CAPÍTULO DECIMOCTAVO,

de cómo el Cazador empieza a galantear y se convierte en artesano del oficio

Mis propósitos de aprender a construir armas de fuego y a aumentar mi destreza en su manejo me eran sumamente útiles, y yo así lo entendía, mas ello no bastaba para matar el tiempo y desechar mi aburrimiento, motivo de no pocos males. Pude leer toda clase de libros, en los que aprendí muchas y buenas cosas y, entre ellas, algunas que me sentaron como las hierbas a los perros. El incomparable romance pastoril Arcadia, del que quise aprender elocuencia, fue la primera obra que me llevó de los castos relatos a los de amoríos, y de las verídicas historias a los poemas épicos. Finalmente di en buscar las obras de este género y en cuanto encontraba una ya no la dejaba hasta haberla leído de una sola sentada, pasando incluso en vela las noches enteras. No aprendía elocuencia en ellas pero, en cambio, me enseñaron el arte de la seducción, aunque no con el apasionamiento suficiente para hacerme llegar al furor divino de que habla Séneca o a la lamentable enfermedad que describe Thomaso Thomai en su Jardín del mundo, pues las bellas en las cuales ponía mi amor me daban sin grandes esfuerzos lo que yo deseaba, y así no tenía motivos de queja como otros amantes, que albergan en sus pechos fantásticas ideas, penas, iras, celos, frenesíes… que los arrastran, en su impaciencia, a desearse mil veces la muerte. Yo tenía dinero y lo repartía a manos llenas; además tenía una bella voz y me ejercitaba en toda clase de instrumentos; mostraba la agilidad de mi cuerpo no en la danza, que jamás me había sido propicia, sino en la lucha; tenía asimismo un hermoso rostro y una frente muy despejada e inteligente; y observaba una conducta por demás amable, de manera que las mujeres acudían a mí (aunque maldito si ellas me importaban gran cosa) como Aurora a Clito, Céfalo y Titono, Venus a Anquisas, Atis y Adonis, Ceres a Glauco, Ulises y Jasón, e incluso la casta Diana a su Endimión.

Por este tiempo tenía lugar la nombrada fiesta de San Martín, y entre nosotros alemanes es costumbre en este día beber y comer hasta no poder más, tarea que algunos prolongan hasta carnestolendas. Algunos oficiales y burgueses me invitaron a comer en sus casas para ayudarles a atacar el celebrado pato de San Martín. Este fue motivo para que trabase relación con las doncellas de la localidad. Con mis canciones y mi laúd atraje su atención y para cuando ellas se fijaban en mí había aprendido yo tal juego de miradas y sonrisas, con las que me acompañaba en mis nuevas canciones amatorias, que más de una hermosa damisela enloqueció por mí. Para no sentar plaza de mezquino, organicé yo mismo dos fastuosos banquetes, el uno para los oficiales y el otro para los burgueses; de esta manera me gané el favor de las dos castas. Pero el que me interesaba sobre todo era el de las amorosas doncellas. Y aunque en muchas no hallé lo que buscaba (pues las había también que sabían contenerse), continué visitándolas para que creyeran que tampoco visitaba a las que sí me eran más propicias, sino solo para conversar; a las que me concedían sus favores, sin embargo, las convencía de que eran las únicas que gozaban de mi amor. Llegué a tener amores con seis de ellas, pero ninguna poseía por entero todo mi corazón: de una solo me gustaban sus ojos negros; de otra, sus cabellos dorados; de la tercera, su encantadora ternura; y en todas hallaba lo que en el resto faltaba. Cuando visitaba a alguna, era por las razones referidas o porque me era nueva o desconocida; y nunca rechazaba o tenía en menor estima a ninguna porque tampoco quería siempre solazarme con la misma. Mi paje, que era un bribón de tomo y lomo, tenía trabajo suficiente con llevar y traer ardientes misivas, y sin embargo mantenía cerrado el pico y recibía de las muchachas sus buenas propinas. A mí, en cambio, me costaba un montón de dinero: bien dice el proverbio que los dineros del sacristán cantando se vienen y cantando se van. Yo, entretanto, mantenía la cosa tan en secreto que apenas uno entre cien me habría creído capaz de amar siquiera, salvo el cura, a quien no pedía prestados tantos libros religiosos como antes.

El aventurero Simplicissimus
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