CAPÍTULO VIGESIMOPRIMERO,

de cómo ambos vivieron juntos y pusieron manos a la obra

En cuanto se hubo recobrado y vuelto en sí, se arrodilló ante mí, entrelazó las manos, y durante casi un cuarto de hora no dijo más que: «¡Ay, padre! ¡Ay, hermano! ¡Ay, padre! ¡Ay, hermano!», y mientras repetía esas palabras se echó a llorar con tanto sentimiento que los sollozos no le permitían decir nada que fuera comprensible, así que me imaginé que el susto y el olor apestoso tenían que haberle arrebatado el entendimiento. Pero como no dejaba de pedirme perdón respondí:

—Queridísimo amigo, ¿qué voy a perdonaros, si no me habéis ofendido en los días de vuestra vida? Decidme, ¿cómo puedo ayudaros?

—¡Os pido perdón —dijo él— porque he pecado contra Dios, contra vos y contra mí mismo!

Y con esto volvió a empezar a lamentarse, y siguió así hasta que yo dije que no sabía nada malo de él, y que si había cometido algo que le remordiera la conciencia yo no solo se lo perdonaba y disculpaba si me concernía desde el fondo de mi corazón, sino que pediría la clemencia y misericordia de Dios si había pecado contra él. Al oír estas palabras, él se abrazó a mis muslos, me besó las rodillas, y me miró con tal ansiedad que enmudecí, sin saber ni adivinar qué podía pasarle a aquel hombre. Lo acogí amablemente en mis brazos y lo apreté contra mi pecho, rogándole que me contara qué le ocurría y cómo podía ayudarle, y entonces me confesó con pelos y señales la conversación que había tenido acerca de mí con la supuesta abisinia, y lo que había decidido hacer contra Dios, contra la naturaleza, contra el amor cristiano y contra las leyes de la amistad que ambos nos habíamos jurado solemnemente. Y lo hizo con tales palabras y ademanes que era fácil desprender de ellos su fervoroso arrepentimiento y desgarrado corazón.

Yo le consolé lo mejor que pude y le dije que quizá Dios nos lo había hecho como advertencia, para que en el futuro pudiéramos precavernos mejor de las trampas y tentaciones del diablo y viviéramos en continuo temor de Dios. Sin duda él tenía motivos para pedir perdón a Dios de corazón por lo que tan mal había aceptado, pero aún era una deuda mayor la que tenía que con su bondad y misericordia, puesto que le había arrancado tan paternalmente del capricho y la trampa del malvado Satán, y guardado de la caída temporal y eterna, íbamos a necesitar más cautela que cuando vivíamos en el mundo entre las gentes, porque si uno u otro o los dos caíamos no habría nadie para ayudarnos salvo el buen Dios, al que teníamos que tener tanto más presente, e implorarle sin cesar su asistencia y ayuda.

Con estas y otras pláticas se consoló un poco, pero no por eso quiso darse por satisfecho, sino que me pidió del modo más humilde que le impusiera una penitencia por su crimen. Para alegrar un poco su abatido ánimo, le dije que, como era carpintero y tenía su hacha, levantase una cruz en el lugar en el que nuestra infernal cocinera había desembarcado a la orilla del mar, ya que con eso no solo haría una penitencia grata a Dios sino que también haría que en el futuro el mal espíritu, que teme al signo de la Santa Cruz, no acudiera a nuestra isla tan fácilmente.

—Ah —respondió él—, no solo construiré y plantaré una cruz en la orilla sino dos en la montaña, con tal de recuperar tu gracia y amistad, oh padre, y el perdón de Dios.

Y se puso a la obra con todo celo, sin dejar de trabajar hasta que hubo hecho las tres cruces, de las que plantamos una en la orilla del mar y las otras dos en la cumbre más alta de la montaña, con la siguiente inscripción:

En honor de Dios todopoderoso, y para disgusto del enemigo del género humano, Simón Merón, de Lisboa, Portugal, hizo, con consejo y ayuda de su fiel amigo Simplicius Simplicissimus, alemán, esta señal cristiana del sufrimiento de nuestro redentor, y la plantó aquí.

Desde ese momento empezamos a vivir de forma un poco más dichosa que antes, y para poder santificar y celebrar también el sábado hacía, en vez de calendario, todos los días una muesca en un palo, y los domingos, una cruz. Entonces nos sentábamos y charlábamos de cosas sagradas y divinas, y tuve que idear esto porque aún no se me había ocurrido nada que emplear en vez de papel y tinta, con lo que poder poner por escrito noticia nuestra.

Tengo que mencionar aquí, para concluir este capítulo, una cosa que nos asustó y atemorizó mucho la noche en la que nuestra fina cocinera se despidió de nosotros, y que no habíamos visto la primera noche debido a que el sueño nos había vencido por nuestro gran cansancio y agotamiento, y fue esto: como aún teníamos presente cómo la astucia del diablo en forma de abisinia había querido perdernos, no podíamos dormir, sino que velamos durante largo tiempo, la mayor parte del cual pasamos rezando. Pero tan pronto como oscureció un poco vimos a nuestro alrededor incontables luces flotando en el aire, despidiendo tan claro resplandor que podíamos distinguir los frutos de los árboles entre la espesura. Entonces pensamos que era una nueva argucia del maligno para atormentarnos, guardamos silencio y descubrimos al fin que se trataba de una clase de luciérnagas o gusanos de luz (como se les llama en Alemania) que brotan de una clase de madera podrida que crece en esta isla, y brillan tanto que es posible utilizarlas en lugar de una vela encendida, de modo que a su luz escribí la mayor parte de este libro. Y si en Europa, Asia y África se dieran tanto como aquí, los candelabros tendrían mal futuro.

El aventurero Simplicissimus
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