CAPÍTULO PRIMERO,
donde Simplicius se convierte en peregrino y acompaña a Herzbruder en su peregrinación
Después que Herzbruder se encontró totalmente restablecido, me confió que, cuando estaba en peligro de muerte, había hecho el voto de peregrinar a Einsiedeln. Como en aquellos momentos se encontraba tan cerca de Suiza, quería cumplir su promesa aunque tuviera que mendigar por los caminos. Me parecía una buena idea, por eso le ofrecí dinero y mi compañía. Quise incluso comprar dos rocines para ir cabalgando, y no por devoción, sino para visitar el país de la Confederación, único en el que reinaba todavía la estimada paz. Me complacía también poder serle útil durante el viaje a Herzbruder, al cual apreciaba más aún que a mí mismo. Pero él se negó a aceptar mi ayuda, aduciendo que su peregrinación debía efectuarse a pie y con los zapatos llenos de garbanzos. De acompañarlo, no solamente disturbaría su devoción, sino que la lentitud del viaje me ocasionaría numerosos trastornos. Sin embargo, estoy seguro de que lo que sentía era remordimiento de hacer en su viaje uso de un dinero producto del robo y de un sinfín de asesinatos. Además no quería ocasionarme ya más gastos, diciendo con franqueza que ya le había pagado con creces cuanto había hecho por mí y mucho más de lo que él confiaba en devolverme. Mantuvimos una disputa por lo demás tan amistosa que no me fue dado jamás participar en otra semejante. El tema era no haber hecho todo lo que un amigo puede hacer por otro y todavía no haber pagado por todas las buenas cosas que habíamos recibido del otro. Pero ni siquiera con tales razones pude convencerlo para que me aceptara por compañero de viaje, hasta que me di cuenta de que no solo sentía repugnancia por el dinero de Olivier, sino también por mi pecaminosa vida. Por lo tanto, me valí de mentiras y le hice ver que era mi arrepentimiento lo que me impelía a visitar Einsiedeln. Si no me permitía realizar obra tan pía y yo muriere mientras tanto, tendría que asumir tan grande responsabilidad. Con esto conseguí su asentimiento, máxime cuando yo parecía sentir profundo arrepentimiento de mi pasada vida y de mis horribles pecados. Llegué hasta a convencerle de que, como él, me había impuesto la penitencia de peregrinar hasta Einsiedeln con garbanzos en los zapatos.
Apenas concluida la disputa, nos volvimos a enzarzar en otra. Herzbruder era demasiado escrupuloso. No quería admitir ningún pase del comandante en el que se designara mi regimiento como punto de destino.
—Pero ¿no tenemos el propósito de cambiar de vida y peregrinar en penitencia hasta Einsiedeln? —me dijo—. ¿Y ya quieres, en nombre de Dios, empezar con engaños, mintiendo a la gente? «Quien reniegue de Mí en este mundo, renegaré Yo de él ante mi padre celestial», dice Jesucristo. ¿Es que somos nosotros unos monos pusilánimes? ¡Si todos los mártires y creyentes hubieran obrado de esta forma, qué pocos santos habría en el cielo! Deja que marchemos en nombre de Dios y, confiando en su ayuda, vayamos a donde nos impele nuestro santo anhelo. Deja que Dios disponga; Él nos conducirá a donde nuestras almas encuentren el descanso.
Yo le repliqué que no nos estaba permitido poner a Dios a prueba, sino que debíamos adaptarnos a las circunstancias, usando de todos los medios a nuestro alcance. Las peregrinaciones eran cosa rarísima entre la soldadesca, y si mencionábamos nuestros propósitos se nos tomaría más por desertores que no por peregrinos, con lo que nos expondríamos a serios peligros e incomodidades; el apóstol san Pablo, a quien ni siquiera podíamos compararnos, se había adaptado de modo asombroso a los usos del mundo. Cedió finalmente Herzbruder y yo obtuve el pase necesario para dirigirnos a «mi» regimiento. A la hora en que se cerraban las puertas dejamos la ciudad acompañados de un fiel guía y fingimos dirigirnos a Rottweil. Poco después retrocedimos por senderos poco frecuentados y logramos atravesar la frontera suiza aquella misma noche. A la mañana siguiente llegamos a un pueblecito donde nos proveímos de largas túnicas negras, bordones y rosarios, y despedimos a nuestro guía con una generosa propina. Aquella tierra me pareció, comparada con otras campiñas alemanas, tan extraña como Brasil o la lejana China. Vi gente ir y venir en paz, establos llenos de ganado, las granjas pobladas de gallinas, ocas y patos; los caminos eran utilizados por los viajeros con completa seguridad y las posadas se hallaban atestadas de gente que se divertía. No existía el miedo al enemigo, ningún temor al saqueo, ninguna angustia por la probable pérdida de vidas y haciendas. Todos vivían seguros a la sombra de sus higueras y parrales y, en contraste con otras regiones alemanas, en continua alegría y diversión, de manera que tomé aquella tierra por el Paraíso, a pesar de que era bastante agreste. Por eso, durante todo el camino no hice otra cosa que observar, mientras Herzbruder rezaba el rosario. Por este motivo recibí más de una reprimenda, puesto que quería verme rezar todo el rato, a lo que yo no podía acostumbrarme.
En Zurich descubrió mis trucos y me dijo con dureza lo que pensaba, pues sucedió que habíamos llegado a Schaffhausen la noche anterior con los pies muy doloridos a causa de los garbanzos. Como me horrorizaba tener que caminar a la mañana siguiente con aquella molestia, cocí los garbanzos y los volví a colocar en los zapatos. Llegué a Zurich exultante, mientras que Herzbruder a duras penas podía caminar.
—Hermano —me dijo—, tú posees el favor de Dios. A pesar de los garbanzos, puedes andar sin trabas.
—Sí, querido Herzbruder —repuse—, pero es que yo los he cocido, de lo contrario no habría podido continuar.
—¡Que Dios se apiade de ti! —exclamó—. ¿Qué has hecho? Mejor habría sido que no te los pusieras, si querías burlarte. Temo que Dios nos castigue a los dos por tu culpa. No tomes a mal mis palabras, salidas del fondo de mi corazón, mas temo que si no te comportas de otra manera con Dios, tu salvación esté en grave peligro. Te aseguro que a ningún hombre amo más que a ti, pero tampoco niego que tendré que atender a la voz de mi conciencia y negarte este amor, si no eres capaz de enmendarte.
Enmudecí de miedo hasta el punto de que me costó recuperarme. Finalmente llegué a confesarle que si había colocado los garbanzos en mis zapatos era solo por complacerlo a él y poder acompañarlo en el viaje, y no por devoción.
—Ay, hermano, aun prescindiendo de eso de los garbanzos, veo que estás muy lejos de alcanzar la salvación. Dios te conceda una posibilidad de enmienda, pues, de lo contrario, nuestra amistad no podrá mantenerse.
Desde entonces lo seguí triste y apesadumbrado, como si me condujeran a la horca. Mi conciencia empezó a torturarme mientras acudían a mi mente todas las canalladas que había cometido. Lamenté entonces la pérdida de la inocencia con la que había salido del bosque, malgastada en el mundo de las formas más diversas. Aumentó mi angustia el hecho de que Herzbruder no me dirigiese la palabra y se limitase a contemplarme suspirando. Pensé que estaría ya seguro de mi condenación y que la lamentaba.