CAPÍTULO DECIMOQUINTO,
donde Simplicius sufre un saqueo y los labriegos dan fe, en un extraño sueño, de cómo son los tiempos de guerra
Llegado a casa pude comprobar que durante mi ausencia me habían robado todos los enseres y todas las pobres provisiones de invierno que yo había ahorrado sacándomelas, como quien dice, de la boca. ¿Y ahora qué? Examiné todas las posibilidades, pero mi poca experiencia no me dictó nada razonable. Resolví que lo mejor era confiar en Dios; de lo contrario, estaba expuesto a desesperar y sucumbir. Tenía, además, muy presentes los acontecimientos de aquel día y pensaba menos en mi propio destino que en la enemistad que había notado entre campesinos y soldados. Mi inocencia me llevó a suponer que sin duda no éramos todos descendientes de Adán sino que existían dos clases de hombres en el mundo: los salvajes y los mansos, que se perseguían entre sí como fieras. En medio de estos pensamientos, me dormí febrilmente, de muy mal talante y con el estómago vacío. Tuve un extraño sueño.
Todos los árboles que rodeaban mi cabaña cambiaron de aspecto. Sobre su copa se sentaba un caballero y de las ramas colgaban, en vez de hojas, toda clase de personajes. Muchos llevaban largas lanzas; otros, mosquetes, fusiles, banderas y pendones, así como tambores y trompetas. Daba gusto verlos con su abigarrado colorido. Las raíces del árbol estaban formadas por gentes pobres: artesanos, jornaleros, muchos campesinos y seres semejantes; ellos precisamente prestaban al árbol su fuerza y, de vez en vez, lo renovaban del todo cuando la perdía por completo. Incluso, para su propia perdición, reemplazaban las hojas caídas. A todo esto gemían, no sin razón, lamentándose de los que sobre ellos se asentaban. Y es que todo el árbol los aplastaba y exprimía de tal manera que les rezumaba todo el dinero de las bolsas, y si algún doblón se resistía, era extraído con el rastrillo del embargo militar; había que ver entonces cómo, con los doblones, salían los sollozos del corazón, las lágrimas de los ojos, la sangre de las uñas y el tuétano de los huesos. No obstante, entre aquellas gentes había también otras a quienes daban el nombre de bromistas. Estos no se preocupaban por nada: todo se lo tomaban a la ligera y aún se burlaban de sí mismos, lo cual era el mejor modo de cargar su cruz.