HASTA EL CUELLO

«Compre con nuestra tarjeta y acumulará puntos para ganar... ¡Un viaje a Cancún!». Los bancos, que antes nos incitaban al ahorro, se han convertido en cómplices de la trama consumista y ahora nos empujan a endeudarnos hasta el cuello. Sus razones tienen.

En 1996, las entidades financieras ingresaron en España 155 000 millones de pesetas por cuenta de las tarjetas. Las comisiones por el uso de la banda magnética se han convertido en un filón de oro para los bancos y las cajas de ahorro, que pasan factura doble a los consumidores y a los comerciantes.

Acceder a nuestro propio dinero tiene pues un precio, cada vez más caro. Y controlar lo que gastamos será poco menos que imposible si seguimos ampliando nuestro abanico tarjetero.

El dinero de plástico se ha extendido en nuestro país con la rapidez del rayo: en 1997 tocábamos a una tarjeta por español y movíamos diez billones de pesetas sin mancharnos las manos (la tercera parte de los presupuestos generales del Estado).

Comprar con tarjeta es más cómodo, sí, pero también más costoso, y la mayor parte de la gente ignora la cuantía de su cuota anual y los intereses que pueden llegar a cobrar los bancos —hasta el 26%— o los hipermercados —el 28% anual— por aplazar los pagos.

La banda magnética, además, «duele» menos y nos crea la ilusión del pago diferido o la deuda aplazada, de modo que terminaremos gastando siempre más que si lo hiciéramos al contado (un 23% de media, según la revista People's Almanac).

Y eso por no hablar de su poder simbólico, ese efluvio mágico de éxito, orgullo y reconocimiento social que desprenden: inmejorables tarjetas de presentación, socios que somos de un club imaginario donde todo son placeres y privilegios... Hasta que nos llega el recibo mensual del banco.

En Estados Unidos, un millón y medio de personas se declararon insolventes en 1997, el triple que diez años antes. Uno de los factores que más contribuyó al endeudamiento personal fue precisamente el uso extendido del dinero de plástico, que invita a la gente a vivir por encima de sus posibilidades. Bajo la máscara de la libre disponibilidad y de la conveniencia se oculta la intención —inconfesable— de aumentar la deuda de los consumidores para luego cobrarles las comisiones y los intereses.

La ofensiva de los bancos americanos y de las entidades crediticias comienza en la universidad, con agresivas promociones para «enganchar» a los más jóvenes (está demostrado que la fidelidad a la primera tarjeta de crédito dura en la mayoría de los casos toda la vida). El 65% de los universitarios menores de veinte años tiene tarjeta de crédito; cientos de ellos se endeudan inconscientemente a las primeras de cambio y se pasan trabajando durante toda la carrera para poder pagar a sus acreedores.

En 1996 estalló la alerta roja en los colegios universitarios al conocerse el caso de Rebecca Hodgkins, una estudiante de veintidós años que al cabo de cinco —y trabajando en dos sitios al tiempo que estudiaba— seguía pagando las deudas acumuladas durante el ingenuo primer año de carrera. Fue diciendo «sí» a todas las ofertas y llegó a tener en la billetera doce tarjetas.

Según datos del grupo Bankcard Holders of America, el ciudadano medio acumula en Estados Unidos de ocho a diez tipos de tarjeta, de crédito o de débito, para sacar dinero o para pagar en el supermercado, para comprar gasolina o para jugar en el casino (¡no va más!).

El abuso del dinero de plástico es uno de los problemas más comunes en las reuniones de Deudores Anónimos, el grupo de ayuda donde se dan cita los adictos al dinero. Como medida preventiva —el consejo es universal— se recomienda cancelar todas las tarjetas menos una, preferiblemente de uso múltiple, y recurrir a ella sólo cuando no quede más remedio (de viaje en el extranjero, para pagar hoteles o alquilar coches).

Puestos a elegir, mejor una tarjeta de débito —que carga directamente a la cuenta— que una de crédito con el pago aplazado. Al ir a sacar dinero, conviene hacerlo siempre en un cajero de la red (los «concertados» cobran comisiones, aunque no nos avisen).

Últimamente se está extendiendo el uso de las «tarjetas monedero» o «inteligentes», con un chip de memoria recargable que almacena cantidades de dinero en efectivo. Con ellas se pueden hacer compras de pequeño importe para las que no compensa el uso de sus «hermanas» mayores. Pero el problema es el mismo: las comisiones bancarias.

Tad Crawford, autor de The secret life of money (La vida secreta del dinero), nos previene contra la inminente invasión del dinero «invisible». La posibilidad de hacer transferencias electrónicas sin ni siquiera salir de casa nos sumergirá en un mar abstracto de gastos donde será aún más fácil naufragar.

En definitiva, si lo que queremos es controlar hasta la última peseta que sale de nuestro bolsillo y no caer en el círculo vicioso de la deuda y del despilfarro, lo mejor será volver a pagar siempre que podamos a la vieja usanza: al contado.

La vida simple
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