CAPÍTULO DECIMOQUINTO,

que trata de cómo Olivier todavía cree poder exculparse de sus fechorías

Un soldado resuelto que se dedica a arriesgar y menospreciar su vida es como un necio animal. Entre mil personas apenas se habría encontrado una sola que invitara a quien había intentado asesinar minutos antes. Le pregunté por el camino a qué ejército pertenecía. Me dijo que en aquel momento no servía a ningún señor, hacía la guerra por su cuenta. Luego me preguntó a cuál pertenecía yo. Le dije que a Weimar, pero que me habían licenciado y me dirigía a casa. Luego inquirió mi nombre y no bien oyó pronunciar el de «Simplicius» dio media vuelta, pues yo, que no me fiaba mucho de él, le hacía ir delante de mí. Me miró fijamente y me dijo:

—¿No te llamas también Simplicissimus?

—Sí —le repliqué—. ¡Puerco será el que reniegue de su nombre! Pero ¿cuál es el tuyo?

—¡Ah, hermano, yo soy Olivier, a quien conociste en Magdeburgo!

Y tras decir esto, arrojó su fusil y se arrodilló ante mí para pedirme perdón por su mala conducta, diciéndome que no podía imaginarse mejor amigo en el mundo que yo. Según la profecía del viejo Herzbruder, yo vengaría su muerte valientemente. Quise expresar mi asombro por aquel encuentro inesperado, pero él replicó:

—No tiene nada de particular: las personas se encuentran y no las montañas. Lo único curioso es que hayamos cambiado tanto. Yo era secretario y ahora soy bandolero. Tú, en cambio, eras un bufón y ahora eres un magnífico soldado. Puedes tener por seguro, hermano, que con un ejército de diez mil hombres como nosotros tomaríamos Breisach y nos haríamos dueños del mundo.

Con tal conversación llegamos con noche cerrada a la casita de un campesino, y aunque no me gustaba aquella fanfarronada, le di la razón, porque conocía su falsedad y no esperaba nada bueno. A pesar de ello, entré en la casa, donde un labrador cuidaba el fuego del hogar. Olivier le dijo:

—¿Has preparado algo para comer?

—No —respondió aquel—, aún tengo un pedazo de ternera de la que traje de Waldkirch.

—Bueno —dijo Olivier—, pues vete a buscar lo que tengas, y también el vino.

Cuando se hubo ido el campesino, le dije a Olivier:

—Hermano —le llamaba así para estar más seguro a su lado—, tienes un posadero muy servicial.

—Este pillastre debo agradecérselo al diablo —dijo—, pues alimento a la mujer y a los hijos, y aún saca un buen botín para sí mismo, pues le doy todos los trajes que consigo para que los aproveche.

Le pregunté dónde tenía la mujer y los hijos. Olivier me dijo que habían huido a Friburgo. Él los visitaba dos veces por semana y, a la vuelta, se traía municiones y alimentos. Luego me contó que ya se dedicaba a este pillaje desde hacía mucho tiempo y que le rendía mucho más que estar al servicio de ningún gran señor. No pensaba dejar el negocio hasta que su bolsa no estuviera bien repleta.

—Hermano —le dije—, vives una vida muy peligrosa. Si eres atrapado con las manos en la masa, ¿qué crees que harán contigo?

—Vaya —respondió—, ya veo que eres el mismo Simplicius de siempre. Sé muy bien que para recoger antes hay que sembrar, y los señores de Magdeburgo no cuelgan a ninguno si no lo han atrapado antes.

Yo le contesté:

—Supongamos que no seas atrapado, hermano, lo cual es muy dudoso, puesto que tanto va el cántaro a la fuente que por fin se rompe. Pero, aun así, la vida que llevas es la más vergonzosa del mundo. No creo que quieras morir de esta manera.

—¿Cómo? ¿La más vergonzosa? Mi valiente Simplicius, te aseguro que el pillaje es el más noble oficio a que se pueda dedicar uno en estos tiempos. Dime, ¿qué reinos y principados no han sido conquistados por la fuerza y enriquecidos por el pillaje? O ¿en qué lugar del mundo se les echa en cara a sus reyes o príncipes que disfruten de las rentas de unos territorios que sus antepasados consiguieron por la fuerza? ¿Qué puede, pues, haber más noble que este oficio mío? ¿No ves cómo los ricos practican la usura? ¿No ves cómo el más fuerte intenta someter al débil? Querrás seguramente responderme que muchos han sido quemados, decapitados y ahorcados por sus asesinatos y robos. Demasiado lo sé. Las leyes lo ordenan. Pero únicamente habrás visto colgar a ladronzuelos, y esto es natural, porque no deberían haberse metido a ejercer tales prácticas que están reservadas a espíritus valerosos. ¿Dónde has visto nunca a una persona distinguida ante la justicia por haber arruinado a su país? Y lo que todavía es más sorprendente: tampoco hay ningún usurero que sea castigado por practicar en secreto este magnífico arte, so pretexto del amor cristiano. Entonces ¿por qué habrían de castigarme a mí, si actúo según la antigua costumbre alemana, sin disimulo ni hipocresía? ¡Querido Simplicius, tú aún no has leído a Maquiavelo! Yo soy un espíritu sincero, y de esta manera vivo, libre y abiertamente y sin recelos ni temores. Lucho y arriesgo mi vida como los antiguos héroes legendarios. Y sé muy bien que le está permitido hacerlo al que sabe el peligro a que se expone. Porque entrego mi vida al peligro, se sigue, sin réplica posible, que estoy en mi derecho de practicar mis artes.

A lo que yo le contesté:

—Tanto si te está permitido robar como si no, en cualquier caso, es evidente que vas contra las leyes de la naturaleza. No quieras para otros lo que no desees para ti. También es una injusticia contra el derecho civil, que ordena que el ladrón sea ahorcado, el bandido decapitado y el asesino atado a la rueda. Finalmente también es contrario a la ley de Dios, que es la más importante porque no deja ningún pecado sin castigo.

—¡Lo que yo decía! —dijo Olivier—. Sigues siendo el Simplicius de siempre, porque no has estudiado a Maquiavelo. Si yo llegara a instaurar una monarquía por mis procedimientos, me gustaría ver al guapo que se atreviera a sermonearme.

Habríamos discutido largo rato si no hubiera llegado el campesino con la comida y la bebida. Nos sentamos juntos a la mesa y acallamos nuestros estómagos, lo que me era en extremo necesario.

El aventurero Simplicissimus
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