LA CULTURA DE LA PERMANENCIA
La idea del progreso ilimitado ha movido impetuosamente las turbinas del siglo xx. Durante décadas, la única ley de vida ha sido el crecimiento económico a toda costa, como si la Tierra fuera una fuente inagotable de recursos y, al mismo tiempo, un gigantesco vertedero de desechos tóxicos, residuos industriales, gases contaminantes y pesticidas químicos.
La sobreexplotación a la que hemos sometido el planeta tiene un elevadísimo precio que estamos pagando entre todos. El cambio climático, el agujero en la capa de ozono, la desaparición de los bosques y el deterioro de los océanos son los primeros síntomas de una «enfermedad global» que, a menos que cambien nuestras pautas de producción y consumo, puede herir de muerte a la Tierra.
«El crecimiento por el crecimiento es la ideología de la célula del cáncer —advierte el ambientalista americano Edward Abbey—. La expansión desmedida puede acabar destrozando la biosfera de la misma manera que los procesos tumorales destruyen el cuerpo humano».
Ahora que hemos detectado el «cáncer» a tiempo, ahora que por fin somos conscientes de los estragos causados por el desarrollo incontrolado, ha llegado el momento de poner un contrapeso en la balanza: la protección de la naturaleza.
En la década de los ochenta, los organismos mundiales y los gobiernos de los países industrializados se hicieron por primera vez eco de un concepto ignorado hasta entonces: el desarrollo sostenible. «Satisfacer las necesidades actuales sin hipotecar las formas de vida de las generaciones venideras», ése era el lema. En otras palabras: encontrar un equilibrio entre el progreso y la delicada salud del planeta.
Con ese espíritu se celebró en 1992 la Cumbre de la Tierra en Río de Janeiro. Cinco años más tarde, delegados de más de un centenar de países se vieron las caras en Kioto para debatir el calentamiento global. Aunque los resultados de ambas reuniones fueron exiguos, al menos sirvieron para poner en guardia a la opinión pública y alertar sobre los efectos perniciosos del consumo sin escrúpulos.
Comprendida la gravedad de la situación, el terreno parece más que abonado para un cambio de mentalidad en la población. La riqueza no debería medirse por el despilfarro. El culto a los excesos tendría que dejar paso al sentido de la mesura. La guía de comportamiento para el nuevo siglo podría muy bien ser ésta: «Aunque usted pueda, el planeta no puede».
Ya nos lo advertía hace dos décadas E. F. Schumacher, en Lo pequeño es hermoso: «La reconciliación del hombre con el mundo natural no es ya algo deseable, sino absolutamente necesario [...] Debemos ir pensando en la posibilidad de evolucionar hacia un nuevo estilo de vida, con nuevos métodos de producción y nuevos patrones de consumo: un estilo de vida diseñado para la permanencia».
Recoge el testigo en los años noventa Alan Durning, autor de This place on Earth (Este lugar en la tierra). El lugar al que se refiere es el noroeste de Estados Unidos, la región con mayor riqueza natural del país más próspero de la Tierra: «Podemos servir de ejemplo al resto del mundo. Tenemos la ocasión de demostrar cómo es posible pasar de una economía autodestructiva a un modelo que perdure en el tiempo».
La «práctica de la permanencia», según Durning, consiste en firmar un pacto de no agresión con la naturaleza. Reducir los desplazamientos, usar el transporte público o la bicicleta, reciclar los residuos, apostar por las energías renovables y las tecnologías limpias... Todo lo que sirva para aligerar nuestro paso por el planeta ayudará a prolongar el uso y disfrute de los recursos.
«Quienes fuerzan a la naturaleza, se fuerzan a sí mismos», sostiene el australiano Bill Mollison, padre de la permacultura. Mollison proclama también la vuelta a lo local en forma de «pequeñas comunidades responsables» y aboga por un cambio aún más radical: «Debemos pasar de la filosofía de la competición a la de cooperación, de la inseguridad material a la seguridad humana, del individualismo a la tribu [...] Pero, sobre todo, debemos dejar de ser meros consumidores y transformarnos poco a poco en productores».
Algo parecido es lo que preconiza la deep ecology (ecología profunda), un movimiento que arranca en la revolución contracultural de los años sesenta y que propone un giro copernicano en nuestra aproximación a la naturaleza. El hombre no es el «amo» de la biosfera sino una parte integrante de ella. Por tanto, «no tiene derecho a reducir la riqueza y la diversidad de la Tierra excepto para satisfacer sus necesidades vitales».
El vicepresidente norteamericano Al Gore (autor de La Tierra en equilibrio) se cuenta entre las filas de la deep ecology. Su más notable representante es, sin embargo, el filósofo noruego Arne Naess, que nos propone una guía de veinticinco puntos para un estilo de vida más en sintonía con nuestro entorno:
«Haz un esfuerzo por proteger tus ecosistemas locales. Intenta vivir en la naturaleza, en vez de visitar "lugares bonitos". Satisface tus necesidades vitales más que tus deseos. Aspira a una vida compleja pero no complicada. Minimiza la propiedad privada y practica el anticonsumismo. Apuesta por la producción a pequeña escala. Busca la profundidad de la experiencia, en lugar de la intensidad. Aprende a apreciar todas las formas de vida. Practica el vegetarianismo...».
Algunos de estos cambios se están gestando a nivel local pero de aquí al año 2020 tendrá que haber una respuesta global en los países industrializados. Al menos eso es lo que piensa Duane Elgin, autor de Voluntary Simplicity (Sencillez voluntaria), que plantea el dilema en estos términos: «Revitalización o desintegración de la cultura occidental».
Elgin quiere ser optimista y habla de los signos ya visibles que apuntan hacia la «revitalización»: «La conservación de la energía se extenderá a casi todos los hábitos de nuestra vida, desde el automóvil (coches eficientes) a los hogares, que serán rediseñados con sistemas de máximo aislamiento y de ahorro de calefacción, electricidad y agua. Los combustibles "duros" (carbón, petróleo, energía nuclear) irán dejando paso a las energías renovables. Habrá inversiones masivas para limpiar la tierra, los tíos y el aire, y los nuevos diseños industriales intentarán minimizar la contaminación y tener como prioridad absoluta el reciclaje».
La hipnosis cultural del consumismo, con la complicidad de los medios de comunicación, será la principal barrera para los cambios que se avecinan, predice Elgin. Aun así, confía en que los ciudadanos acaben tomando decisiones por sí mismos y «castiguen» a las empresas que no respetan el medio ambiente o que practican una política inmoral con sus trabajadores. El consumo consciente, funcional, saludable y duradero irá tomando el relevo a la cultura de usar y tirar. Los productos locales y las tiendas de barrio vivirán un nuevo esplendor. Proliferarán las cooperativas de consumidores y los jardines comunitarios, y se recuperará el espíritu de vecindad y cooperación.
Elgin, en fin, se desmarca abiertamente de los profetas de la economía global y prefiere creer en la sabia visión de la historia de Arnold Toynbee, resumida en la Ley de la Progresiva Simplificación: cuando una civilización ha crecido lo suficiente, se produce una transferencia de energía del aspecto material al «no material» de la vida.
«Una manera más simple de vivir —concluye Elgin—, no es ya sólo una respuesta a la crisis ecológica sino una expresión vital de una civilización que progresa».