CAPÍTULO DUODÉCIMO,

en el que la fortuna concede inesperadamente un noble favor al Cazador

Yo tenía dos hermosos caballos que eran entonces toda la alegría de mi vida. Cuando salía con uno de ellos, ya de paseo o bien a la escuela de equitación, y me lucía con ellos por las callejuelas, decía el populacho:

—¡Mirad, ese es el Cazador!

—¡Jesús, qué apuesto mozo es!

—¡Qué precioso caballo!

Yo aguzaba el oído y sorbía con avidez estas alabanzas como si la reina de Saba me hubiera comparado al majestuoso Salomón. Pero ¡loco de mí, que no oía el juicio de las personas graves y sensatas y menos, claro está, lo que decían cuantos me envidiaban! Lo menos que estos últimos me deseaban era, seguramente, que me rompiera la cabeza ya que ellos no podían rompérmela, y otros me tomaban, sin duda, por un joven fatuo en quien no podía durar mucho tiempo la nobleza. En resumidas cuentas, los más preclaros creían que era yo un piojo resucitado y esperaban que mi orgullo no durase mucho, pues no eran firmes sus fundamentos y se mantenía únicamente por el inestable grosor de mis botines. Debo reconocer que estos últimos no iban mal encaminados, pese a que por entonces yo no podía saberlo, porque no me preocupaba más que de resolver las pendencias con mis adversarios (si se atrevían a enfrentarse a mí) y no era yo tampoco más que un chiquillo que pasaba por buen soldado. Asimismo, también me ayudaba el que, en los tiempos que corrían, cualquier mocoso consiguiera matar a los más valientes héroes que pudiera dar la tierra, pues sin la pólvora las cosas no me habrían salido tan bien.

Siempre que el tiempo me sobraba, tenía la costumbre de recorrer todos los caminos y senderos, todos los fosos, pantanos, arbustos, riachuelos y fuentes del país, para así recordarlos y poderlos utilizar en cualquier apuro. Con este fin me fui un día a caballo no muy lejos de la ciudad hasta unas viejas ruinas, donde antes se había alzado una casa de campo. De primera intención el lugar me pareció muy a propósito para esperar en él al enemigo o para cubrir una retirada, sobre todo para nosotros los dragones, en el caso de que nos persiguiera un número superior de jinetes. Me metí, pues, por entre las ruinas para ver si en caso de necesidad podrían salvarse también los caballos, o si en ellas resultaba factible una defensa a pie. Cuando quise penetrar en el sótano, cuyas paredes se mantenían todavía en pie, mi caballo, que nunca se asustaba de nada, se negó a avanzar un paso. Piqué las espuelas, cosa que yo siempre evitaba, mas de nada sirvió, no había modo de hacerlo avanzar. Descabalgué y lo tomé de la brida para bajar la escalera semiderruida, de la que seguramente se asustaba el animal, pero retrocedió tanto como pudo. Finalmente intenté, con buenas palabras y caricias, hacer que la bajara. Mientras lo acariciaba me di cuenta de que sudaba de miedo, fijando sus ojos en un rincón del sótano, mas no pude descubrir en aquel punto nada que hubiera podido espantar al más asustadizo de los caballos. Y mientras yo estaba allí contemplando pasmado al caballo, que temblaba de miedo, se me pusieron de pronto los pelos de punta, como si fueran a arrancárseme y me vertieran un cubo de agua fría por la espalda. Y es el caso que yo seguía sin ver nada. Mi caballo se conducía de un modo cada vez más curioso, y esto hasta tal punto que llegué a pensar que en aquel dichoso sótano debían de habernos encantado y que allí encontraríamos nuestro fin. Quise retroceder, pero mi caballo no quiso seguirme de ninguna manera. Mi terror creció más si cabe, y tanto me atolondré que no supe cómo salir del atolladero. Finalmente tomé una pistola del arzón y até mi caballo a un saúco que había crecido en el sótano; me disponía a salir para buscar gente en las cercanías que me ayudara a sacarlo de allí cuando se me ocurrió de pronto que quizá en aquel rincón estuviese enterrado algún tesoro, y esta fuese la causa de que produjera una impresión tan misteriosa y terrorífica. Inspeccioné el lugar más cuidadosamente y observé en la esquina a la que precisamente miraba con espanto mi caballo un trozo de pared, del tamaño aproximado de un armario, que se distinguía del resto del muro por su color y fábrica. Cuando quise aproximarme, me pareció como si mis cabellos se erizaran con una verticalidad insospechada y esto me afirmó en mi opinión de que allí debía de haber enterrado un copioso tesoro.

Habría preferido mil veces encontrarme en medio de una lluvia de balas a tener que pasar un miedo semejante. Me sentía atormentado y no sabía por qué: no veía ni oía nada. Tomé mi otra pistola del arzón y quise huir y dejar el caballo abandonado, pero no pude subir la escalera porque una fuerte corriente de aire me lo impedía. ¡Ni un gato podría parecérseme! Se me ocurrió descargar mis dos pistolas para que acudieran a salvarme los campesinos que trabajaban en las cercanías. Estaba tan airado o quizá tan desesperado, ni yo mismo lo sé, que apunté hacia el lugar que tanto terror nos inspiraba. Di con tal acierto en la pared aquella que las balas hicieron un boquete por el que habrían cabido mis dos puños. Relinchó mi caballo y aguzó las orejas, lo que tranquilizó mi corazón. No sé si el supuesto fantasma había desaparecido o si los disparos alegraron al animal. Haciendo de tripas corazón, me dirigí al boquete, derribé por completo la obra de mampostería y encontré un riquísimo tesoro de plata, oro y piedras preciosas. Había allí seis docenas de argentinas copas de la antigua Franconia, una enorme jarra de oro, muchos vasos, cuatro saleros de plata y uno de oro, una cadena de oro de Franconia, diamantes, rubíes, zafiros y esmeraldas, todas estas piedras engarzadas en anillos y otras alhajas; había además una cajita llena de perlas, pero todas pasadas; luego, en una bolsa de ajado cuero, ochenta antiquísimos táleros de fina plata, así como ochocientas noventa y tres monedas de oro con las armas y el águila francesa. Con las monedas, anillos y alhajas me llené los bolsillos, las botas y las pistoleras. Como no llevaba ningún saco conmigo, abrí la forrada gualdrapa de la silla, que me podía servir muy bien de bolsa, y metí en ella toda la restante vajilla de oro y plata, coloqué la cadena de oro en mi cuello, monté alegremente y regresé al cuartel. Al salir de la finca vi dos campesinos que al momento intentaron huir. Yo los alcancé pronto, porque tenía a mi disposición seis patas y campo libre, y les pregunté por qué habían intentado escapar y por qué estaban tan aterrorizados. Dijeron que me habían tomado por el fantasma que habitaba en aquella noble finca abandonada y que acostumbraba maltratar a todos los que se acercaban demasiado a ella. Por miedo al monstruo no había penetrado nadie en la casa desde hacía muchos años, me contaron. Corría por allí la leyenda de que había en su interior un arcón de hierro lleno de dinero al que protegían un perro negro y una dama encantada. Según la leyenda, un día vendría un noble que no conocería ni madre ni padre y abriría el arcón con una llave de fuego y se llevaría el tesoro. Tantas tonterías parecidas me contaron que no tenían fin. Les pregunté con qué objeto habían intentado aproximarse al edificio, y contestaron que habían oído un grito y un disparo y que entonces habían corrido hacia allí para ver qué ocurría. Yo les dije que ciertamente había disparado con la esperanza de que acudiera alguien a las ruinas, ya que me había entrado miedo, pero que gritos no los había dado. Quisieron saber mucho de mí y yo habría podido contarles una serie de cuentos, mas no quise decirles nada y menos aún que había aligerado el lugar del tesoro, sino que me dirigí rápidamente a mi cuartel donde pude admirar mi recién conquistado botín, alegría de mis ojos.

El aventurero Simplicissimus
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