RELACIÓN DE JEAN CORNELIUS VON HARLEM,
CAPITÁN DE UN BARCO HOLANDÉS,
A GERMÁN SCHLEIFHEIM VON SULSFORT,
SU BUEN AMIGO,
ACERCA DE SIMPLICISSIMUS
CAPÍTULO VIGESIMOCUARTO,
en el que Jean Cornelius, capitán de un barco holandés, llega a la isla y forma con su relación un apéndice a este libro
Sin duda recordaréis que a nuestra partida os prometí traeros la mayor rareza que encontrara en toda la India o en nuestro viaje. Es innegable que he reunido varias extrañas plantas de mar o de tierra para que adornéis vuestro gabinete. Pero lo que más admirable y destacado me parece es el presente libro, que un alemán que vivía solo en una isla, por así decirlo en medio del mar, hizo con hojas de palma, y en el que escribió su vida entera. He de contaros con algún detalle cómo llegó a mis manos el libro, y la vida que este hombre llevó, aunque sin duda él mismo la describe bastante en su volumen.
Una vez embarcada toda nuestra carga en las islas Molucas, y puesto rumbo al cabo de Buena Esperanza, vimos que nuestro viaje de regreso no iba a acelerarse como al principio habíamos esperado, porque los vientos eran en su mayoría contrarios, y tan variables que fuimos desviados y retenidos durante largo tiempo. Por esta causa, hubo muchos enfermos en todos los barcos de la armada. Nuestro almirante lanzó un disparo, izó un estandarte y mandó acudir a su barco a todos los capitanes de la flota. Se deliberó y se decidió llegarse a la isla de Santa Helena, refrescar allí a los enfermos y esperar buen tiempo. Además (si la flota quedaba dispersa por tormentas, las cuales teníamos motivos para esperar), se dijo que el primer barco que llegara a dicha isla debía esperar a los otros durante catorce días, lo que pareció bien pensado y se acordó así. Ocurrió como habíamos temido, y una tempestad dispersó la flota de tal modo que ni un barco quedó junto a otro. Cuando me hallé solo con el barco a mí confiado, y al mismo tiempo con vientos contrarios, falta de agua dulce y muchos enfermos, tuve que cambiar a duras penas el rumbo, con lo que no esperé alcanzar la tantas veces mentada Santa Helena (de la que, según nuestros cálculos, estábamos a cuatrocientas millas) a no ser que cambiara el viento.
En tales rodeos y mala situación, mientras los enfermos empeoraban e iban siendo más cada día, vimos hacia el este, mar adentro, lo que nos pareció una única roca, hacia la que encaminamos nuestra esperanza de encontrar al fin tierra en esa zona, aunque no teníamos nada semejante señalado en nuestros mapas. Cuando nos acercamos a esa roca por su lado norte, nos pareció por su aspecto que tenía que ser una montaña rocosa e infértil, tan aislada en el mar que parecía imposible escalarla o atracar en ella por aquel lado. Pero percibimos un olor que nos hizo pensar que teníamos que haber llegado a un buen terreno; la montaña estaba llena de pájaros, y al contemplarla vimos en la cumbre más alta dos cruces que pudimos suponer que habían sido levantadas por mano humana, y que por tanto era posible escalar la montaña. La rodeamos, y por el otro lado de la mentada montaña hallamos una playa sin duda pequeña, pero tan agradable como yo no había visto en toda mi vida, ni en las Indias Occidentales ni en las Orientales. Echamos el ancla a diez brazas de profundidad, en un buen fondo de arena, y enviamos a tierra un esquife con ocho hombres a ver si podían conseguir provisiones.
Regresaron pronto, trayendo gran abundancia de toda clase de frutas, como limones, pomelos, cocos, bananas, batatas y, lo que más nos alegró, la noticia de que en la isla había buena agua potable. Además, dijeron que habían encontrado en la isla a un alemán que, según todos los indicios, llevaba largo tiempo allí, y que el lugar estaba tan lleno de aves que se dejaban coger con las manos que habían llenado el esquife y las habían matado a palos. Del alemán suponían que habría cometido algún delito en un barco y, por castigo, lo habían dejado en esa isla, y así lo creímos. Además, daban por cierto que el hombre no estaba en sus cabales, sino que tenía que ser loco, porque no habían podido tener una verdadera conversación con él.
Al oír tales nuevas la tripulación entera se alegró, y especialmente los enfermos, y todo el mundo quiso ir a refrescarse a tierra. Envíe un esquife tras otro, no solo para que los enfermos recobraran la salud, sino también para repostar el barco de agua fresca, que ambas cosas necesitábamos, así que fuimos muchas veces a la isla. ¡Allí encontramos más bien un paraíso terrenal que un lugar desierto y desconocido! Observé enseguida que el mentado alemán no tenía que ser ningún necio, y menos aún el criminal por el que al principio lo habíamos tomado, porque había señalado todos los árboles, que tenían una especie de corteza lisa, con citas bíblicas y otras hermosas frases, para animar su espíritu cristiano y elevar el alma a Dios. Donde no había frases enteras, se encontraban al menos las cuatro letras de la inscripción de Cristo en la cruz, INRI, o los nombres de Jesús y María, como si solo fuera un instrumento de la pasión de Cristo, de donde dedujimos que tenía que ser sin duda un papista, porque todo nos sonaba muy papal. Aquí ponía memento mori en latín; allá Ieschua Hanosrum Melech Haichudim en hebreo; acullá lo mismo en griego, alemán, árabe o malayo (cuya lengua se habla en todas las Indias), sin otro fin que acordarse de las cosas celestiales, divinas y cristianas. Encontramos también la tumba de su camarada, del que el propio alemán decía en el relato de su vida que había hecho nada menos que la tercera cruz que ambos habían levantado a la orilla del mar, por la que la gente de nuestro barco llamó al lugar (sobre todo porque también había cruces en todos los árboles) isla de la Cruz. Para nosotros, todos esos cortos y sesudos refranes eran puros enigmas y oscuros oráculos de los que no obstante bien podíamos desprender que su autor no era ningún loco, sino un ingenioso poeta, y especialmente un buen cristiano, muy dedicado a la contemplación de las cosas divinas. La siguiente rima, que también encontramos tallada en un árbol, le pareció a nuestro capellán (que andaba conmigo y tomaba nota de mucho de lo que encontraba) de lo más distinguido, porque era nueva para él, y reza:
¡Ah, Bien supremo! ¡De las tinieblas en la luz habitas!
Tal es tu claridad que tu gran brillo a la vista evitas.
El capellán, que era hombre muy erudito, dijo:
—Un ser humano llega hasta aquí en este mundo, y no más, a no ser que Dios le conceda la gracia de revelarle el Bien supremo.
Entretanto, los miembros sanos de mi tripulación recorrieron la isla entera para reunir comida fresca para ellos y los enfermos, y buscar al mentado alemán, al que todos los oficiales del barco querían ver y con quien tenían gran deseo de conversar. Pero no lo encontraron, aunque sí una gran cueva llena de agua entre las rocas, en la que calcularon que debía de hallarse, porque una senda bastante estrecha conducía a su interior, pero no se podía acceder a ella por el agua y la gran oscuridad, y cuando encendieron antorchas y coronas de brea para auxiliarse y visitar la cueva todas se apagaron antes de que llegaran a medio tiro de piedra, en cuya tarea pasaron mucho tiempo en vano.