DIEZ SUGERENCIAS... PARA
UNA VIDA MÁS SENCILLA

• Modere el consumo.

• Piense conscientemente en lo que consume. No vuelva a salir de compras por impulso o por diversión. Pague siempre que pueda al contado. Establezca un día de «bajo consumo» a la semana o una semana de «bajo consumo» al mes: no compre más que lo estrictamente necesario. Impóngase un «período de reflexión» antes de efectuar un desembolso grande. Evite los centros comerciales, los hipermercados y los supermercados. Invierta en las tiendas y en los mercados de su barrio. Apúntese a una cooperativa de consumo. Practique el trueque o el uso compartido. Compre cosas de segunda mano y productos ecológicos y de «comercio justo». Evite embalajes desechables. Sea fiel a la regla de las tres erres: Reducir, Reutilizar, Reciclar.

• Haga una «limpieza» en su vida.

• Abra los armarios y despréndase de todo lo que no haya usado en el último año. Lleve el sobrante a una tienda de segunda mano, o dónelo a instituciones de caridad. Propóngase no volver a acumular objetos innecesarios: evite que sus posesiones le «posean». Extienda la «limpieza» al plano personal y prescinda de todo aquello que no sirve más que para robarle tiempo. No haga nada por compromiso o por el qué dirán. Aprenda a decir «no».

• Bájese de la moto.

• Desacelere. Quítese los grilletes de la muñeca y deje de ir pendiente de los minutos y los segundos como si estuviese disputando una carrera. Aprenda a escuchar su tic-tac interior. Una o dos veces por semana, anticipe una hora todos sus quehaceres: desde el momento de levantarse hasta el de sentarse a comer o cenar (notará que el tiempo se estira). Haga lo mismo con el momento de marcharse a la cama; no espere por sistema hasta la última edición del telediario.

• Desconecte del piloto automático.

• Declare la guerra a la rutina: propóngase hacer algo nuevo todas las semanas. Introduzca por norma algún aliciente —una clase, un acto cultural, unas horas en una ONG— que le obligue a partir en dos la semana. No caiga en la trampa del sedentarismo. Supere la crisis del domingo por la tarde con alguna actividad que de verdad le estimule o le obligue a mover las piernas. No se deje aplastar por el trabajo: cambie su actitud resignada y haga cuanto esté a su alcance por conseguir un ambiente laboral más humano. No se deje desbordar y busque un equilibrio entre la vida familiar y la vida laboral. Estudie la posibilidad de trabajar a tiempo parcial o de hacerlo desde su casa, y no tenga miedo a dar el paso adelante. Incorpore la creatividad y la imaginación a su vida diaria.

• Apague la televisión.

• Si hiciera un cálculo de todo el tiempo que habrá pasado a lo largo de su vida delante del televisor, no lo pensaría dos veces. ¿Tres horas diarias? Diez años enteros al llegar a los ochenta. Mejor no lo piense y desengánchese cuanto antes: lo agradecerá su cerebro, y también su bolsillo. Ganará un tiempo impagable todos los días. Si hay niños en casa, controle en todo momento el mando a distancia. Imponga un horario y evite a toda costa que la tele se convierta en la niñera electrónica. Invierta el tiempo robado a la tele en recuperar placeres perdidos, como el juego o la lectura en voz alta.

• Deje de ser esclavo de la tecnología.

• Resista a la «novofilia» (la tentación permanente de comprar algo nuevo). Antes de abonarse al último prodigio tecnológico, piense en su utilidad real y en cuánto le va a costar: el teléfono celular, Internet y la televisión digital pueden disparar sus gastos mensuales. Utilice el ordenador como herramienta; no como objeto de culto al que hay que rendir diaria pleitesía. Si trabaja desde casa, instálelo en una habitación aparte y fíjese un tope de horas delante de la pantalla. Apure al máximo la vida de su coche y no se deje seducir por los anuncios. Si decide comprar uno, mire en el mercado de segunda mano. Úselo sólo cuando sea imprescindible: abónese al transporte público, salga con tiempo y camine. No se resigne a pasar dos o tres horas en el atasco diario y busque una alternativa. Comparta coche con un vecino o con un compañero de trabajo.

• Haga bueno el dicho de hogar, dulce hogar.

• Decore su casa de la manera más simple posible: no recargue la vista con objetos inservibles y aparatos electrónicos. Evite que el televisor haga las veces de «chimenea»; desplácelo a un lugar menos visible (o guárdelo directamente en un armario). Ahorre energía: utilice bombillas de bajo consumo y aisle la casa con dobles ventanas. Deje que responda el contestador a partir de cierta hora (no se sienta obligado a coger el teléfono cada vez que suene). Convierta la cena en un ritual familiar. Aproveche el momento para conversar con su pareja o con sus hijos, o para disfrutar conscientemente del placer de la soledad. Descubra el valor del silencio. Cambie su programa favorito por su música favorita y propóngase leer al menos durante una hora antes de irse a la cama. Convierta el dormitorio en un santuario para el descanso. Separe claramente el trabajo de su vida doméstica. Aprenda a hacer chapuzas caseras.

• Cambie el orden de prioridades.

• Deje de rendir culto a la «santísima trinidad»: ambición, dinero y éxito. No se deje consumir por el trabajo. Anteponga siempre su salud —física y mental— y las relaciones personales. Haga ejercicio regularmente. Cambie de hábitos alimenticios: no vuelva a probar la comida basura; reduzca o suprima el consumo de carne; sustituya los productos procesados, preparados y congelados por verduras, legumbres y cereales biológicos. Abónese a la medicina preventiva y a las terapias alternativas. Pase el mayor tiempo posible con los suyos. Recupere el sentido de comunidad e implíquese en las cuestiones que afectan a su barrio o a su pueblo. Hágase acompañar de alguien que comparta sus mismos valores. No se prive de nada; simplicidad no es austeridad ni pobreza. El dinero es necesario, pero recuerde: su energía vital es el bien más preciado.

• Recupere el contacto con la naturaleza.

• Plantéese los pros y los contras de vivir en la gran ciudad o si le compensa marcharse a una ciudad más pequeña o al campo. Piénselo antes de comprar un adosado en las áreas congestionadas de la periferia: por el mismo precio podrá marcharse a zonas rurales no mucho más lejanas. Si vive en la ciudad, despídase de ella al menos una vez a la semana. Alterne, siempre que pueda, el mar con la montaña. Regálese de cuando en cuando una tarde y acuda a un parque desde donde pueda ver una puesta de sol (o dese un madrugón para contemplar un amanecer). Asocie el tiempo libre con actividades a cielo abierto: bicicleta, senderismo, montar a caballo, recogida de setas, flores o plantas salvajes...

• Busque el equilibrio.

• Renuncie a los excesos. Aprenda a reconocer los síntomas de ansiedad y estrés e imprima un giro a tiempo. Recupere el control de su vida y no se deje llevar por las pautas de comportamiento que le imponen otros. Mírese hacia dentro. Aspire a un estado de serena inquietud. Practique la meditación. Póngase una meta a medio plazo y trácese un camino: aprenda a automotivarse. Mejor cambiar paulatinamente que romper por lo sano. No se deje amilanar por las críticas o por el qué dirán. Asómese a la vida con otros ojos.

La vida simple
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