CAPÍTULO VIGESIMOSEGUNDO,

de cómo transcurrió la boda y de los renovados propósitos de Simplicius

La gente de mi hospedería asombrose no poco de ver que llevaba conmigo una doncella y de que esta, sin mostrar vergüenza, se encerrase en mi alcoba conmigo. Aunque la mala pasada que me habían jugado me daba gran grima, no era yo tan loco como para despreciar a mi esposa. Así pues, tenía a mi amada en mis brazos, pero la cabeza llena de preocupaciones, pensando cómo debía colocarme frente a aquel problema. Tan pronto pensaba que todo ello me sucedía con razón, como poco más tarde sentía que la mayor vergüenza de este mundo me había alcanzado y que no podía recobrar mi honor sin vengarme antes. Pero cuando me di cuenta de que una venganza semejante no solamente alcanzaría a mi suegro, sino también a mi amada, inocente y piadosa, se derrumbaron todos mis planes como un castillo de naipes. Finalmente, me decidí a tratar por todos los medios de recobrar la amistad de mis suegros y, por lo demás, a comportarme en apariencia como si nada hubiera sucedido.

Esperé hasta que amaneciera, y la espera se me hizo demasiado corta, aunque, en verdad, no pensaba levantarme tan pronto, mandé a buscar inmediatamente a mi cuñado, que tenía por esposa a la hermana de la mía. Le conté sumariamente el cercano parentesco que nos ligaba y le pedí que permitiera venir a su esposa para ayudarnos a preparar el banquete de bodas. Mientras yo salía en busca de invitados que facilitaran la reconciliación con mi nueva familia, él me podría hacer el favor de ganarme de nuevo las simpatías de mi suegro. Mi cuñado me prometió hacer lo posible para devolverme la paz y el sosiego, y yo me dirigí a visitar al comandante. A este le conté sucintamente la nueva moda que habíamos ideado entre mi suegro y yo para casar a la gente: tan rápida había sido la boda que, en menos de una hora, había tenido lugar el sermón del cura, la visita a la iglesia y la bendición, todo de un trago; comoquiera que mi suegro se había ahorrado el banquete, a mí me tocaba ofrecer un pequeño festín a mis honrados y distinguidos amigos, al cual me atrevía a invitarle. El comandante estalló en carcajadas al oír mi relato. En lo referente al contrato matrimonial, me preguntó de cuántos sacos de oro se componía la dote de la novia, pues el viejo tenía muchos y bien escondidos. Le contesté que su discurso de despedida trató de un solo punto; que no nos presentáramos jamás ante su vista. Pero como esta condición había sido proclamada en ausencia de notario o testigos, creía y esperaba que podría ser anulada fácilmente.

Conseguí que el comandante aceptara mi invitación y me prometiera, al mismo tiempo, que trataría de convencer a mi suegro para que asistiera a mi banquete. Inmediatamente mandó a mi bodega un tonel de vino y un ciervo recién cazado. Yo lo organicé todo como si se tratara de la boda de un príncipe y, verdaderamente, la gente que asistió al convite fue de lo más selecto de la localidad y todas sus conversaciones de altísimo interés. Entre todos se consiguió que mis suegros nos acogieran de nuevo en el seno de la familia, de modo que pronto nos felicitaron y desearon más suerte que maldiciones nos habían echado la noche anterior. Se murmuró por toda la ciudad que la boda había tenido lugar de forma tan rápida y desacostumbrada para que nadie tuviera ocasión de jugarnos una mala pasada. Al fin y al cabo tenían razón en cuanto a mí. Si se hubiera anunciado nuestra boda desde el púlpito, según es costumbre, más de una de las burguesitas que componían mi decena de amantes me habrían ocasionado más de un quebradero de cabeza. Ellas sí que se hallaban verdaderamente metidas en un buen lío.

Al día siguiente, mi suegro invitó a todas las amistades, pero no tan espléndidamente como yo, porque era muy avaro. Luego me habló de cómo debía yo instalar mi casa y cuidar de mi hogar. Advertí al momento que mi libertad había desaparecido para siempre y que, en lo sucesivo, tendría que vivir con absoluta sumisión a los decretos de mis nuevos tiranos. Le pedí como humilde y obediente yerno su consejo. El comandante alabó mi gesto y dijo:

—Sería una gran torpeza si vos, joven y experto militar, tratarais en las condiciones actuales de la guerra de ser otra cosa que soldado. Es mucho mejor dejar que nuestros caballos se alimenten en las cuadras del prójimo que no en las nuestras. En lo que a mí respecta, tengo a vuestra disposición una bandera.

Mi suegro y yo discutimos la propuesta y esta vez no rechacé la oferta. Luego le mostré al comandante el recibo del comerciante de Colonia.

—Tengo que ir —dije yo— en busca de mi tesoro, antes de entrar al servicio de los suecos. Si en Colonia se enteran que sirvo a sus enemigos, se reirán de mí por tonto y se me quedarán con él.

Los dos encontraron muy razonables mis palabras y acordamos los tres que yo debía partir para Colonia al cabo de unos días, a fin de hacerme cargo del tesoro. Luego debía presentarme de nuevo en Lippstadt y tomar el mando de la bandera. También fue fijado el día en que mi suegro debía presentarse para recibir el mando de un batallón del regimiento en su calidad de teniente coronel. El comandante buscaba buenos soldados porque preveía para el próximo verano un sitio, ya que el conde de Götz estaba en Westfalia con muchas y poderosas tropas. Dortmund era su cuartel general. Pero el comandante se preocupaba inútilmente, porque el conde tuvo que abandonar Westfalia aquella primavera, para luchar en el Alto Rin contra el príncipe de Weimar, que había derrotado a Johann de Werth.

El aventurero Simplicissimus
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