CAPÍTULO PRIMERO,

de cómo el Cazador persevera en sus errores

El benévolo lector ya se habrá percatado en el libro anterior del denuedo con el que mi ambición me había empujado, en Soest, a buscar y recabar honor, fama y favores mediante actos que en otras personas se considerarían censurables. Relataré ahora hasta dónde me condujo mi locura y cómo mi ambición de crearme renombre en aquel país, que iba creciendo de día en día, me incitaba continuamente a poner en peligro mi vida. Pronto me fue imposible dormir por las noches, me las pasaba en vela, ideando nuevos trucos y ardides para conquistarme honor y gloria. Así se me ocurrió la idea de mandar hacer unos zapatos especiales, que pudieran calzarse al revés; o sea, que los tacones quedasen debajo de los dedos. Encargué unos treinta pares, que repartí luego entre mi gente. Cuando nos los poníamos para hacer una incursión era imposible que nuestros enemigos nos siguieran el rastro: tan pronto llevábamos puestos los zapatos verdaderos como los amañados. Si alguien llegaba al lugar donde habíamos cambiado el calzado, las huellas le engañaban: creía encontrar el rastro de dos bandas que se habían unido y separado en aquel punto. Si hacíamos al revés, tenía la impresión como si aún estuviéramos en camino hacia el lugar donde ya estábamos, o como si viniéramos de a donde íbamos. Era pues imposible pescarnos en aquel laberinto. Lo mismo hice con las herraduras: en cualquier encrucijada ordenaba un alto y las cambiábamos inadvertidamente. Los ardides que deben utilizarse cuando uno es débil y quiere aparentar ser fuerte, o viceversa, eran para mí algo tan acostumbrado y de tan poca relevancia que no es necesario que los detalle. También inventé un instrumento por medio del cual podía oír en las noches tranquilas el sonido de una trompeta a unas tres horas de distancia, el relincho de un caballo lo oía a una distancia de dos horas, y lo mismo los ladridos de perros que las voces humanas a cosa de una hora. Esta invención la mantuve, como es natural, en el mayor secreto, pues con ella adquiría yo gran valimiento e importancia. Durante el día no podía servirme del instrumento, y es que oía todos los movimientos que se producían a un tiempo en el contorno: hombres, caballos, vacas, al pájaro más pequeño en el aire y a la más insignificante rana en el agua. Parecía como si me encontrara en un gran mercado de ganado, donde la algarabía que se levanta entre hombres y animales impide que la gente se entienda.

Muchos habrá, me consta, que no querrán creerme. Pero el hecho es que yo podía reconocer la voz de un hombre por la noche a la misma distancia que lo reconocía durante el día a través de mis anteojos de campaña. Incluso se negaban a creerme los mismos que podían comprobarlo con sus propios ojos, viendo cómo me servía del instrumento y les decía: «Oigo cabalgar jinetes, porque sus caballos están herrados. Oigo venir campesinos, porque sus caballos no llevan herraduras. Oigo que se acercan carreteros, pero son simples campesinos, porque los reconozco por la voz. No, son mosqueteros, y en tal número, lo sé por el golpeteo de sus bandoleras. Un pueblo está allí y otro allá, porque oigo cantar los gallos, ladrar los perros, balar las ovejas, mugir las vacas, gruñir los cerdos…».

Mis propios camaradas lo tomaron a broma hasta que luego pudieron darse cuenta de que siempre tenía razón; lo que, como es lógico, solo creían posible mediante un pacto con el diablo o con su madre. Hasta quizá el benévolo lector piensa lo mismo. Pero, a pesar de todo, fueron muchas las veces en que creyéndoseme perdido logré escapar del enemigo como por un verdadero milagro y gracias solamente a esta ciencia asombrosa. Si hubiera dado a los cuatro vientos mi invención pronto habría sido conocida en todas partes y su utilidad en los cercos habría sido grande. Pero sigamos con mi historia.

Cuando no se me permitía salir de ronda, me entregaba al pillaje. Entonces no había caballo, vaca o cerdo que estuviese seguro en su cuadra, y ello aun cuando tuviera que salir a buscarlos a varias millas de distancia. A las reses y cabalgaduras les ponía zapatos, hasta que podía conducirlos a alguna carretera o camino trillado; así borraba toda huella. Me daba también un gran arte para hacer caminar a los orondos cerdos, personajes a quienes por su gandulería no les resulta muy grato pasear de noche. Les preparaba una sabrosa pasta con harina y agua, empapaba en ella una esponja de baño, fuertemente atada a una cuerda muy resistente, y cuando el elegido venía gruñendo hacia mí le largaba la esponja manteniendo la cuerda en la mano: sin más cuestión, el animal me seguía pacientemente, pagándome luego el trabajo en jamones y longanizas. Si llevaba algo de estos al cuartel, lo repartía con los oficiales y con mis camaradas. De este modo se me permitía una absoluta libertad de movimientos y, si mi robo era descubierto o delatado, todos salían en mi ayuda. Por lo demás, me consideraba demasiado bueno para robar a las gentes humildes y para coger gallinas o naderías semejantes. Con todo, pronto empecé a llevar una vida opulenta, bebiendo y comiendo a placer. Las enseñanzas de mi ermitaño quedaron en olvido y allí no tenía a nadie que me aconsejara y dirigiera en mi juventud. Mis oficiales participaban de mis robos: eran unos parásitos que, en vez de amonestarme o castigarme, aún me inducían al vicio. Me volví tan impío, tan atrevido y malvado que no había canallada en el mundo que no estuviera dispuesto a cometer. Finalmente, tanto mis camaradas me hicieron objeto de su envidia, solo porque mi mano se mostraba más diestra que la de ellos en todo género de latrocinios, como los oficiales, que envidiaban mi temeridad y mi suerte en las incursiones y no podían perdonarme que gozase de mayor renombre y de mayor respeto que ellos mismos. Sin duda alguna, me habrían ya sacrificado si no fuese yo tan pródigo con ellos.

El aventurero Simplicissimus
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