CAPÍTULO DECIMOCTAVO,

donde el hombre salvaje recobra la libertad con gran suerte y mucho dinero

No quedé más que yo, porque cuando los cuatro ladrones más distinguidos vieron que las gentes se asombraban de mi gran barba de suizo y capuchino y largos cabellos, que no estaban acostumbradas a ver, pensaron sacar beneficio de ello. Así que me incluyeron en su parte del botín, me separaron del resto, me quitaron el hábito y me cubrieron las vergüenzas con una especie de musgo que en la Arabia fértil suele crecer en los bosques junto a algunos árboles, y como de por sí yo estaba acostumbrado a andar descalzo y descubierto, ofrecía un aspecto en extremo extraño y forastero. Con tal figura me llevaron como si fuera un hombre salvaje por pueblos y ciudades de la costa del mar Rojo, consiguiendo dinero conmigo. Decían que me habían encontrado en la Arabia desierta, lejos de toda vivienda humana, y me habían atrapado. No podía hablar una sola palabra con nadie bajo amenaza de muerte si lo hacía, lo que de todos modos me resultaba difícil porque apenas podía balbucear un poco de árabe; en cambio, sí me estaba permitido cuando estaba a solas con ellos. Les dije entonces que su trato me complacía y hasta lo disfrutaba porque me daban de comer y beber lo mismo que a ellos, normalmente arroz y carne de cordero. Así obtuve de ellos el permiso de poder protegerme con mi hábito, en el que aún quedaban algunos ducados, de noche y cuando, durante el día, hacía algo de frío.

De ese modo viajé por el mar Rojo, porque mis cuatro amos recorrían las ciudades y mercados de ambas orillas del mismo. Conmigo reunieron en poco tiempo una gran cantidad de dinero, hasta que al fin llegamos a una gran ciudad comercial en la que un bajá turco tiene su corte y se encuentra mucha gente de todas las naciones del mundo entero, porque allí se desembarcan las mercaderías indias, que son luego llevadas por tierra a Alepo y Al Cairo, y desde allí cruzan el Mediterráneo. Después de haber obtenido permiso de la autoridad, dos de mis amos fueron con chirimías a los barrios más distinguidos de la ciudad y gritaron, como era su costumbre, que el que quisiera ver a un hombre salvaje que había sido atrapado en los desiertos de la pedregosa Arabia que se dispusiera a ello. Entretanto los otros dos se quedaron conmigo en nuestra choza y me arreglaron, es decir, me peinaron el pelo y la barba del modo más delicado, teniendo mayor cuidado que el que yo había tenido en toda mi vida de no arrancarme ni uno de esos pelos que tanto beneficio les reportaban. Luego el populacho se congregó en cantidad increíble, apretujados, y entre ellos había también caballeros en cuyas vestimentas vi con claridad que eran europeos. «Ahora —pensé— se acerca tu liberación, y la revelación del engaño y trapacería de tus amos». Pero guardé silencio hasta que les oí a algunos de ellos hablar en alto y bajo alemán, a otros en francés y a otros en italiano. Cuando este y aquel empezaron a formarse un juicio de mí, no pude contenerme por más tiempo, sino que reuní mi poco latín (a fin de que todas las naciones de Europa me entendieran al tiempo) para poder decir:

—Señores, os ruego a todos, por Cristo nuestro redentor, que me rescatéis de las manos de estos ladrones, que hacen como truhanes un espectáculo conmigo.

En cuanto hube dicho tal cosa, uno de mis amos desenvainó el sable para privarme de la palabra, aunque no me había entendido. Pero los honestos europeos se lo impidieron. Yo dije además en francés:

—Soy alemán, y quería peregrinar a Jerusalén, equipado de suficientes salvoconductos de los bajas de Alejandría y Al Cairo, pero debido a la guerra damascena no pude avanzar, sino que me detuve un tiempo en Al Cairo a esperar la mejor ocasión de culminar mi viaje, y en dicha ciudad estos tipos me raptaron, junto a otras personas honorables, y hasta ahora han estafado conmigo a miles de personas.

Acto seguido pedí a los alemanes que no me abandonaran, siendo mis compatriotas. En el ínterin, mis ilegítimos amos no se daban por satisfechos, pero cuando entre la gente salieron algunos pertenecientes a las autoridades de Al Cairo, que atestiguaron haberme visto vestido en su patria hacía medio año, los europeos pidieron el amparo del bajá, ante el que mis cuatro amos se vieron forzados a comparecer. Ante él, tras oír la demanda y la respuesta y el testimonio de los dos testigos, se reconoció y declaró en derecho que se me devolviera la libertad, y a los cuatro ladrones se les condenara a servir en galeras en el Mediterráneo por haber violado el salvoconducto del bajá. La mitad del dinero que habían reunido fue a parar al fisco, y la otra mitad se dividió a su vez en dos mitades: una se me dio a mí, por las miserias que había soportado, y con la otra debía rescatarse a las otras personas que habían sido apresadas y vendidas conmigo. Esta sentencia no solo fue públicamente pronunciada, sino también ejecutada de inmediato, con lo que, junto a mi libertad, me correspondieron mi hábito y una bonita suma de dinero.

Cuando me vi libre de las cadenas y remaches que había arrastrado como un hombre salvaje, nuevamente vestido con mi viejo hábito, y una vez que me fue entregado el dinero asignado por el bajá, el representante o embajador de cada nación europea quería llevarme consigo a su país. Los holandeses, porque me consideraban compatriota suyo; los otros, porque les parecía de su religión. Yo di las gracias por eso a todos, pero en especial porque me habían librado tan cristianamente juntos de mi prisión, sin duda grotesca, pero peligrosa, y pensé en cómo encaminar mis asuntos, una vez que, contra mi voluntad y mi esperanza, me había vuelto a encontrar con mucho dinero y amigos.

El aventurero Simplicissimus
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