CAPÍTULO TRIGESIMOTERCERO,
de cómo el señor gobernador se desagua profusamente
Al renacer la paz, los consumados maestros del trasiego vinícola se trasladaron acompañados por los músicos y la asistencia femenina al edificio contiguo, donde en otra sala tenían preparada una nueva locura. Sin embargo, mi señor se echó un rato a reposar, pues estaba harto no sé si de tanto comer o de tanto airarse durante el festejo. Lo dejé para que pudiera descansar y dormir, pero apenas salía por la puerta de su habitación cuando intentó silbarme sin éxito. Me llamó, pero no pudo más que esbozar un «Simpls». Me acerqué de un salto y vi que tenía los ojos vueltos como una bestia sacrificada. Me quedé pasmado, sin saber qué hacer, pero él señaló una palangana y, tartamudeando, dijo:
—T… tr… tráeme ee… eso, haa… haragán, aa… acér… came la pa… langana, que qu… qu… quiero voo… vomitar.
Me di prisa en ir a cogerla, y cuando llegué a su lado vi que tenía los carrillos hinchados como si tocara una trompeta. Me agarró con presteza del brazo y me colocó de manera que sostuviese la palangana ante su boca, por la que empezó a arrojar, con dolorosas convulsiones, una materia tan copiosa y de tan insoportable hedor que casi me desmayé, porque además algunas partículas (con perdón) me salpicaron la cara. A punto estuve también de imitar a mi amo, pero cuando vi lo pálido que tenía el rostro me dominé, por el miedo que tenía de que se le escapara el alma junto a toda esa porquería, y porque lo cubrieron unos sudores fríos y tomó el aspecto de un moribundo. Pero se recuperó rápido y me pidió agua fresca para enjuagar su particular tonel de vino.
Al cabo me ordenó que me llevara de allí aquella cosa, que para mí, por estar presentada en jofaina de plata, no era menos despreciable que una fuente llena de entremeses para cuatro personas que en modo alguno se debe echar a perder; además, yo distinguía claramente lo que se había juntado en el estómago del gobernador, que no eran sino magníficos y exquisitos pasteles, asados, carne de ave, venado y animales de corral. No sabía adónde ir con aquello pero tampoco me atrevía a preguntar a mi señor. Me encontré al mayordomo, le enseñé aquella pócima y le pedí me dijera qué hacer con ella.
—Idiota —contestó—, llévasela al doctor; así verá en qué estado se encuentra el gobernador.
Habría caído en la inocentada si el mayordomo no hubiera rumiado que era aún mejor enviarme a las muchachas de la cocina, con la orden de que guardasen el mejunje y le echasen pimienta, por lo que buen rato se rieron aquellas a mi costa.