CAPÍTULO VIGESIMOCTAVO,

que trata de una gran batalla en que el triunfador cae preso del vencido

Mientras el criado de mi salvador me apartaba del peligro, la ambición y las ansias de botín empujaron a su señor tan adentro que no volvió a salir. Cuando, más tarde, los vencedores se repartieron el botín y contaron sus bajas, faltaba mi Herzbruder; a mí me heredó su capitán junto con el caballo y el criado, y tuve que contentarme con ser mozo de cuadra. Únicamente obtuve la promesa de que, si me portaba bien y cuando fuera algo mayor, el capitán se encargaría de ensillarme, es decir, de hacerme jinete. Hasta que esto ocurriera, debería tener paciencia.

Poco tiempo después, mi capitán fue ascendido a comandante; yo, en cambio, obtuve junto a él el mismo empleo que en otros tiempos ya tuvo David entre las huestes del rey Saúl: mi empleo consistía en tocar el laúd en el cuartel, y durante las marchas llevarle a mi amo la coraza, lo cual era una broma muy pesada. Aun cuando tales armaduras han sido inventadas para proteger a sus portadores de ataques enemigos, a mí me sucedía exactamente lo contrario, ya que los animalitos que yo incubaba me perseguían con toda seguridad bajo la protección de la mía. Al amparo de esta fortificación, se divertían con entera libertad y retozaban, como si llevara la armadura para protección de ellos y no mía, tanto más cuanto que yo no podía alcanzarlos con el brazo ni darles caza. Meditaba toda suerte de estratagemas para aniquilar aquella plaga, pero no tenía tiempo ni oportunidad de exterminarlas mediante el fuego (en un horno), el agua o el veneno (aunque no desconocía las propiedades del mercurio); aún menos podía recurrir a ese otro medio de suprimirlas que consiste en cambiar de vestido y ponerse ropa limpia, de modo que me veía obligado a arrastrar a esas condenadas conmigo y a entregarles mi cuerpo y mi sangre como pasto. Cuando me torturaban y me roían debajo de la armadura, echaba mano a una pistola como si hubiera querido disparar contra ellas, pero me limitaba a coger la baqueta para acabar a golpes con su apetito. Por fin ideé el siguiente artificio: enrollé un pedazo de piel alrededor de la baqueta y la unté con visco, y cuando introducía esa trampa bajo la armadura, sacaba docenas de pulgas de sus trincheras y capturaba a más de un príncipe gordezuelo al que trataba como a sus humildes vasallos y retorcía el pescuezo, aunque sin gran provecho para mí.

Un día, mi teniente coronel recibió la orden de llevar una banda de faccionarios a Westfalia. Si hubiera tenido tantos jinetes como yo pulgas, habría hecho temblar el universo, pero como no era así tuvo que avanzar con cautela y esconderse en la marca de Günne, un bosque situado entre Ham y Soest. En esta época, mis verdugos habían perdido ya todo freno, y las galerías que excavaban me causaban tales tormentos que yo abrigaba el temor de que establecieran su domicilio entre la carne y la piel. ¿Puede extrañarnos que los brasileños, por dictado de la ira y sed de venganza, coman sus pulgas cuando se sienten irritados por ellas más allá de toda medida? Un día creí no poder seguir soportando mis males por más tiempo. Mientras algunos jinetes se habían ido a forrajear, otros dormían, y otros estaban aún de guardia, me puse bajo un árbol para librar batalla contra mis enemigos. A este fin, me desembaracé de mi coraza, sin caer en la cuenta de que los demás se la ponen cuando quieren combatir, e hice tal matanza que de los pulgares (mis espadas) empezó a gotear sangre, y vi cómo colgaban de ellos multitud de cadáveres enemigos. Aquellos a los que perdoné la vida los abandoné a su miseria dejando que se pasearan por el árbol. Tantas veces como recuerdo aquel encarnizado encuentro me escuece la piel tan realmente como si me encontrara aún en pleno combate. Pensaba, cierto, que no debía enfurecerme contra mis consanguíneos, contra aquellos fieles servidores que se dejan ahorcar con uno mismo y que, frecuentemente, soportaban mi cuerpo cuando me tendía en pleno campo, sobre el duro suelo. Pero, despiadado, proseguí en mi exterminio con tal furia que no me di cuenta de que los imperiales atacaban a mi teniente hasta que se precipitaron sobre mí viniendo en socorro de las pobres pulgas y llevándome prisionero y sin que les espantara mi bravura por haber decapitado, momentos antes, a miles, sobrepasando la fuerza de aquel sastre «que de un solo golpe mató a siete». Un dragón me llevó consigo y lo mejor que de mí obtuvo fue la coraza de mi teniente; en Soest, donde estaba el cuartel, la vendió muy ventajosamente a su coronel. Fue aquel mi sexto amo en la guerra, puesto que pasé a ser su mozo de cuadra.

El aventurero Simplicissimus
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