CAPÍTULO DECIMOCTAVO,
donde Simplicius sale al mundo por vez primera, con mala fortuna
No quise escuchar más a ese viejo asno y me alegré al oír sus quejidos, pues tenía por costumbre azotar a los pobres soldados como perros. De pronto observé que todo el país estaba cubierto de árboles semejantes que se agitaban, chocando ruidosamente unos con otros. Aquí y allá caían mozos a montones: uno perdía un brazo, otro una pierna, el de más allá la cabeza. Prestando más atención, me parecieron ser todos juntos un solo árbol, sobre cuya copa se erguía el dios de la guerra, Marte. Sus ramas cubrían toda Europa y bien habrían podido dar sombra al mundo entero. Sin embargo, los odios, la malicia, las envidias, el orgullo y la avaricia, entre otras bellas virtudes a las que se sumaba un furioso viento norte, lo sacudían violentamente hasta hacerlo parecer incluso delgado y transparente, de modo que su aspecto hacía justicia a los versos inscritos en su tronco:
La encina azotada y herida por el viento
las ramas se rompe y muere en sufrimiento.
Las guerras internas y las luchas fraternas
todo lo trastocan y se siguen de penas.
El enorme fragor de este viento maléfico y la caída del árbol me despertaron, y de repente volví a hallarme solo en mi cabaña. Volví a pensar en qué debía hacer. En el bosque me era absolutamente imposible permanecer, puesto que me habían robado cuanto necesitaba para vivir. No me quedaban ya más que unos pocos libros que yacían desparramados y desordenados por el suelo. Me puse a hojearlos con los ojos anegados en llanto, pidiendo a Dios que me mostrara el camino a seguir, cuando encontré una carta de mi venerado ermitaño escrita mucho tiempo antes.
Decía así:
Querido Simplicius, no bien encuentres esta carta abandona sin dilación el bosque y poneos tú y el sacerdote a salvo de las penalidades que sobre vosotros han caído. El sacerdote me ha hecho mucho bien. Dios con su ayuda te conducirá a donde convenga. Mantenlo siempre en tu pensamiento y esfuérzate en servirle como si te encontraras conmigo en el bosque. Toma en consideración mis palabras y sigue mis últimos consejos. Vale.
Besé esta pequeña misiva y la tumba del ermitaño más de mil veces, y enseguida me puse en camino en busca de gente. Dos días enteros caminé en línea recta, durmiendo por las noches en los troncos huecos, y toda mi comida se redujo a los puñados de bayas de haya que recogía durante la marcha. Al tercer día dejé atrás el bosque y salí a campo descubierto, cerca de Gelnhausen. Los campos estaban cubiertos de gavillas de trigo que los campesinos, después de la conocida batalla de Nördlingen, no habían tenido tiempo de retirar. Por suerte mía, habían huido al oír el fragor del combate. Con el trigo de las espigas me di un verdadero festín. Hacía tiempo que no había probado un manjar tan delicado como aquel. Luego arreglé mi lecho en el interior de una de las gavillas. El frío era penetrante y necesitaba un buen cobijo.