CAPÍTULO VIGESIMONOVENO,

que trata de lo bien que vivió un pío soldado en el paraíso y de cómo tras su muerte el cazador ocupó su lugar

Nuestra posadera no permitió que la llenara a ella y su casa con mis errantes huéspedes, por lo que se vio obligada a librarme de ellos. Sin penas ni trabajos logró despacharlos metiendo mis harapos en el horno y dejándolos tan quemados como una pipa vieja. Por fin viví libre de toda aquella laceria como en un paradisíaco jardín de rosas. Nadie puede llegar a imaginarse lo feliz que me sentí cuando me vi libre de tal martirio, pues meses enteros había permanecido como sentado sobre un nido de hormigas. En cambio tuve que llevar otra cruz sobre mis espaldas. Mi nuevo amo era uno de esos soldados que están seguros de entrar en el cielo. Se contentaba con su escasa soldada, sin molestar por lo demás a ningún hijo de vecino. Todo su capital se reducía a lo que sacaba de las guardias y a lo poco que ahorraba de su salario semanal, pero este poco lo guardaba mejor que muchos sus perlas orientales. Cada moneda de plata, cada perra gorda que caía en sus manos, la cosía en sus ropas y para que él pudiera tener una mediana provisión, nosotros, el caballo y yo, teníamos que ayudarle a ahorrar, de ahí que mi único alimento consistiera en pan seco y mi única bebida fuese agua o a lo sumo cerveza rebajada. Era este un trato muy poco de mi gusto, porque a causa del pan seco mi garganta se volvió áspera y dura, y mi cuerpo, delgado. Si quería catar algún bocado sabroso tenía que robar, pero sin que él se diera cuenta. Si todos fueran como este hombre sobrarían las horcas, los verdugos y mozos de varas, y los mismos cirujanos barberos, cantineros y bélicos tambores estarían de más. Toda su afición era apartarse por completo de tragar, de beber, de jugar y de todo género de duelos. Si alguna vez era enviado de escolta, de ronda o con cualquier otra misión, se conducía como una vieja con bastón. Si este veterano dragón no hubiera poseído tan hermosas virtudes castrenses no habría reparado siquiera en un muchacho tan pulgoso como yo, y menos para aprisionarme, sino que se habría lanzado en persecución de mi coronel. No podía esperar de él ropa alguna, pues él mismo iba casi tan cosido y remendado por todos lados como mi ermitaño. Su silla y su montura no valían tampoco un mal ochavo, y su caballo era tan esquelético de tanto pasar hambre que ningún sueco o hessiano necesitaba temer su persecución.

Todo esto debió de sopesarlo nuestro capitán cuando lo eligió a él para guardián del renombrado Paraíso, un convento de monjas. Y no es que fuera allí de gran utilidad, pero el capitán debió de considerar la necesidad de engrasarlo a fin de que pudiera recuperar su forma. Las monjas habían pedido, por lo demás, que se les enviase a un sujeto piadoso y de conciencia. Por tanto, correspondiole a él cabalgar hacia el convento y a mí marchar a pie a su lado, ya que, por desgracia, no poseía más que un solo caballo.

—¡Vaya, qué suerte, Simbrecht! —me dijo por el camino (así me llamaba porque nunca podía acordarse de mi nombre)—. ¡Si vamos al Paraíso engordaremos!

—El nombre es de buen agüero —le contesté—. Dios quiera que el lugar confirme nuestras esperanzas.

—Ciertamente —me dijo, sin comprenderme—. Si cada día nos place bebernos dos «agüeros» enteros de cerveza, nadie habrá de impedírnoslo. Pórtate bien; pienso hacerme una capa nueva y tú recibirás la vieja, que será para ti una hermosa chaqueta.

Con razón la llamaba vieja. Según creo, había tomado parte en la batalla de Pavía, tales eran su color y sus zurcidos. Poca alegría me dio mi dragón con aquella noticia.

El Paraíso lo encontramos como lo deseábamos, e incluso algo mejor aún. En vez de ángeles, había allí hermosas doncellas, las cuales nos servían la mesa con tanta abundancia y prodigalidad que en poco tiempo recobró mi panza su antiguo lucimiento. Disfrutábamos de la cerveza más espesa, de los jamones y salchichones mejor ahumados de Westfalia, de sabrosa y delicada carne de ternera, que se cocía generalmente en agua salada y se comía fría. Allí aprendí a cubrir el pan negro con una capa de a dedo de mantequilla salada, y con queso, para que pasara mejor. Y cuando nos daban una pierna de carnero acompañada de una enorme jarra de cerveza, satisfacía a un tiempo mi cuerpo y mi alma y olvidaba todos los pesares anteriores. En fin, aquel paraíso me probaba como si hubiera sido el verdadero. Solo me apesadumbraba al saber que no viviría en él eternamente y tener que vestir de tan desharrapada guisa.

Pero así como la mala suerte me había perseguido anteriormente por doquiera, la fortuna me sonreía ahora. Cuando mi señor me mandó a Soest a recoger el resto del bagaje, encontré por el camino un paquete que contenía muchas varas de terciopelo escarlata para una capa y seda roja para el forro. Me lo llevé y lo cambié en Soest a un comerciante por paño de lana corriente de color verde y demás accesorios, con la condición de que de todo ello tenía que hacerme un nuevo traje y un sombrero. Como me faltaban aún un par de zapatos y una camisa, le di al mercader los botones de plata y los cordones pertenecientes a la capa, y él me entregó todo lo que necesitaba, con lo que me dejó flamante. Con este traje me presenté en el Paraíso ante mi señor, que me insultó furiosamente por no haberle entregado a él mi hallazgo. Incluso me amenazó con darme de azotes y seguramente me habría desnudado, poniéndose él mi traje, si hubiera cabido en él. Yo en cambio creía haber obrado rectamente.

Con esto, el sórdido tacaño pasaba por el gran bochorno de tener un criado mejor vestido que él. Por esta causa cabalgó hacia Soest, pidió dinero prestado a su capitán y con él se arregló lo mejor que pudo; prometió pagar el préstamo de su soldada, lo cual hizo aplicadamente. Cierto es que él mismo tenía para ello suficiente dinero, pero era demasiado listo para tocar su bolsa. De haberlo hecho, cualquier ambicioso podría sustituirlo en el disfrute del mullido invierno en el Paraíso. Debiendo dinero al capitán, este tendría que dejarle en su puesto si no quería exponerse a perder el importe del préstamo. Desde entonces nos dimos a la más holgada vida de este mundo, en la que el juego de los bolos era nuestro trabajo más pesado. Cuando había almohazado, alimentado y dado de beber al penco de mi amo, me distraía con la práctica del noble oficio de doncel.

Los de Hesse habían dejado en el convento un mosquetero. Era este armero de oficio y, como tal, no solamente un maestro en el arte del canto, sino también un excelente espadachín. A fin de no olvidar su arte, se ejercitaba conmigo en toda clase de armas, hasta que adquirí tal habilidad en estas suertes que, al final, nada tenía que envidiarle. Mi dragón, en vez de luchar, jugaba a los bolos con él, sin otro interés que el de determinar cuál de los dos habría de beber más cerveza. Las pérdidas corrían, en cualquier caso, a costa del convento.

Este tenía un coto propio y mantenía, por tanto, un cazador. Como yo iba asimismo vestido de verde, hice amistad con él y aprendí durante aquel otoño e invierno todos los trucos de la caza y, en especial, los referentes a la caza menor. Debido a esto, sin duda, pero también a causa de lo raro que mi nombre resultaba para aquella gente, todos me conocían en aquel distrito por el «Pequeño Cazador». Aprendí a reconocer todos los caminos y senderos de la región, lo que más tarde me fue de gran utilidad. Si el mal tiempo me impedía recorrer bosques y campos, leía toda clase de libros que el administrador del convento me prestaba gustoso. Cuando las nobles damas enclaustradas se dieron cuenta de que yo tenía no solo buena voz, sino que sabía tocar el laúd y un poco el clavicordio, se preocuparon mucho más de mi suerte, y como mi elegante figura y mi hermoso rostro me ayudaban, tomaron todas mis costumbres, mi carácter y mis diversiones por nobles y correspondientes a un agradable y estimado personaje. Y así, insensiblemente, me convertí en un doncel muy apreciado, y lo único que les asombraba era que yo permaneciera al servicio de un dragón tan desaliñado.

Cuando de esta sazón pasó el invierno con toda clase de comodidades, fue relevado mi señor, lo cual le causó tal disgusto, dada la buena vida que allí había llevado, que enfermó al saberlo. Y como a esto se añadieran una fiebre maligna y una serie de achaques debidos a las viejas heridas de guerra, tiró por el atajo más corto y un par de semanas más tarde tuve algo que enterrar. Le puse una lápida con la dedicatoria siguiente:

Aquí yace Parvítico, un valiente soldado

que nunca una gota de sangre ha derramado.

Según uso y costumbre, el capitán habría tenido que heredar el caballo y el fusil, y el comandante, el resto. Pero como yo era un mozuelo decidido e inquieto y prometía para dentro de muy poco tiempo dar lustre a la compañía con mi arrojo, me lo ofrecieron todo a condición de que me dejara reclutar en sustitución de mi señor. Acepté gustoso, sabiendo que mi amo tenía cosidos en sus viejas calzas una buena cantidad de ducados que había ido ahorrando durante su vida. Cuando al inscribirme en la lista de reclutamiento di mi nombre, o sea Simplicius Simplicissimus, el escribiente, llamado Cyriacus, exclamó:

—¡No hay diablo en el infierno que lleve este nombre!

Y como yo le preguntase si había alguno que recibiera el de Cyriacus, no supo qué decirme, aunque se las daba de persona ducha y muy letrada. Mi salida le gustó al capitán, el cual, desde un principio, me estimó sobremanera, poniendo gran esperanza en mis futuras acciones de guerra.

El aventurero Simplicissimus
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