CAPÍTULO DECIMOSÉPTIMO,

que trata del viaje de regreso desde el centro de la Tierra, y de las quimeras, castillos en el aire, planes en el tiempo y contabilidades que hizo Simplicius en ausencia de su anfitrión

Mientras, había llegado la hora de volver a casa, por lo que el rey me ordenó le expresara mis deseos. Le dije que nada me produciría tanta satisfacción como que me concediera el don de obtener un manantial de aguas curativas en mi hacienda.

—¿Solo esto? —preguntó el rey maravillado—. Yo creía que pedirías una esmeralda del mar americano. Ahora sí que compruebo que no existe la codicia entre los cristianos.

Me alargó una piedra de colores raramente tornasolados y me dijo:

—Guárdate esta piedra. Dondequiera que la dejes sobre el suelo, regresará al centro de la Tierra y en su lugar manará una fuente del agua que desees. Te saldrá tan beneficiosa como tú hayas merecido relatándonos la verdad.

Luego el príncipe del lago de Mummel me tomó bajo su protección para el viaje de vuelta, que se me hizo más largo que el de ida, pues me pareció un trayecto de tres mil quinientas millas suizas-alemanas. Creo que esto se debió a que por el camino no entendí demasiado a mis acompañantes, de cuya conversación solo recuerdo que vivían hasta los trescientos, cuatrocientos o quinientos años sin conocer la enfermedad. Por el contrario, empecé ya a pensar en mi manantial, reflexionando en el lugar donde lo colocaría y cómo iba a aprovecharlo. Construiría elegantes edificios para los huéspedes para proveerles de un cómodo alojamiento y aumentar mis beneficios. Sobornaría a los médicos para que recomendaran mi manantial de aguas acídulas como superior a todos los demás, incluso al de Schwalbach, y me enviaran a ricos pacientes. Seguí con las cuentas galanas pensando en cómo hacer más agradable el viaje hasta el manantial; en mi cerebro bullían ya los criados socarrones, las cocineras avaras, las criadas prudentes, los avispados mozos de cuadra y los limpísimos bañeros. Imaginaba un lugar entre las montañas, cercano a mi hacienda, donde levantaría un hermoso jardín con todo tipo de plantas exóticas por el que los señores bañistas y sus esposas pudiesen pasear, los enfermos pudieran estar al fresco y los sanos se pudieran solazar con juegos y diversiones. Haría que los médicos, a cambio de los honorarios pertinentes, redactaran un tratado sobre mi magnífico manantial y sus excelentes virtudes, el cual mandaría imprimir junto con un bello aguafuerte de la planta de mi hacienda y su perspectiva, con el fin de que a su sola vista los enfermos ya se sintieran medio curados antes de llegar. Luego imaginaba llamar a todos mis hijos de Lippstadt para darles estudios y proporcionarles un medio de vida honesto y recto, por lo que ninguno de ellos debería permanecer en el balneario, porque me había propuesto no precisamente aligerarles los dolores a mis huéspedes, sino sus bolsas.

Con estas ideas en el magín, llegué de nuevo al aire libre y el príncipe me dejó en la orilla con las ropas completamente secas. Pero tuve que desprenderme rápidamente de la alhaja que me había sido entregada al comenzar mi aventura, porque, de lo contrario, me habría ahogado en el aire. Cuando se encontraron de nuevo en posesión de la piedra maravillosa, nos separamos como gentes que nunca más han de volverse a ver: se agachó el príncipe y desapareció con los suyos en las profundidades; yo me puse en marcha con la piedra que me había dado el rey y con el corazón tan lleno de alegría y de esperanza como si me llevara el vellocino de oro de la isla de Cólquide.

Pero ¡ay!, aquella alegría no duró mucho tiempo. Apenas me había alejado del lago maravilloso, cuando me perdí en el inmenso bosque, porque antes no había prestado atención al camino por el que me había conducido mi padre. Pero de todo esto no me di cuenta hasta la llegada de la noche, debido a lo profundamente embargada que estaba mi atención pensando en mi manantial. Me encontré de pronto en la selva tenebrosa como un grumete en Dresde, sin comida y sin fusil. Me consoló mi admirable piedra: «Paciencia, paciencia —me decía yo—, porque esta piedra te recompensará con largueza de todas las penalidades pasadas, todo lo bueno debe esperar, y para obtenerlo se necesita esfuerzo y trabajo, porque si no cualquier tonto lograría sin dar un palo al agua lo que tú de ella has sacado».

Con estas palabras recuperé la resolución y emprendí el camino con más ánimo pese a la oscuridad. La luna llena me iluminaba, pero los altos abetos impedían que la luz llegara tan bien como a las profundidades del mar en el que había estado ese mismo día. Anduve con denuedo hasta que, a medianoche, divisé un fuego en lontananza. Corrí en aquella dirección reconociendo más tarde que se trataba de la hoguera de unos campesinos refugiados en el bosque. Estos sujetos nunca son de fiar, pero a mí me obligó la necesidad, empujada por el coraje. Me arrastré hasta ellos sin ser visto y les dije súbitamente:

—¡Buenas noches, buenos días o buenas tardes tengan los caballeros! ¡Díganme la hora que tenemos, para que pueda saludarlos convenientemente!

Los seis permanecieron sin moverse de sus asientos, temblando asustados y sin saber qué contestar. Como soy un tipo de los fuertes e iba entonces vestido de luto por la muerte de mi esposa y, además, llevaba una enorme porra en la mano, sobre la que me apoyaba, mi aparición les sentó como un tiro. Aún permanecieron un buen rato sentados hasta que uno se repuso un tanto y dijo:

—¿Quién es el señor?

Por el acento reconocí que eran suabos, a los cuales, ciertamente sin razón alguna, se los toma por simples. Les dije que era un estudiante vagabundo, que venía del monte de Venus y que había aprendido toda una serie de maravillosas artes y enigmáticas ciencias.

—¡Vaya —contestó el más viejo de los campesinos—, ahora es cuando creo que, gracias a Dios, podré ver la paz! ¡Los estudiantes errabundos vuelven a viajar!

El aventurero Simplicissimus
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