CAPÍTULO VIGÉSIMO,

de la hermosa cocinera que consiguieron, y de cómo volvieron a librarse de ella con la ayuda de Dios

Esa fue la primera comida que tomamos en nuestra isla. Y una vez que la hubimos terminado no hicimos otra cosa que reunir leña para alimentar nuestro fuego. Nos habría gustado visitar toda la isla, pero tras el agotamiento superado nos apremiaba el sueño, así que tuvimos que tendernos a descansar, lo que hicimos de forma continuada hasta entrado el día. Cuando hubimos hecho tal cosa, descendimos por el arroyuelo hasta la desembocadura en que se vertía al mar, y vimos con la mayor sorpresa que una cantidad indecible de peces, del tamaño de salmones medianos o carpas grandes, remontaba las dulces aguas del riachuelo, de manera que parecía como si hubieran metido allí un gran rebaño de cerdos. Y como también encontramos piñas y batatas, que son frutas tan excelentes, nos dijimos que habríamos estado en el país de Jauja (aunque no había ningún animal de cuatro patas) con tan solo haber tenido compañía con la que disfrutar del pescado y las aves de esa noble isla. Pero no vimos una sola huella de que seres humanos hubieran estado allí alguna vez.

Habíamos empezado a deliberar acerca de cómo seguir equipando nuestra casa, y de dónde íbamos a sacar los recipientes tanto para cocer como para recoger el vino de las palmeras y dejarlo reposar como era debido para poder saborearlo a gusto, y en tal conversación estábamos paseando por la orilla, cuando vimos que el mar traía algo que, desde lejos, no pudimos reconocer, aunque parecía más grande de lo que era. Una vez que se hubo acercado y embarrancado en nuestra isla, vimos que era una mujer medio muerta, tumbada sobre una caja con las manos metidas en las asas. La sacamos por amor cristiano a tierra firme, y por la vestimenta y otros signos de su rostro la tomamos por una cristiana abisinia, por lo que nos empeñamos tanto más en hacerla volver en sí, para lo que (con todo respeto, como corresponde en tales casos con las mujeres) la pusimos cabeza abajo hasta que hubo expulsado bastante cantidad de agua, y aunque no teníamos nada más vivificante a mano que el limón, no por eso dejamos de exprimirle debajo de la nariz la humedad espiritosa contenida en los extremos de las cáscaras de los limones, y de sacudirla hasta que al fin se movió por sí misma y empezó a hablar en portugués. En cuanto mi compañero la oyó, y el rostro de ella recuperó un color vivaz, me dijo:

—Esta abisinia era criada de una distinguida señora portuguesa en nuestro barco, yo las conocía bien a ambas, eran de Macao y querían ir con nosotros a la isla de Annobón.

En cuanto aquella oyó estas palabras, se mostró muy contenta, le llamó por su nombre y le contó no solo todo su viaje sino también cuánto se alegraba de que ambos siguieran con vida, y de que hubieran vuelto a encontrarse en tierra firme y fuera de todo peligro. A esto preguntó mi buen carpintero qué mercancías había en aquella caja, a lo que ella respondió que había varias prendas de ropa chinas, varias armas blancas y de fuego y distintos recipientes de porcelana, tanto grandes como pequeños, que su señor debía enviar a un distinguido príncipe en Portugal. Esto nos alegró, porque eran las cosas que más necesitábamos. Luego nos pidió que fuéramos tan amables de dejarla quedarse con nosotros, que ella cocinaría, nos lavaría la ropa y nos prestaría otros servicios como criada, y sería nuestra esclava con que la protegiéramos y le diéramos de comer tan bien como la suerte y la naturaleza le concediera disfrutar con nosotros en aquella comarca.

Con gran esfuerzo y trabajo, llevamos la caja al lugar que habíamos escogido como vivienda, la abrimos y encontramos en ella cosas de tal condición que en nuestro actual estado y necesidad no habríamos podido desear otras. Las desembalamos y las secamos al sol, en lo que nuestra nueva cocinera se mostró servicial y trabajadora. Enseguida empezamos a guisar, cocer y asar aves, y mientras mi carpintero se dedicaba a obtener vino de palma, yo subí a la montaña a recoger huevos, cocerlos y emplearlos en vez del buen pan, y por el camino contemplé con cordial gratitud los grandes dones y gracias de Dios, que nos hacía partícipes de su paternal y clemente providencia y además la ponía ante nuestros ojos para disfrutarla. Caí de rodillas ante tal espectáculo y dije, con los brazos extendidos y el corazón elevado al cielo:

—¡Ah! ¡Ah, bondadoso padre celestial! ¡Ahora siento en tus obras que estás dispuesto a dar más de lo que te pedimos! ¡Amadísimo Señor! Tú, con la abundancia de tus divinas riquezas, nos has dado más de lo que nosotros, pobres criaturas, nos atrevíamos a esperar de ti. Oh, fiel padre, tu indecible misericordia se verá complacida en concedernos que no utilicemos estos dones y gracias tuyas más que como lo quiere tu santísima voluntad y complacencia y basta a tu gran e indecible nombre, para que junto a todos tus elegidos te ensalcemos, honremos y alabemos ahora y siempre.

Con tales y muchas más palabras por el estilo, salidas todas ellas, cordiales y devotas, del fondo de mi alma, anduve hasta que hube recogido los huevos que necesitaba y regresé con ellos a nuestra choza, donde ya estaba preparada la cena sobre la caja que ese mismo día habíamos sacado del mar junto con la cocinera, y que mi compañero había empleado en vez de mesa.

Mientras yo escogía los antedichos huevos, mi compañero (que era un tipo de veintitantos años, mientras que yo tenía más de cuarenta) había llegado con nuestra cocinera a un acuerdo que iba a ser su perdición y la mía. Porque al encontrarse solos en mi ausencia, y tras haber hablado de viejas historias y de la fertilidad y grandes beneficios de esa isla, más que bendecida, dichosa, alcanzaron tan gran confianza que incluso empezaron a hablar de un matrimonio entre ellos, del que la abisinia no quería saber nada a no ser que mi camarada el carpintero me quitara de en medio y se convirtiera en único señor de la isla. Era imposible, decía ella, que pudieran tener un matrimonio en paz si alguien no casado vivía con ellos.

—Pensad —le dijo a mi compañero— cómo os asediarían la desconfianza y los celos si nos casamos y ese anciano conversa diariamente conmigo, aunque jamás se me pase por la cabeza haceros cornudo. Desde luego, hay una forma mejor, si he de casarme y multiplicar el género humano en esta isla (que puede alimentar a mil personas o más), y es casarme con el anciano, porque si así fuera solo tendría que hacerlo por un año, doce o como mucho catorce, en cuyo tiempo criaríamos una hija que os daríamos en matrimonio a vos —dijo refiriéndose al carpintero—. Para entonces tendríais la edad que tiene ahora el anciano, y entretanto tendríais la indudable esperanza de que el primero habría de ser el suegro del otro y el otro el marido de la hija, lo que suprimiría todo recelo y me libraría de todos los peligros que de otra manera podría correr. Sin duda es natural que una mujer joven como yo prefiera a un hombre joven antes que a un anciano, pero ahora tenemos que ser prácticos, como exige nuestra actual situación, para prever que yo y las que de mí nazcan vayamos a lo seguro.

Con este discurso, que se extinguió y dilató más de lo que ahora describo, además de con la belleza de la supuesta abisinia (que al fuego de los ojos de mi camarada resplandecía mucho más que antes) y sus ágiles ademanes, mi buen carpintero se vio de tal modo cautivo y aturdido que se atrevió a decir que prefería echar al mar al viejo (refiriéndose a mí) y arruinar la isla entera a ceder a una dama como ella era. Y se concluyó el mencionado acuerdo entre ellos, pero de tal modo que él me mataría por la espalda o mientras dormía con el hacha, porque temía tanto mi fortaleza física como mi báculo, que él mismo me había hecho en forma de partesana.

Después de alcanzado el arreglo, ella le mostró a mi camarada una hermosa arcilla con la que, a la manera de las mujeres indias de la costa de Guinea, pensaba hacer unos cacharros de barro, y le hizo toda clase de propuestas de cómo ellos y su estirpe vivirían, se alimentarían y ella les proporcionaría una vida tranquila y placentera hasta el último detalle. No se cansaba de ensalzar el beneficio que sacarían de los cocos y del algodón que llevaban o producían, con los que se haría ropa para todos los descendientes de sus descendientes.

Yo, pobre diablo, vine y no sabía nada de aquellas decisiones y enjuagues, sino que me senté a disfrutar de lo que allí había preparado, y dije, a la manera cristiana y ensalzable, la bendición. Pero en cuanto hice la señal de la cruz sobre los alimentos y mis comensales, y pronuncié la bendición de Dios, tanto nuestra cocinera como la caja desaparecieron junto con todo lo que había en dicha caja, dejando tras de sí tan espantoso olor que mi compañero perdió el sentido.

El aventurero Simplicissimus
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