CAPÍTULO OCTAVO,

de cómo Simplicius se casa por segunda vez, se encuentra con su knan y se da cuenta de quiénes eran sus padres

Organicé una espléndida boda, porque el futuro era inmejorable. Adquirí la hacienda donde había nacido mi esposa y empecé la construcción de una nueva y hermosa casa, como si quisiera establecer una corte y no un hogar. Y, antes de que la boda tuviera lugar, ya poseía en mi finca más de treinta cabezas de ganado, pues tantas podían mantener mis nuevas posesiones durante todo el año. Me hice un ajuar de lo mejorcito y con los enseres más valiosos, según me iba dictando mi perturbado entendimiento. Pero pronto cambió todo, y mientras esperaba navegar viento en popa hacia Inglaterra, me encontré contra lo esperado en Holanda. Y es que, demasiado tarde, averigüé por qué mi esposa se había mostrado tan reacia a contraer matrimonio conmigo. Lo que más me desconsolaba era no poder quejarme ante el mundo de la burla de que había sido objeto. Pude ver pronto con toda claridad que tendría que pagar cara mi ligereza, pero esto no me hizo más paciente ni más piadoso; por el contrario, como me sentía burlado, pensé en burlar a mi burladora. Empecé a pacer donde me apetecía, y a pasar más tiempo entre la buena sociedad del balneario que en mi propio hogar. En resumen, abandoné durante más de un año la hacienda y mi esposa se hizo tan descuidada como yo. Un buey que yo mandé sacrificar para la casa lo saló en unos cestos. Y en ocasión de la matanza, preparó un cerdo pelándolo como si fuera un ave. También intentó asarme cangrejos y servirme truchas ensartadas. Por este par de ejemplos podrá colegir el lector cuáles eran nuestras relaciones. También le gustaba no poco beberse mi buen vino, y repartirlo con otras gentes de su misma calaña, todo lo cual tenía que conducirme irremisiblemente a la perdición. Un día en que iba de paseo con unos petimetres en dirección al valle para visitar a unos amigos en otro balneario, vimos venir hacia nosotros a un campesino que traía una cabra atada por los cuernos con la idea de venderla. Como me pareció haber visto a aquel hombre en otra parte, le pregunté de dónde era la cabra. Él, descubriéndose, me dijo:

—Digno señor, la verdad es que no os lo puedo decir.

—¿No la habrás robado? —insistí.

—No —contestó el campesino—, la traigo del pueblo de ahí abajo, en el valle, que no os nombro porque estamos delante de la cabra.

Esto hizo prorrumpir en carcajadas a mis acompañantes, y como yo palidecía, creyeron que estaba irritado o avergonzado por la respuesta del campesino. Mas yo estaba sumido en otros pensamientos. La verruga que el campesino tenía en medio de la frente y que le hacía semejarse a un unicornio me ayudó a estar seguro de que era mi padre del Spessart. Antes de darme a conocer a él y de alegrarlo con un hijo de tal categoría, quise hacer un poco el adivino y le dije:

—¿No es verdad, abuelo, que sois de Spessart?

—Sí, señor —contestó el campesino.

A lo que yo añadí:

—¿No os saquearon la hacienda y os incendiaron la casa unos jinetes hace unos dieciocho años?

—Sí —contestó—. Que Dios se apiade de ellos; pero no hace tanto tiempo.

Yo seguí preguntando:

—¿No teníais en aquel entonces dos hijos, una muchacha ya crecida y un jovencito que os guardaba el rebaño?

—Señor —contestó mi padre—, la niña era mi hija, pero el niño no. Lo crie desde pequeño como si lo fuera.

Por estas palabras me enteré, pues, que no era el hijo del rústico destripaterrones, lo cual me alegró en parte, pero asimismo me entristeció, puesto que, en este caso, debía de ser yo un bastardo o un expósito. Por tanto, le pregunté a mi padre dónde había encontrado a aquel niño, o qué motivos tenía para haberlo criado.

—¡Ay! —exclamó—. Con él fue todo muy extraño. La guerra me lo dio y la guerra me lo quitó.

Como yo temía que dijera algo desfavorable sobre mi nacimiento, llevé de nuevo la conversación a la vieja cabra y le pregunté si la había vendido a la posadera para sus asados, lo que me extrañaba porque los huéspedes del balneario no acostumbraban ser alimentados con la correosa carne de cabra.

—¡Oh, no, señor! —contestó el campesino—. La posadera tiene ella misma muchas cabras y no paga por un bicho así. La llevo para la condesa que toma las aguas en el balneario. El doctor Sabelotodo le ha recetado leche de cabra alimentada con hierbas especiales, a la que él añade luego algún mejunje. Todo esto bebe la condesa para curar su mal. Se comenta que tiene trastornos intestinales y es más capaz de curarla la cabra que el médico y el boticario juntos.

Durante la conversación, yo pensaba en el modo de seguir hablando con el viejo. Le ofrecí por la cabra un tálero más de lo que la condesa había prometido. Aceptó inmediatamente, pues una ganancia, por pequeña que sea, persuade siempre, pero con la condición de que primero se la ofrecería a la condesa por si estaba dispuesta a pagar el tálero de más. Si ella daba lo mismo, tenía la prioridad sobre el animal; de lo contrario, me cedería gustoso la cabra y vendría a cerrar el trato por la tarde.

Mi padre prosiguió su camino y yo el paseo con mis acompañantes. Pero no podía ni deseaba permanecer mucho más tiempo con ellos, y los dejé muy pronto para dar mucha vuelta en busca de mi padre; este llevaba todavía su cabra, ya que nadie quiso pagarle tanto como yo, lo que me extrañó en gente tan rica pues no les llevaría a la miseria. Lo conduje a mi recién adquirida hacienda, le pagué allí la cabra y, después de embriagarle un poquito, le pregunté de dónde había sacado aquel muchacho de quien habíamos hablado.

—¡Oh, señor —dijo—, la batalla de Mansfeld me lo trajo y la de Nördlingen me lo arrebató!

—Esta parece una historia divertida —le dije y le rogué que me la contara para ayudarme a matar el aburrimiento.

Empezó de esta manera, diciendo:

—Cuando el de Mansfeld perdió la batalla de Hoechts, sus tropas se dispersaron, porque nadie sabía adónde dirigirse. Muchos llegaron hasta el Spessart. Buscaban la maleza para refugiarse. Pero, huyendo de la muerte en la llanura, la encontraron en las montañas, donde nosotros les sacudimos de lo lindo. En aquel entonces era raro encontrar en el bosque un campesino sin mosquete, porque, además, no podíamos quedarnos en casa junto a nuestros aperos. Durante un tumulto en el bosque se presentó ante mí una noble dama, joven y hermosa, después de haber oído yo algunos disparos de fusil no muy lejos de aquel lugar. Primero la tomé por un hombre, porque como tal cabalgaba. Pero cuando vi que levantaba los ojos y las manos al cielo implorando compasión del Señor en lengua extranjera y, con una voz que más parecía un sollozo, bajé el fusil y retiré el dedo del gatillo. Sus gritos y sus gestos me convencieron de que no era más que una mujer profundamente desesperada. Cuando nos acercamos y me vio, me dijo: «¡Oh, si sois un honrado cristiano, os pido por Dios y su misericordia y por el Juicio Final, donde todos daremos cuenta de nuestras acciones y omisiones, que me conduzcáis a casa de una mujer honrada que me ayude a librarme de la preciosa carga que llevo en mis entrañas!». Aquellas palabras, que tantos recuerdos me traían, pronunciadas con su encantadora voz, y la desesperación que leía en el bello rostro de la joven dama me conmovieron hasta lo más profundo de mi corazón. Tomé su caballo por las bridas y a través de setos y arbustos la conduje al lugar más escondido entre la maleza, donde yo mismo había escondido a mi esposa, hija, criados y ganado. Allí mismo parió al cabo de media hora a aquel muchacho del que hablábamos antes.

Con estas palabras acabó la narración y bebió un trago que yo le serví gustoso. Cuando hubo vaciado su vaso, le pregunté qué había pasado con la dama.

Él me contestó que al verse madre de tan precioso niño, le había rogado que fuera padrino en el bautizo, le dijo el nombre de su marido y el suyo propio, para que fueran inscritos en el libro del registro. Abrió luego un maletín que llevaba consigo y extrajo de él numerosas alhajas con las que les obsequió, a él, a su esposa, a su hija, a la criada y aun a otra mujer que allí había, con lo cual todos quedaron satisfechos. Pero, mientras estaba relatando cómo se había visto obligada a separarse de su esposo, sufrió un desvanecimiento y falleció después de encomendarles una vez más a su hijo. Como reinaba en aquel entonces un desorden tan grande en la región, trabajo les costó dar con un cura que celebrase el entierro y bautizara al niño. Pero cuando, a pesar de los pesares, todo quedó listo, el cura y el alcalde les ordenaron que cuidasen del niño y se quedaran en pago por sus cuidados y trabajos todo lo que la dama había dejado, exceptuando unos rosarios, algunas piedras preciosas y unas joyas, que se debían guardar para el niño. Su mujer crio al pequeño con la leche de cabra y se lo quedaron con mucho gusto, pensando casarlo con su hija cuando fuera mayor. Pero, después de la batalla de Nördlingen, había perdido a los dos, al niño y a su hija, con todo lo que poseía.

—Me habéis contado una interesante historia —le dije a mi padre—, pero habéis olvidado lo mejor: no habéis dicho cómo se llamaban la mujer, su esposo y el niño.

—Señor —me contestó—, no creía que esto pudiera interesaros. La dama se llamaba Susana Rainsay, su esposo era el capitán Sternfels von Fuchsheim, y como yo me llamaba Melchior, mandé bautizar e inscribir al niño en el registro, con el nombre de Melchior Sternfels von Fuchsheim.

Y así averigüé, con pelos y señales, que yo era el hijo legítimo de mi ermitaño y de la hermana del gobernador Ramsay. Pero ¡ay!, demasiado tarde. Mis padres habían muerto ya, y de mi tío Ramsay solo logré saber que los de Hanau lo habían arrojado de la plaza con toda la guarnición sueca y que, del disgusto, había enloquecido.

Terminé de llenar a mi padrino de vino y a la mañana siguiente, le ordené que acudiera a mi presencia con su esposa. Cuando les revelé quién era, no quisieron creerme hasta que les mostré un lunar que tenía en el pecho.

El aventurero Simplicissimus
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