CAPÍTULO DECIMOCTAVO,

de por qué no debería darse crédito a Simplicius cuando cuenta semejantes embustes

Es grande el número de personas, entre las que se cuentan gentes distinguidas y eruditas, que no creen en la existencia de brujas y monstruos y aún menos en el hecho de que puedan ir y venir por los aires. Ni tampoco dudo que serán muchos los que digan ahora que el embuste de Simplicius es grandísimo; con estos últimos prefiero no entrar en discusión, ya que actualmente el arte de la exageración no es sino el más extendido oficio que pueda haber, y no he de negar yo que fuera incapaz de ello porque entonces quedaría retratado como un verdadero simplón. Pero quienes no crean en los viajes aéreos de las brujas deberían acordarse de Simón el Mago, que ascendió al éter por mediación de un espíritu maligno y no pudo descender hasta que rezó a san Pedro. Nicolás Remigio, un varón valiente, sabio y sensato que mandó a la hoguera a más de media docena de brujas en el ducado de Lorena escribió que cuando Juan de Hembach tenía dieciséis años su madre, que fue bruja, se lo llevó a una reunión para que los congregados bailaran al son de su flauta. A tal propósito subió a un árbol y empezó a tocar mientras observaba la danza con curiosidad (quizá porque todo aquello le parecía asombroso), hasta que finalmente exclamó:

—¡Que Dios nos proteja! ¿De dónde sale tanto loco?

Y apenas lo hubo dicho cayó del árbol, se dislocó el hombro y empezó a pedir ayuda a gritos, pero no había ya en el lugar nadie más que él. Cuando posteriormente explicaba aquellos hechos, todo el mundo tomaba sus palabras como una fábula, hasta que poco después se detuvo por brujería a una tal Lientera Celeraria, quien también había presenciado el baile y detalló en confesión todo lo allí ocurrido sin jamás haber tenido noticia de lo que contaba Hembach. Simón Mayolo explica el caso de un sirviente que quedó pegado a su mujer y el de un adúltero que, tras tomar un frasco de su amante y untarse con lo que contenía, apareció también en una reunión de brujos. Se habla asimismo de un criado que se levantó pronto para engrasar su carro y, al buscar a tientas en la oscuridad, se equivocó de recipiente, con lo que al untar el vehículo se elevó este por los aires y no pudo ser devuelto al suelo sino con la ayuda de cuerdas. Olaus Magnus cuenta en el libro tercero de su Historia de gentibus septentrionalibus, en el capítulo diecinueve, que el rey Hading de Dinamarca, tras ser desterrado de su propio reino por unos agitadores, regresó atravesando el mar a vuelo, montado en el espíritu de Odín, el cual se había trasformado en caballo. No es menos conocido lo que ocurrió con algunas mujeres y putas solteras de Bohemia que se hacían traer a sus amantes de muy lejos a lomos de machos cabríos. Y lo que cuenta Torquemada en su Hexamerón sobre su compañero de estudios se puede fácilmente leer en ese mismo libro. Pablo Grillando relata lo que aconteció a un prohombre que, al descubrir que su esposa se servía de linimentos para salir de casa, la obligó a llevarlo con ella a una reunión de brujas. Cuando allí se disponían a comer, y viendo que no había sal, la pidió con insistencia hasta que se la trajeron, y exclamó entonces:

—¡Gracias a Dios que ya viene la sal!

Habiendo pronunciado estas palabras, las luces se extinguieron y todo desapareció. Al amanecer supo por unos pastores que se encontraba cerca de la ciudad de Benevento, en el reino de Nápoles, esto es, a unas cien millas de su tierra. Por ello, y a pesar de que era un ciudadano rico, tuvo que volver a casa mendigando; cuando al fin llegó acusó de brujería a su mujer ante las autoridades, que la mandaron a la hoguera. El modo en que el doctor Fausto y muchos otros que no eran brujos viajaron también por los aires es una historia bien conocida. Asimismo, también llegué a trabar conocimiento con una señora y su criada que actualmente ya están muertas, si bien el padre de la sirvienta sigue con vida; esta se encontraba un día limpiando el calzado de su ama junto al hogar y, mientras dejaba a un lado un zapato para untar de betún el siguiente, salió ella misma volando por la chimenea. Es un suceso que ha sido silenciado. Con todo esto quiero demostrar que brujas y brujos viajan en persona a sus encuentros y no tanto acreditar que yo acudí a una de ellas como he relatado, pues tanto me da si me creen o no; y a quien no lo crea le pido que busque otro camino para llegar en tan poco tiempo del monasterio de Hirschfeld o Fulda (pues ni yo mismo sé por qué bosques me tocó errar) al obispado de Magdeburgo.

El aventurero Simplicissimus
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