50
50
Las leyes son inútiles en tiempos de guerra.
CICERÓN,
Pro Milone
Daosha, Zurich
República Popular de Zurich, Confederación Capelense
20 de diciembre de 3057
La fría llovizna que caía como una cortina entre Xu Ning y el mercenario no aplacaba la furia del coronel Burr. Las ruinas de la base de Kaishiling se esparcían alrededor. Pequeñas pilas de escombros distribuidas al azar por la plaza de armas ardían como velas ofrecidas a algún caótico dios. Los equipos de bomberos, ayudados por los ’Mechs de las Cobras Negras, trabajaban duro para extinguir los fuegos provocados por el ataque del Comodín Danzante.
Xu miró a Burr.
—Entiendo su ira, coronel, pero podría haber sido mucho peor. Si su gente no hubiera salido de la base para ir a defender Jihuaide Chumai contra el Comodín Danzante, el ataque habría matado a muchos de ellos.
Burr se detuvo y miró fijamente a Xu, como si creyera que el director estaba loco de remate.
—Habla como si pensase que su ataque hubiese sido casual. Es cierto que no ha matado a mi gente. Los edificios que ha derruido eran una distracción para poder robar las provisiones de nuestros almacenes y se habría salido con la suya, si no lo hubiéramos tenido todo empaquetado para llevárnoslo mañana.
—Y si sus fuerzas de seguridad no hubieran contraatacado para ahuyentar a su gente.
Burr lanzó un resoplido.
—Sí, pero eso ha dejado a nuestras Naves de Descenso desprotegidas durante el ataque.
Xu arqueó una ceja.
—¿Desprotegidas? Esas naves están repletas de armas. No pueden estar desprotegidas.
—Esas armas están diseñadas para soportar las balas de los ’Mechs, no balas antipersonales.
—Sin embargo, yo he oído a su capitán Haverhill informarle de que no había signos de sabotaje partisano a bordo de sus naves.
Richard Burr frunció el entrecejo y extinguió una pequeña llama con el pie.
—La falta de pruebas no es una prueba de faltas, director.
—¿Eso significa que pretende retrasar su partida?
—Le gustaría, ¿verdad? —dijo Burr, sacudiendo la cabeza—. No, acabaremos de cargar nuestras naves y saldremos mañana al mediodía.
Xu adoptó una expresión de extrañeza.
—Está sonriendo, coronel. ¿Acaso su partida tiene algo divertido que yo haya pasado por alto?
—No lo sé, director, aunque supongo que al Comodín Danzante le gustará ver la rapidez con la que hemos respondido a sus acciones. Me atrevería a decir que, pese a su gran audacia, no imagina que nos iremos doce horas después de su ataque.
No sois más que mercenarios, ¿por qué tendría que imaginar que haríais algo aparte de huir? Xu asintió levemente.
—Sí, sí, supongo que estará muy impresionado con su poder los últimos días que le quedan de vida. Sin embargo, cuando interroguemos a la mujer que ha capturado su gente, ella lo abandonará. Creo que era su amante.
—Podría ser. Lo único que sé a ciencia cierta es que era muy peligrosa —dijo Burr con una descarada sonrisa—. Mató a su colaborador antes de que él pudiera hacerlo.
—Vaya, su tono de admiración dice mucho de ella —dijo el director, llevándose las manos a la espalda mientras echaba a andar hacia el edificio en ruinas que en otro tiempo era su oficina—. ¿Su gente la ha entregado a la mía?
Burr se mordió los labios antes de contestar.
—Hay normas que regulan la forma de tratar a los prisioneros, director. Como mercenario, me he comprometido a respetar ciertas convenciones.
—Sí, sí, coronel, lo entiendo, pero esa mujer no es un miembro de una organización militar constituida legítimamente. Ella y ese Comodín Danzante han matado a cientos de personas e, incluso, los han atacado a usted y a su gente. Ella y los suyos son enemigos del estado y, más que muy inteligentes, son delincuentes vulgares. Además, aunque demuestre que es una agente davionista o que está aliada con uno, seguirá siendo culpable de traición contra mi gobierno.
—Bien, director, ordenaré que la ejecuten.
Xu Ning se echó a reír.
—Buena broma, coronel, pero peligrosa. Usted mismo acaba de rozar el límite de la traición. Entréguesela a mi gente.
Burr asintió con rigidez y aceptó la orden sin mucha disposición.
—Gracias —dijo Xu, bajando la vista al oír el ruido de una bombilla rompiéndose bajo sus pies—. Vaya, luces de Navidad. ¿Usted es cristiano?
—Eso creo.
—Entonces debería enviarle agua para que se lave las manos sobre el destino de la mujer.
Burr hizo caso omiso del comentario mientras paseaba la vista entre las ruinas.
—No me entristece abandonar este lugar, aunque lamentaré una cosa.
Xu se giró para mirarlo.
—¿Qué cosa?
—Lamentaré no poder ver cómo el Comodín Danzante acaba lo que ha empezado aquí.
—No creo que se pierda nada, coronel —dijo Xu Ning, sacudiendo la cabeza—. De hecho, un día lo invitaré a cenar y mientras cenamos sobre su tumba le explicaré exactamente cómo acabé con ese Comodín Danzante.