CAPÍTULO VIGESIMOCUARTO,
donde Simplicius amonesta a la gente y ve mucha idolatría en el mundo
Por aquel entonces no poseía yo más cualidad que una conciencia limpia y un carácter honrado y piadoso, emparejadas ambas cosas a una total inexperiencia y simplicidad. No sabía de los pecados más que lo que había oído o leído, y cuando veía cometer alguno constituía para mí una experiencia horrorosa e increíble, pues me habían educado y acostumbrado a desenvolverme siempre ante la presencia de Dios y bajo su santa voluntad, según la cual yo medía los actos y el carácter de las personas, de los que deducía que no había más que horror en este mundo. ¡Dios mío, cómo me asombré cuando comparé los mandamientos, los evangelios y todas las fieles enseñanzas de Jesucristo con las acciones de quienes eran sus discípulos y sucesores! Me parecía estar rodeado únicamente de petulante y abominable frivolidad, tanto que muchas veces dudaba de estar entre cristianos. Era pasmoso comprobar cómo cualquiera conocía la severa voluntad de Dios pero que casi nadie estaba dispuesto a cumplirla.
De este modo me ocupé en mil quimeras y pensamientos absurdos hasta sumirme en un grave conflicto con la siguiente afirmación de Cristo: «¡No juzguéis, si no queréis que os juzguen!». Tampoco se me escapaban las palabras que san Pablo dirigió en su carta a los gálatas, capítulo cinco: «Manifiestas son las obras de la carne, que son el adulterio, la fornicación, la inmundicia, la disolución, la idolatría, las hechicerías, las enemistades, los pleitos, los celos, las iras, las contiendas, las disensiones, las herejías, las envidias, los homicidios, las borracheras, los banqueteos y cosas semejantes a estas, acerca de las cuales os amonesto, como ya os he anunciado, que los que hacen tales cosas no heredarán el reino de Dios». Mientras sobre ello reflexionaba llegué a la conclusión de que eran precisamente estas cosas las que hacía todo el mundo abiertamente, por lo que deduje, a partir de las palabras del apóstol, que no todo el mundo alcanzaría la gloria eterna.
Junto al orgullo y la codicia, con todas sus honorables variedades, estaban a la orden del día la avaricia, la gula, la embriaguez, la prostitución y la disipación. Lo que se me antojaba más horrible era que los soldados, sobre todo los más jóvenes, a quienes no se castiga tan severamente la indulgencia con el pecado, llegasen incluso a bromear con la impiedad. Así, por ejemplo, oí cómo un adúltero se jactaba de su grave pecado diciendo:
—Bien empleados le están al muy cornudo los cuernos que le puse. Lo hice, debo confesarlo, más por él que por amor a la mujer, para obtener así venganza completa.
—¡Valiente venganza! —recriminole un hombre honrado—. ¡Manchando la propia conciencia y mereciendo el calificativo vergonzoso de adúltero!
—¿Yo, adúltero? —repuso el otro con una sonrisilla irónica—. Yo no he roto los vínculos matrimoniales, no hice más que torcerlos un poco. Según la ley de Dios son adúlteros aquellos que penetran en el huerto ajeno y prueban las manzanas antes que el propietario.
Y para corroborar su opinión citó acto seguido el séptimo mandamiento, «no robarás», que según su diabólico catecismo demostraba varios desatinos en los que se extendió un buen rato, hasta que solté un suspiro y pensé: «Oh, grandísimo pecador, te describes a ti mismo como un simple torcedor de matrimonios, pero a nuestro Señor como un adúltero porque con la muerte separa a marido y mujer».
—¿No crees —le dije yo, poseído de mi celo y con acento airado, a pesar de ser él un oficial— que cometes un mayor pecado con estas palabras que con el mismo adulterio?
La reacción del otro fue rabiosa:
—¡Cierra el pico, cabeza de rata, o voy a tener que darte un par de bofetadas!
Y las habría recibido yo seguramente si aquel bellaco no hubiera temido a mi señor. Callé, pues, pudiendo comprobar luego por mí mismo que no era ninguna rareza que los solteros buscaran a las casadas y los casados a las solteras sin el menor freno o valladar.
Mientras aún estudiaba con el ermitaño el camino hacia la dicha eterna, me sorprendió que Dios castigara a su pueblo con tanta severidad a causa de la idolatría, pues ni concebir podía que quien hubiese conocido al Dios verdadero fuera capaz luego de adorar a otro, por lo que llegué a la conclusión, con mi pobre juicio, de que ese mandamiento era inútil y que nos había sido entregado en vano. Sin embargo, ay de mí, no sabía lo que pensaba entonces, pues en cuanto vi mundo caí en la cuenta de que, pese a este mandamiento, casi todos los hombres tenían otra divinidad particular, y que incluso había muchos que adoraban un panteón aún mayor que el de los antiguos y modernos paganos. Algunos tenían a su dios en un cofre, en el que guardaban todo su consuelo y confianza; algunos lo tenían en la corte, donde depositaban sus esperanzas muy a pesar de que el favorito en cuestión fuera un bellaco chapucero (más incluso que su idólatra), pues su inaprensible carácter divino solía depender a su vez de la mutabilidad de algún príncipe; otros confiaban en el carácter sagrado de la reputación e imaginaban que, si la mantenían, ellos mismos se convertirían en semidioses; los había también a los que el verdadero Dios había concedido un cerebro sano de modo que tenían pericia con algunas artes y ciencias, y negligían entonces al bondadoso Donador para centrarse tan solo en el don mismo con la esperanza de que así alcanzarían el más alto bienestar; tampoco era despreciable el número de los que tenían a su dios en el estómago, a quien ofrecían holocaustos diarios como tiempo atrás hicieran los paganos con Baco o Ceres, y cuando el vientre se mostraba indispuesto o empezaban a manifestarse las lacras humanas, dirigíanse entonces sus adoradores al dios médico o buscaban amparo en la botica, de la cual a menudo partían directos a la muerte. Muchos locos convertían en diosas a simples mujerzuelas, a las que se referían con varios nombres y por las que rezaban día y noche; les dedicaban mil suspiros y también canciones que no contenían en sí más que elogios, juntamente con la humilde súplica de que se apiadaran de su locura y se volvieran tan idas como ellos mismos. Por otra parte había mujeres que habían convertido su propia belleza en divinidad, y pensaban: «Con esto conseguiré hombres, ¡y ya puede Dios en el cielo decir lo que quiera!». A este ídolo sacrificaban no otra cosa que tinturas, ungüentos, perfumes, polvos y demás afeites. Vi a gente para quien los dioses eran tener una casa bien situada, pues decían que mientras en ella vivieran dispondrían de buena suerte y salud, y que el dinero entraría a raudales; esta locura me maravillaba sobremanera, ya que era evidente de dónde provenían sus beneficios: conocí a un individuo que se dedicaba a la venta de tabaco y en muchos años no pudo conciliar el sueño, pues había entregado corazón, sentidos y pensamiento al negocio, cuando solo deben ser dedicados a Dios, a quien sin embargo enviaba día y noche mil suspiros para que lo ayudara a prosperar. ¿Y qué pasó? Que el fantasioso murió y desapareció como humo de tabaco. Entonces pensé: «¡Miserable! Si tanto te hubiera interesado la salvación de tu alma y el honrar a Dios como hacías con el ídolo que, en forma de brasileño con un fardo de tabaco bajo el brazo y una pipa en la boca, presidía el mostrador de tu tienda, convencido estoy de que habrías merecido llevar una magnífica corona en la otra vida». Había otro compadre que tenía dioses aún más cochambrosos, pues cuando explicaba en público de qué manera había superado la más cruel hambre y los más pesarosos tiempos, reconocía en buen alemán que caracoles y sapos habían sido su dios, pues a falta de ellos habría muerto por no tener qué llevarse al gaznate. Yo le pregunté entonces si no había sido Dios quien le procuró sustento con aquellas sabandijas, y el muy necio no supo qué responder, a lo que aún me sorprendí más, pues en ninguna parte había leído que los antiguos egipcios, ni los modernos americanos, hubieran idolatrado insectos como hacía este mamarracho.
Una vez visité la sala de arte de un gran señor en la que estaban expuestas hermosas rarezas, y entre las tablas había una que me gustó más que el resto, un Ecce Homo con una expresión tan honda que el espectador no podía sino ser movido a compasión. Al lado estaba colgada una pintura china sobre papel en la que estaban representados ídolos chinos sentados muy majestuosamente, pero a ciencia cierta envueltos en un aire diabólico. El señor de la casa me preguntó qué pieza de su colección me gustaba más, y señalé el Ecce Homo. Él, no obstante, dijo que andaba yo equivocado, pues la pintura china era más rara y por lo tanto más valiosa, y añadió que no la cambiaría ni por diez Ecce Homo como aquel. Yo repuse:
—Señor, ¿es vuestro corazón como vuestra boca?
—Creo que sí.
—Entonces, el que con la boca reconocéis como vuestro más valioso dios es también el dios de vuestro corazón.
—Iluso —respondió—, yo aprecio las rarezas.
—¿Y qué hay más raro y asombroso que el hijo de Dios, que sufrió por nosotros tal y como muestra este cuadro?