el cazador le apuntó con su escopeta, el hombrecito se sumergió y le dijo: «Si me hubieras pedido que te librara de tu pobreza, serías más rico de lo que nunca pudiste soñar».

Escuchando estas y parecidas historias, que a mí me parecían cuentos de hadas para niños, me entraron ganas de reír, tomándolas por engañabobos. Ni siquiera creía que entre montañas tan altas pudiera existir un lago de tal profundidad. Pero otros campesinos, hombres ancianos y sensatos, contaron que ellos y sus padres recordaban a muchos personajes de alta alcurnia y príncipes, que habían acudido a visitar el lago. Así, por ejemplo, un duque de Wurtemberg ordenó construir una balsa que lo condujo al centro del lago para medir su profundidad. Pero cuando ya había soltado nueve torzales (una vieja medida de la Selva Negra que los campesinos conocen mejor que yo) había empezado a hundirse la balsa en contradicción con las leyes de flotación que rigen a la madera, de manera que tuvieron que renunciar a sus propósitos y regresar a la orilla para salvar la vida. Aún hoy es posible observar los restos de la balsa varados en la orilla del lago, para eterno testimonio del fracaso. Además, como recordatorio de esta historia, el duque mandó grabar en una roca de la orilla sus armas. Otros demostraron con numerosos testimonios que un archiduque de Austria quiso dragar el lago pese a las muchas personas que pretendieron disuadirlo y aun en contra de los ruegos de los habitantes de la región, que temían quedara inundada. A todo eso había que añadir el propósito de unos honorabilísimos príncipes que mandaron tirar al lago varios cubos llenos de truchas, las cuales sin embargo volvieron a ver, con sus propios ojos y en menos de una hora, flotando muertas hacia la desembocadura, pese a que en el río que nace de sus mismas aguas y fluye hacia el valle (del cual recibe nombre el lago) abunda de manera natural este género de peces.

El aventurero Simplicissimus
cubierta.xhtml
sinopsis.xhtml
titulo.xhtml
info.xhtml
port1.xhtml
portadaantigua.xhtml
nota.xhtml
port2.xhtml
libro1.xhtml
cap01.xhtml
cap02.xhtml
cap03.xhtml
cap04.xhtml
cap05.xhtml
cap06.xhtml
cap07.xhtml
cap08.xhtml
cap09.xhtml
cap10.xhtml
cap11.xhtml
cap12.xhtml
cap13.xhtml
cap14.xhtml
cap15.xhtml
cap16.xhtml
cap17.xhtml
cap18.xhtml
cap19.xhtml
cap20.xhtml
cap21.xhtml
cap22.xhtml
cap23.xhtml
cap24.xhtml
cap25.xhtml
cap26.xhtml
cap27.xhtml
cap28.xhtml
cap29.xhtml
cap30.xhtml
cap31.xhtml
cap32.xhtml
cap33.xhtml
cap34.xhtml
libro2.xhtml
cap201.xhtml
cap202.xhtml
cap203.xhtml
cap204.xhtml
cap205.xhtml
cap206.xhtml
cap207.xhtml
cap208.xhtml
cap209.xhtml
cap210.xhtml
cap211.xhtml
cap212.xhtml
cap213.xhtml
cap214.xhtml
cap215.xhtml
cap216.xhtml
cap217.xhtml
cap218.xhtml
cap219.xhtml
cap220.xhtml
cap221.xhtml
cap222.xhtml
cap223.xhtml
cap224.xhtml
cap225.xhtml
cap226.xhtml
cap227.xhtml
cap228.xhtml
cap229.xhtml
cap230.xhtml
cap231.xhtml
libro3.xhtml
cap301.xhtml
cap302.xhtml
cap303.xhtml
cap304.xhtml
cap305.xhtml
cap306.xhtml
cap307.xhtml
cap308.xhtml
cap309.xhtml
cap310.xhtml
cap311.xhtml
cap312.xhtml
cap313.xhtml
cap314.xhtml
cap315.xhtml
cap316.xhtml
cap317.xhtml
cap318.xhtml
cap319.xhtml
cap320.xhtml
cap321.xhtml
cap322.xhtml
cap323.xhtml
cap324.xhtml
libro4.xhtml
cap401.xhtml
cap402.xhtml
cap403.xhtml
cap404.xhtml
cap405.xhtml
cap406.xhtml
cap407.xhtml
cap408.xhtml
cap409.xhtml
cap410.xhtml
cap411.xhtml
cap412.xhtml
cap413.xhtml
cap414.xhtml
cap415.xhtml
cap416.xhtml
cap417.xhtml
cap418.xhtml
cap419.xhtml
cap420.xhtml
cap421.xhtml
cap422.xhtml
cap423.xhtml
cap424.xhtml
cap425.xhtml
cap426.xhtml
libro5.xhtml
cap501.xhtml
cap502.xhtml
cap503.xhtml
cap504.xhtml
cap505.xhtml
cap506.xhtml
cap507.xhtml
cap508.xhtml
cap509.xhtml
cap510.xhtml
cap511.xhtml
cap512.xhtml
cap513.xhtml
cap514.xhtml
cap515.xhtml
cap516.xhtml
cap517.xhtml
cap518.xhtml
cap519.xhtml
cap520.xhtml
cap521.xhtml
cap522.xhtml
cap523.xhtml
cap524.xhtml
libro6.xhtml
poema.xhtml
cap601.xhtml
cap602.xhtml
cap603.xhtml
cap604.xhtml
cap605.xhtml
cap606.xhtml
cap607.xhtml
cap608.xhtml
cap609.xhtml
cap610.xhtml
cap611.xhtml
cap612.xhtml
cap613.xhtml
cap614.xhtml
cap615.xhtml
cap616.xhtml
cap617.xhtml
cap618.xhtml
cap619.xhtml
cap620.xhtml
cap621.xhtml
cap622.xhtml
cap623.xhtml
cap624.xhtml
cap625.xhtml
cap626.xhtml
cap627.xhtml
cap628.xhtml
autor.xhtml
notas.xhtml