CAPÍTULO SEXTO,

de cómo Iulo y Avaro viajan a París y pasan allí el tiempo

El generoso señor, es decir, el señor Iulo, pernoctó en el lugar en el que desembarcamos y se quedó allí el día y la noche siguientes a descansar, recibir dineros que le enviaron y prepararse a pasar, a través de los Países Bajos Españoles, a Holanda, pues no solo quería visitar las Provincias Unidas sino que también tenía orden expresa de su señor padre de hacerlo. Para ello contrató un singular coche en el que iban él y su criado Avaro con el orgullo, la prodigalidad, la codicia y todos sus adláteres, que no quisieron quedarse atrás. Cada cual se sentó donde pudo: el orgullo en el techo, la prodigalidad al lado de Iulo, la codicia en el corazón de Avaro, y yo me metí como pude en la arqueta del equipaje, porque la humildad no estaba presente para ocupar el mismo sitio.

Así que tuve la suerte de visitar durante mi sueño muchos hermosos lugares que apenas uno de cada mil llega a ver estando despierto. El viaje transcurrió felizmente y, aunque se presentaron ocasiones de peligro, la pesada bolsa de Iulo las superó todas, porque no le dolía prendas el dinero y con él se procuraba (tuvimos que pasar por distintas y hostiles guarniciones) en todas partes los necesarios convoyes y pases. Yo no prestaba especial atención a las cosas dignas de ver que en esos países había, sino que contemplaba solo cómo los dos muchachos iban siendo invadidos poco a poco y cada vez más por los vicios arriba mencionados, a los que se iban añadiendo otros. Vi cómo Iulo era embestido y ocupado también por la curiosidad y la lujuria (que es tenida por pecado para castigar al orgullo). Así tuvimos que detenernos más tiempo en los lugares en los que se encontraban mujeres ligeras y gastar más dinero de lo necesario. Por otra parte, Avaro acumulaba tanto como podía: no solo trabajaba para su señor sino también para los posaderos y anfitriones allá adónde iba, con lo que resultaba un espléndido alcahuete, y tampoco rehuía robar aquí y allá por el camino a quienes nos daban albergue, aunque se tratara de una simple cuchara de plata. De este modo pasamos por Flandes, Brabante, Hennegau, Holanda, Zelanda, Züpthen, Geltern, Mecheln y, tras cruzar la frontera francesa, llegamos incluso a París, donde Iulo ocupó el alojamiento más agradable y cómodo que pudo encontrar. Vistió a su Avaro como si fuera un noble y le llamaba señor, para que todo el mundo lo tomara por más de lo que era y pensara que él no podía ser ningún cualquiera cuando alguien de estirpe le servía y le llamaba generoso señor, con lo que también él era tenido por un conde. Contrató enseguida a un laudista, un profesor de esgrima, un maestro de baile, un profesor de equitación y un maestro en el juego de pelota, más para dejarse ver que para aprender de ellos sus artes y ciencias. Estos eran tales individuos que supieron pasar por maestros ante sus nuevos huéspedes. Pronto les pusieron en conocimiento con mujeres con las que sin gastar nada cabía hacer, y con toda clase de compañías con las que se solía escurrir la bolsa mientras el anfitrión solo tenía que apretarse el cinturón. La prodigalidad había invitado a la lujuria con todas sus hijas a asaltar a este Iulo y acabar con él.

Al principio se conformaba con jugar a la pelota, ensartar el anillo y asistir y participar en comedias, ballets y demás ejercicios lícitos y honorables, pero en cuanto fue agasajado y conocido, acudió también a aquellos lugares en los que uno apuesta su dinero en dados y naipes, hasta que finalmente terminó en los más distinguidos burdeles. Su alojamiento era como la corte del rey Arturo, por él todos los días pasaban parásitos que no salían de allí habiendo tomado verdura o nabos sino habiendo probado los caros potajes franceses y la olla podrida española, de forma que a menudo una sola cena le costaba más de veinticinco pistolas, especialmente cuando contaba con los jugadores con los que solía estar. Además, las nuevas modas en el vestido, que se sucedían y acumulaban con rapidez y cambiaban pronto, le costaban lo suyo, con tanta mayor necedad cuanto que, como caballero extranjero, ninguna vestimenta le estaba vedada: todo tenía que estar bordado y guarnecido en oro, y no pasaba mes en el que no se pusiera un traje nuevo ni día en el que no empolvara su peluca varias veces, porque aunque tenía por naturaleza un hermoso cabello, el orgullo le decía que debía cortárselo y adornarse con otro ajeno, tal era el uso. Le indicaba que esos singulares personajes que se sirven de su pelo natural, por hermoso que sea, no dan a entender otra cosa que el ser pobres diablos que no pueden gastarse cien ducados en hermosas pelucas. En suma, todo tenía que ser tan exquisito como el orgullo ideaba y la prodigalidad le sugería.

Aunque sin duda tal forma de vida parecía repugnante a la codicia, que poseía ya por entero a Avaro, le permitía disfrutar de ella porque pensaba aprovecharse de dicha circunstancia. Mammón ya le había movido a entregarse a la deslealtad si quería prosperar, por lo que no dejaba pasar ocasión alguna de sisar cuanto podía a su señor, que tan inútilmente tiraba el dinero. No había costurera o lavandera a la que no redujera su habitual salario, metiendo a escondidas en su bolsa lo que les quitaba. No había honorario de sastre ni de remendón que fuera tan pequeño para no engordarlo ante su señor y quedarse con el incremento, por no hablar de lo que arramblaba y embutía por fas o por nefas en los grandes gastos siempre que podía. Cambiaba los porteadores de las literas, en las que su señor gastaba mucho dinero, si no querían tener con él parte de sus ganancias. El pastelero, el dueño del figón, el de la taberna, el vendedor de leña, el pescadero, el panadero y otros proveedores casi tenían que partir con él sus beneficios si querían seguir conservando al buen cliente que tenían en Iulo. Estaba tan decidido a igualarse a su señor en posesión de mucho dinero y bienes como Lucifer, quien debido a los dones que le otorgó el Omnipotente osó poner su silla junto al poderoso trono del gran Dios. Así iban viviendo ambos jóvenes sin otras tentaciones, sin darse cuenta de cómo vivían. Iulo era tan rico en bienes temporales como Avaro pobre, y por eso cada uno de ellos creía estar procediendo conforme a su estado e incluso con justicia y bien, quiero decir, como exigían la condición y circunstancias de cada uno. Aquel se mostraba espléndido y fastuoso conforme a su riqueza, y este, debido a su pobreza, acudía para prosperar a servirse de la ocasión que su derrochador señor ponía en sus manos. Sin embargo, el interior guardián que es la luz de la razón y aquello que jamás calla del todo, la conciencia, no dejaron de reprochar a tiempo sus faltas a cada uno de ellos e invitarlos a hacer distinta cosa.

—¡Despacio, despacio! —le decían a Iulo—, deja de derrochar tan inútilmente lo que tus predecesores ganaron quizá con áspero esfuerzo y trabajo, quizá incluso con pérdida de su felicidad, y ahorraron tan fielmente para ti. Inviértelo más bien para que en el futuro puedas tenerlo y dar cuenta de ello a Dios, al mundo y a tus descendientes, etcétera.

Pero a estos y otros sanos recordatorios o buenas protestas interiores que querían mover a Iulo a la moderación, este contestaba:

—¡Qué! Yo no soy ningún muerto de hambre ni ningún judío, sino un caballero, ¿acaso he de hacer mis nobles ejercicios con la apariencia de un mendigo o un truhán? ¡No, ese no es el uso ni la tradición, no pasaré aquí ni hambre ni sed, ni mucho menos regatearé como un viejo bellaco, sino que viviré de mis rentas como un hombre de bien!

Cuando los buenos pensamientos, que él solía atribuir a la melancolía, no querían dejar de recomendarle lo mejor para él, hacía que le tocaran esa canción que dice: «Gocemos de nuestros días, Dios sabe dónde estaremos mañana, etcétera», o visitaba a las mujeres, o iba con cualquier alegre compañía y se emborrachaba, cuanto más peor, y hasta que finalmente se convirtió en un perfecto epicúreo.

Por otra parte, Avaro no se veía menos amonestado por su voz interior porque ese camino que emprendía para alcanzar la riqueza era la mayor deslealtad del mundo, pues había sido asignado a su señor no solo para servirle sino también para evitarle el daño, promover su beneficio, animarle a todas las honestas virtudes, prevenirle contra todo vergonzoso vicio y conservar y observar sus bienes temporales con el mayor celo posible. Sin embargo, él mismo se quedaba con ellos y ayudaba a Iulo a lanzarse a toda clase de vicios, sabiendo bien que sería responsable ante Dios, a quien tendría que dar cuentas de todo; ante los piadosos padres de Iulo, que le confiaron a su único hijo y le ordenaron vigilarlo fielmente; y, por fin, ante el propio Iulo, cuando llegara el día. ¿Entendería, hoy o mañana, que por su abandono y deslealtad su persona quedaría echada a perder y su riqueza sería derrochada inútilmente?

—No basta con esto, ¡oh, Avaro!, porque además de esa responsabilidad sobre la persona y el dinero de Iulo, te manchas a ti mismo con el vergonzoso vicio del robo y te haces digno de la soga y la horca. Sometes tu alma racional, y hasta celestial, al lodo de los bienes terrenales que piensas reunir de manera desleal y punible, los cuales en cambio arrojó al mar el pagano Crates de Tebas para que no le contaminaran, tal era su recta condición. ¡Cuánta mayor será tu ruina cuando pesques en el mar tu deslealtad! ¿Puedes imaginar que te será de provecho?

Tales y similares admoniciones tanto de la sana razón como de la conciencia sentía sin duda Avaro en su interior, pero no le faltaba indulgencia para abonar y dar por bueno su pésimo comienzo.

—¿Cómo? —decía de la persona de Iulo, siguiendo el vigesimosexto proverbio de Salomón—: ¿De qué le sirven a ese loco honor, dinero y juventud? ¡No pueden servirle para nada! ¡Además, tiene ya más que suficiente! ¿Y quién sabe cómo lo habrán ganado sus padres? ¿No es mejor que coja yo mismo aquello que de todos modos sin mí despilfarra antes de que vaya a parar a manos ajenas?

De este modo ambos jóvenes seguían sus ciegos deseos y se embriagaban en el abismo de la lujuria, hasta que Iulo contrajo el mal francés, tuvo que sudar tres o cuatro semanas y purgar tanto su cuerpo como su bolsa, lo cual no le hizo bien ni le sirvió de advertencia, pues hizo cierto el refrán de que no fue lo que pasó sino lo que le quedó.

El aventurero Simplicissimus
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