CAPÍTULO DECIMOQUINTO,

de lo que habló el rey con Simplicius y Simplicius con el rey

Con estas y semejantes conversaciones fui conducido al trono del rey, al que fui presentado sin pérdida de tiempo y sin ceremonia alguna. Tuve motivo suficiente para asombrarme sobre su majestad, pues no vi en torno a él ninguna gran corte, ni ningún género de lujo. No había cancilleres, ni consejeros secretos, ni siquiera un mísero guardia de corps, alabardero o intérprete. Hasta le faltaban los bufones, cocineros, mayordomos, pajes y los inveterados favoritos. A su alrededor flotaban por el contrario los príncipes de todos los lagos del mundo, y cada cual iba vestido con los ropajes de la región en que estaba situado su lago. Así pude ver al mismo tiempo las vivas imágenes de los chinos y africanos, de los trogloditas y los neozelandeses, de los tártaros y los mexicanos, de los samoyedos y los malucos, e incluso de quienes viven en los polos ártico y antártico. El encargado de velar por el lago Negro, en la Selva Negra, iba vestido como mi acompañante, pues su lago estaba muy cerca del lago Mummel; el príncipe que tenía el mando del lago Pilatus iba provisto con una noble y ancha barba y un par de pantalones cortos de cuero como los luce cualquier honrado y digno suizo; y el responsable del lago Camarina se parecía tanto, por sus ropas y sus gestos, a un siciliano que uno habría jurado y perjurado que nunca había salido de la isla y que no sabía una sola palabra de alemán; finalmente pude ver, como sacados de un libro de ropajes, a persas, japoneses, moscovitas, finlandeses, lapones, turcos y de todos los restantes países del orbe.

No tuve necesidad de hacer demasiados cumplimientos, porque el propio rey se apresuró a dirigirme la palabra sin preocuparse mucho de la cortesía y en perfecto alemán:

—¿Cómo te has atrevido a mandarnos, al parecer tan insensatamente, tal montón de piedras? —preguntó.

—Porque, entre nosotros, le está permitido a todo el mundo llamar a las puertas cerradas.

—¿Y qué sucedería si a nosotros se nos ocurriera castigar tu bravuconería?

—El castigo mayor que se me puede imponer es la muerte. Pero, habiendo contemplado tantas maravillas, suerte que no consigue más que un hombre entre muchos millones, a mí no me importaría gran cosa morir ni lo tomaría por castigo.

—¡Oh, qué necia ceguera! —exclamó el rey elevando los ojos a lo alto—. Los hombres solo podéis morir una vez y, sobre todo vosotros, los cristianos, no deberíais desear la muerte hasta estar seguros de obtener la felicidad de poder contemplar la faz de Dios. Por esta vez tengo cosas más importantes que discutir contigo. He sido informado de que vosotros, los cristianos, creéis próximo el día del juicio, no solamente porque veis confirmadas todas las predicciones, especialmente las de las sibilas, sino porque todo lo que existe sobre la tierra está tan profundamente entregado al pecado que Dios no puede dudar en destruir el mundo. Como nuestra estirpe en este caso debe sucumbir también y ser destruida por el fuego, todos nosotros nos hallamos atemorizados por la proximidad de esa hora fatal. Te he mandado llamar para que me digas si debemos mostrarnos optimistas o desesperanzados, pues ni del atento estudio de los astros, ni del movimiento de la esfera terráquea, podemos deducir cambio futuro alguno. Por ello espero que amablemente puedas explicarnos si sobre la tierra existe todavía la fe de la que el postrero juez quizá, esperando hallarla, no encontrará ningún rastro.

Le repliqué que lo que preguntaba era un asunto demasiado elevado para mí, que estaba únicamente en Dios saberlo.

—Bien, pues dime entonces —admitió el rey— cómo se portan los estamentos del mundo. De tus informaciones podré predecir a los míos o bien la desaparición del mundo o una larga existencia y un feliz gobierno. A cambio te mostraré lo que a pocos ha sido dado contemplar y te despediré con un regalo del que podrás alegrarte toda la vida.

Como quedé yo callado y dubitativo, el rey me apremió:

—A ver, empieza por los más altos y termina por los más bajos. Si quieres regresar a la tierra, no tienes otra opción.

—Si debo empezar por los estamentos más elevados, haré bien escogiendo el de los sacerdotes. Como dice Eusebio en uno de sus sermones, todos ellos, cualquiera que sea su religión, desprecian el ocio y los placeres, son diligentes en sus cargos, pacientes con el descreído, pobres en dineros y bienes, ricos en conciencia, modestos para con sus merecimientos y orgullosos para con el pecado. Así como estos se esfuerzan en servir a Dios y conducir a los demás hombres con su ejemplo, más que con palabras, al reino de Dios, los grandes mandatarios terrenales solo se ocupan de la justicia, la cual cuidan de cumplir a rajatabla sea quien sea el que a ellos acuda. Los teólogos son como los santos Jerónimo y Beda; los cardenales, nobles Borromeos; los obispos, santos Agustinos; los abades, santos Hilariones y Pacomios; y el resto, como la congregación de eremitas del desierto tebano. Los mercaderes no comercian por avaricia o por las ganancias que puedan obtener sino para proveer a sus semejantes con sus mercancías, que reúnen con grandes penas y trabajos, haciéndolas llegar desde todos los confines del mundo. Los posaderos no practican la hospitalidad para ganar dinero sino para calmar el hambre y la sed de los viajeros y para procurar descanso a los cansados y agotados caminantes. Así el médico no busca su provecho, sino la salud de sus pacientes, al igual que los boticarios. Los artesanos desconocen la mentira y el engaño; en cambio, se aplican con afán a servir a sus clientes con el trabajo mejor y más duradero. Los ojos de los sastres no se cansan contemplando los retales sisados, y los tejedores son tan pobres, por honrados, que en sus casas ni los ratones encuentran en qué hincar el diente. No se conocen los usureros, sino que los ricos ayudan a los pobres sin que necesiten pedirlo, y cuando un pobre no puede pagar sin provocar por ello un grave descalabro de su alimentación, les perdonan las deudas. No se conoce el orgullo, porque todos ven en el prójimo la imagen de Dios. Nadie se encoleriza con los demás, pues sabe que Cristo sufrió y murió por todos nosotros. La concupiscencia y las pasiones animales son igualmente desconocidas, y todo cuanto sucede entre hombre y mujer es por amor a la infancia. Borrachines, ni verse, a lo más se llega a una alegre y honrada francachela. No existe la indiferencia por el divino sacrificio, y solamente por esta causa se originan tan cruentas guerras, porque cada parte opina que la otra no sirve a Dios con la debida rectitud. No hay avaricia, sino simple ahorro; tampoco derroche vano y pernicioso, sino largueza dadivosa. Tampoco se ven mercenarios que roben a las gentes y destrocen sus hogares, sino soldados que defienden la patria. Tampoco hay pordioseros de profesión, sino gentes que desprecian la riqueza y pobres por su propia voluntad. Los judíos no acaparan el trigo y el vino en provecho propio, sino que lo almacenan en tiempos de largueza para ponerlo a disposición de los necesitados en épocas de las vacas flacas.

El aventurero Simplicissimus
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