CAPÍTULO DECIMOCTAVO,

donde Simplicius coloca su fuente en un lugar equivocado

Así entramos en conversación, me invitaron a sentarme al lado del fuego y me ofrecieron un pedazo de pan negro y queso de vaca, lo que acepté agradecido. Finalmente intimamos tanto que me pidieron les predijera el porvenir. Para no perder el crédito que me habían concedido, y como yo sabía algo de fisonomía y quiromancia, fui contándoles a uno tras otro cualquier cosa agradable, aunque no me sentía de todas maneras muy cómodo con aquellos sujetos del bosque. Luego desearon aprender de mí algo de las ciencias ocultas, pero yo rehusé su petición hasta el día siguiente y les rogué me dejaran descansar un rato. Me tendí algo aparte, pero más para escuchar que para dormir. Cuanto más roncaba, tanto más despiertos se mostraban ellos; uniendo lenguas y oídos, empezaron a apostar por mi procedencia y personalidad. Por soldado no se atrevían a tomarme, porque llevaba ropa negra; por un burgués tampoco, dada la hora intempestiva a que había llegado a aquel antro de mosquitos que era el bosque, y además de forma tan improcedente. Luego coincidieron en que debía de ser un estudiante de latines que había perdido el camino o también un estudiante vagabundo, porque sabía predecir la suerte de tan excelente manera.

—Sí —dijo uno de ellos—, pero todo no lo ha sabido. Podría ser un desertor que hubiera abandonado su uniforme o un soldado disfrazado para espiar nuestro escondrijo en el bosque y nuestro ganado. Si esto lo supiéramos con certeza, ya le daríamos un buen sueño que le hiciera olvidar el despertar.

Mientras tanto, yo yacía en mi sitio y aguzaba el oído. Pero mientras ellos estaban conferenciando y yo me angustiaba con mis preocupaciones, me encontré de pronto totalmente mojado, metido en el agua. O mirum! ¡Perdida fue Troya y todos mis hermosos planes! Por el olor me di cuenta de que se trataba de mi precioso manantial, que mi piedra había hecho manar en aquel punto. Enloquecí de ira. Con gusto me habría precipitado sobre los seis para darles sus buenos azotes.

—¡Malditos canallas! —grité rabiosamente yendo hacia ellos, enarbolando mi enorme garrote con aire amenazador¡Por este manantial de aguas amargas podéis ver quién soy yo! ¡Nada tendría de extraño que os mandara a todos al infierno por haber albergado en vuestra mente tales bellaquerías!

Mi rostro tenía un aspecto tan amenazador y peligroso que los intimidé. Pero me contuve, al darme cuenta de la tontería que iba a cometer. Pensé que era mucho mejor perder el manantial que no la vida, lo cual podía suceder muy fácilmente si me metía con aquellos robustos individuos. Por este motivo volví a la razón, y en tonos más suaves proseguí:

—¡Levantaos y probad las preciosas aguas del manantial, pues desde este momento tendréis que agradecerme todos los leñadores de esta selva!

Pero no supieron comprender mis palabras y me admiraron en silencio como los bacalaos secos, pero vivos, hasta que, muy altivamente, probé el agua que había recogido con mi sombrero. Uno tras otro fueron levantándose de la vera del fuego, admiraron aquel milagro y bebieron el agua. Pero, en vez de estarme agradecidos, empezaron a quejarse o dijeron que habría sido mejor para ellos que les hubiera colocado el manantial en cualquier otra parte, porque en cuanto fuera conocida aquella fuente por el señorío de los alrededores, todos los vecinos de Dornsetten tendrían que roturar el bosque y construir caminos hasta aquel lugar.

—Pero, por otra parte —les repliqué—, saldréis ganando y venderéis mucho más fácilmente gallinas, huevos, mantequilla, ganado y muchas cosas más.

—¡No, no y no! El señor instalará un posadero, el cual se hará rico y nosotros habremos de ser sus criados, le tendremos que cuidar los caminos y carreteras y no obtendremos ni siquiera su agradecimiento.

Finalmente se dividieron en opiniones distintas; dos de ellos querían conservar el manantial, los otros exigían de mí que me fuera con la música y el manantial a otra parte. Como amanecía de nuevo, les dije que si no querían que todas las vacas del valle dieran leche roja mientras corriera el agua en el manantial, deberían mostrarme el camino que me condujera a Seebach. Ante esta amenaza dos de ellos vinieron conmigo, porque ninguno quería acompañarme solo.

Así pues, me alejé de aquellos lugares y aunque estos eran ya de por sí miserables e improductivos, pues no tenían más que pinares, los habría querido maldecir encima; allí había perdido yo mis más bellas esperanzas. Pero seguí de camino en silencio, acompañado por mis dos guías, hasta llegar a lo alto de la montaña, desde donde empecé a reconocer el terreno. Les dije entonces:

—Señores, espero que sepáis extraer beneficio de vuestra nueva fuente informando a vuestro señor del lugar en el que se encuentra, porque os recompensará como es debido al aprovecharla, para gloria mayor de sus tierras, cuyo interés las dará a conocer.

—¡Toma! —contestaron—. Buenos mastuerzos estaríamos hechos si acudiéramos a él con el mismo garrote con el que azotarnos. Antes preferiríamos que el diablo se te llevara a ti y a tu fuente. De sobras sabes por qué no la queremos.

—¡Malditos idiotas! —respondí yo—. Merecéis que os trate de canallas perjuros, pues os habéis alejado un buen trecho de vuestros piadosos antepasados, tan fieles a sus príncipes que estos presumían de poder reposar la cabeza en la falda de cualquier súbdito sin sentir peligro alguno. ¿Y vosotros, cabezas de chorlito, ni siquiera por un esfuerzo insignificante del que luego os alegraríais y vuestros descendientes disfrutarían con creces os dignaréis a revelar la existencia de estas aguas curativas que supondrán un beneficio a vuestro honorable señor y devolverán el bienestar y la salud a muchos enfermos?

—¡Anda ya! —contestaron—. ¡Antes de que se sepa dónde está el manantial, preferiríamos matarte!

—¡Infelices, muchos más deberíais ser para lograrlo!

Y los ahuyenté con mi garrote como si en ello les fuera la vida. Luego, me dirigí al oeste y al sur de modo que después de muchas penas logré verme de nuevo en mi hogar y encontré cierto lo que me había pronosticado mi preceptor: que no sacaría de aquella peregrinación más que los pies cansados del largo camino de regreso.

El aventurero Simplicissimus
cubierta.xhtml
sinopsis.xhtml
titulo.xhtml
info.xhtml
port1.xhtml
portadaantigua.xhtml
nota.xhtml
port2.xhtml
libro1.xhtml
cap01.xhtml
cap02.xhtml
cap03.xhtml
cap04.xhtml
cap05.xhtml
cap06.xhtml
cap07.xhtml
cap08.xhtml
cap09.xhtml
cap10.xhtml
cap11.xhtml
cap12.xhtml
cap13.xhtml
cap14.xhtml
cap15.xhtml
cap16.xhtml
cap17.xhtml
cap18.xhtml
cap19.xhtml
cap20.xhtml
cap21.xhtml
cap22.xhtml
cap23.xhtml
cap24.xhtml
cap25.xhtml
cap26.xhtml
cap27.xhtml
cap28.xhtml
cap29.xhtml
cap30.xhtml
cap31.xhtml
cap32.xhtml
cap33.xhtml
cap34.xhtml
libro2.xhtml
cap201.xhtml
cap202.xhtml
cap203.xhtml
cap204.xhtml
cap205.xhtml
cap206.xhtml
cap207.xhtml
cap208.xhtml
cap209.xhtml
cap210.xhtml
cap211.xhtml
cap212.xhtml
cap213.xhtml
cap214.xhtml
cap215.xhtml
cap216.xhtml
cap217.xhtml
cap218.xhtml
cap219.xhtml
cap220.xhtml
cap221.xhtml
cap222.xhtml
cap223.xhtml
cap224.xhtml
cap225.xhtml
cap226.xhtml
cap227.xhtml
cap228.xhtml
cap229.xhtml
cap230.xhtml
cap231.xhtml
libro3.xhtml
cap301.xhtml
cap302.xhtml
cap303.xhtml
cap304.xhtml
cap305.xhtml
cap306.xhtml
cap307.xhtml
cap308.xhtml
cap309.xhtml
cap310.xhtml
cap311.xhtml
cap312.xhtml
cap313.xhtml
cap314.xhtml
cap315.xhtml
cap316.xhtml
cap317.xhtml
cap318.xhtml
cap319.xhtml
cap320.xhtml
cap321.xhtml
cap322.xhtml
cap323.xhtml
cap324.xhtml
libro4.xhtml
cap401.xhtml
cap402.xhtml
cap403.xhtml
cap404.xhtml
cap405.xhtml
cap406.xhtml
cap407.xhtml
cap408.xhtml
cap409.xhtml
cap410.xhtml
cap411.xhtml
cap412.xhtml
cap413.xhtml
cap414.xhtml
cap415.xhtml
cap416.xhtml
cap417.xhtml
cap418.xhtml
cap419.xhtml
cap420.xhtml
cap421.xhtml
cap422.xhtml
cap423.xhtml
cap424.xhtml
cap425.xhtml
cap426.xhtml
libro5.xhtml
cap501.xhtml
cap502.xhtml
cap503.xhtml
cap504.xhtml
cap505.xhtml
cap506.xhtml
cap507.xhtml
cap508.xhtml
cap509.xhtml
cap510.xhtml
cap511.xhtml
cap512.xhtml
cap513.xhtml
cap514.xhtml
cap515.xhtml
cap516.xhtml
cap517.xhtml
cap518.xhtml
cap519.xhtml
cap520.xhtml
cap521.xhtml
cap522.xhtml
cap523.xhtml
cap524.xhtml
libro6.xhtml
poema.xhtml
cap601.xhtml
cap602.xhtml
cap603.xhtml
cap604.xhtml
cap605.xhtml
cap606.xhtml
cap607.xhtml
cap608.xhtml
cap609.xhtml
cap610.xhtml
cap611.xhtml
cap612.xhtml
cap613.xhtml
cap614.xhtml
cap615.xhtml
cap616.xhtml
cap617.xhtml
cap618.xhtml
cap619.xhtml
cap620.xhtml
cap621.xhtml
cap622.xhtml
cap623.xhtml
cap624.xhtml
cap625.xhtml
cap626.xhtml
cap627.xhtml
cap628.xhtml
autor.xhtml
notas.xhtml