CAPÍTULO SEGUNDO,
de cuándo es buen momento para bañarse
De esta manera huí del corral, pero entonces fue cuando me percaté de toda mi desgracia: tenía los pantalones bien cargados y no sabía adónde ir con ellos. En los aposentos de mi amo todo estaba sumido en silencio, todos se hallaban entregados al sueño. En el cuerpo de guardia se negarían a recibirme porque apestaba demasiado y quedarme en el patio tampoco era posible por el tremendo frío de la noche. No sabía qué hacer. Era ya media noche cuando se me ocurrió acudir al párroco. Persiguiendo esta idea tomé el camino de su casa, llamé a su puerta y por fin conseguí que la criada me abriera, tras una larga espera. Cuando olió lo que llevaba conmigo (no podía escapar mi secreto a su enorme nariz), se enfureció y se puso a insultarme hasta despertar a su señor, el cual nos llamó junto a su cama y, cuando su nariz descubrió dónde estaba encerrado el gato, dijo sentenciosamente:
—Prescindiendo de lo que pueda decir el calendario, nunca está más indicado un baño que en estas circunstancias.
Con ello ordenó, o mejor dicho, suplicó a su criada que lavara mis pantalones y los colgara al lado del hogar hasta el día siguiente, no sin antes prepararme una cama; bien veía que estaba yo completamente helado. Apenas había entrado en calor cuando empezó a amanecer, y me encontré al cura frente a mí, que me interrogaba sobre mis hechos y aventuras. Como mi camisa y mis pantalones aún no estaban secos, no pude levantarme y seguirle, por lo que satisfice sus preguntas metido entre las sábanas. Todo se lo conté, empezando por la ciencia que me había infundido mi camarada y el pésimo servicio que me había prestado. Luego le dije cómo enloquecieron los invitados tras irse él y cómo (según las explicaciones de mi compañero) intentaron incluso hundir el piso de la casa y cómo se apoderó de mí el pánico. Narré mi tentativa de huir del hundimiento y cómo esto había sido la causa de que me encerraran en el gallinero. Finalmente repetí las palabras y describí los hechos de mis libertadores, y la manera en que, a la postre, los había dejado encerrados en mi lugar.
—Simplicius —dijo el cura—, tu situación es grave. Tenías excelentes posibilidades de abrirte aquí camino, pero temo que las hayas perdido. Salta inmediatamente de la cama y escabúllete de la casa sin ser visto para que no caigamos los dos en desgracia si te encuentran conmigo.
Y así tuve que irme con las ropas aún no del todo secas. De este modo aprendí por vez primera lo bien acogido que es todo aquel que goza del favor de su amo y lo mal mirado que resulta en cuanto lo pierde.
Me dirigí a la residencia de mi señor, donde excepto el cocinero y algunas criadas todo el mundo dormía. Estas fregaban y ponían en orden las salas en las que la víspera se había celebrado la fiesta; aquel preparaba el desayuno con los restos de la cena. La sala se hallaba aún cubierta de copas y vasos rotos, mezclados con los cristales de las ventanas hechos añicos. En algunos lugares se veía lo que había salido de los nobles bebedores por arriba o por abajo, y por todo el aposento estaban repartidos enormes lagos del vino o cerveza vertida. El suelo parecía un gran mapa en relieve en el que resaltaran mares, islas y continentes. La peste era mucho mayor que en el corral de las ocas, y por ello no permanecí allí mucho tiempo sino que me dirigí a la cocina. Allí dejé que se secaran mis ropas al calor de la lumbre y esperé entre temores y angustias a que mi amo despertara. ¿Con qué me favorecería mi destino? Al mismo tiempo reflexionaba sobre la estupidez y la falta de sentido del mundo, mientras cruzaba por mi mente cuanto me había sucedido durante la noche y el día anteriores, y todo lo demás que había visto, oído y experimentado. Estos pensamientos tuvieron como resultado que considerara la pobre y simple vida de mi ermitaño por inmensamente feliz y añorase aquellos tiempos dichosos en los que vivíamos los dos solitarios.