«HÉROES DEL SILENCIO»

«Es como cuando uno intenta dejar el tabaco: los primeros días cuesta mucho, pero al final se supera» (Isabel).

«Lo peor han sido las noches y las horas de las comidas: he echado en falta el ruido del televisor» (Montserrat).

«Siete días no son tantos, y sin embargo me han creado una terrible ansiedad» (Miguel Ángel).

Isabel, Montserrat y Miguel Ángel formaron parte de los «Héroes del Silencio», que así decidieron llamarse durante una semana. La «heroicidad» consistía ni más ni menos que en «desconectarse», apagar el televisor durante siete días con sus respectivas noches, desmarcarse del común de los mortales y marcharse a la cama sin la ración diaria de rayos catódicos. A ver qué pasaba.

Y pasó que una tercera parte de los sesenta y dos voluntarios decidió darse de baja a las primeras de cambio. ¿Por qué?

«Porque dejar de ver televisión no depende enteramente de uno mismo» (Rocío).

«Porque por más que explicaba en mi casa el experimento en el que estaba participando, ninguno me comprendía, y me ponían de tonta para arriba» (Dolores).

«Porque en mi casa la dejan todo el día encendida como si fuera el termo» (Rogelio).

La conclusión la pone Francisco Iglesias, el profesor de la Universidad Complutense que dirigió en 1990 el experimento: «Concebir un mundo sin televisión en los tiempos que corren no es tarea sencilla [...] Con frecuencia, lo más decisivo en el modo de utilizar la televisión no es lo que en ella se vea o se deje de ver sino la cantidad de tiempo que resta a otras actividades tantas veces más enriquecedoras».

Lo dicho: solamente al trabajo o al sueño le dedicamos más tiempo que a ver televisión. Los españoles estamos en el pelotón de cabeza europeo, compartiendo honores con Turquía, Inglaterra e Italia: nos pasamos cada día unas tres horas y media delante de la pantalla. Un día entero por semana. Una séptima parte de nuestra vida consumida frente al televisor o televisores (la media es ya de dos receptores por hogar, camino de los tres).

La irrupción de la televisión digital, con su pléyade de canales a la carta, nos catapultará a los niveles de Estados Unidos o Japón, al filo de las cuatro horas diarias. Acabaremos prefiriendo una hora de Landscape (imágenes y sonidos para combatir el estrés) antes que respirar a pleno pulmón y desintoxicarnos en un parque.

Efectivamente, un mundo sin televisión parece cada vez más inconcebible. Por eso una frugal abstinencia, aunque sólo sea de siete días, adquiere los ribetes de «insólita aventura» o de auténtico desafío. Volvemos con el profesor Iglesias y sus «Héroes del Silencio»:

«Realmente, no me he dado cuenta de lo que quiero la tele hasta que la he perdido» (Paloma).

«No repetiré el experimento. ¡Menos mal que ha terminado la semanita!». (Gema).

«Ser Juana de Arco no es mi fuerte» (Concepción).

Como Paloma, Gema y Concepción, el común de los españoles no sabemos lo que es vivir sin televisión. Nos quejamos de la programación, cada vez más lamentable; criticamos la epidemia de estupidez y mal gusto que invade nuestros hogares; maldecimos el bombardeo incesante de anuncios, pero ahí seguimos, imantados sin remedio como al peor de los vicios. Tan habituados estamos a su ubicua presencia y a su incesante rumor, que las noches se nos presentan como insondables abismos, iluminados tan sólo por nuestros programas favoritos.

Nunca nos enseñaron que la vida sigue perfectamente su curso al margen de la programación diaria. Que se puede hablar de muchísimas otras cosas que no se vieron u oyeron anoche en la tele. Que la cena sabe mucho mejor con la vista puesta en el plato. Que lo que se pierde por un lado se gana en tiempo para muchas otras cosas, ésas para las que «nunca tenemos tiempo».

Lo malo es que, con una decisión tan simple e inocua como dar la espalda a la tele, corremos el riesgo de convertirnos en rebeldes sin causa, en proscritos sociales. Las primeras, y a veces infranqueables barreras, las encuentra uno en su entorno inmediato:

«Parecía como si estuviera castigada: al llegar a casa la televisión estaba encendida y yo me tenía que encerrar en mi habitación» (Yolanda).

«Si no ves televisión, no ves a tus hermanos ni a tus padres: casi te conviertes en un ermitaño en tu propio hogar» (Almudena).

«Mis compañeras de piso son unas teleadictas, aunque ellas se nieguen a reconocerlo: nada más llegar a casa encienden el botoncito y la televisión está en marcha desde las tres de la tarde hasta la una o las dos de la madrugada. ¡Ininterrumpidamente! Comen, estudian, charlan... y una incluso duerme con la tele puesta» (Isabel).

Somnífero implacable, niñera electrónica, ruidoso invitado que rompe los terribles silencios familiares... Apagamos la tele, y se instala en casa una suerte de vacío existencial. Prescindimos de ella, y se diría que la soledad suena. No estamos acostumbrados; nos falta práctica. Pero si lo intentamos, por una semana, tal vez nos pase lo que a Amalia:

«En pocos días nos damos cuenta de que la televisión no es una necesidad y de que en muchas ocasiones lo que hace es esclavizarnos y dominar nuestra vida cotidiana [...] Si ignoramos la televisión, disponemos de mucho más tiempo para actividades más variadas, nos damos cuenta de que la información que recibimos no es imprescindible y nos liberamos de un hábito que nos tiene sujetos a un horario».

Huelga decir que, una vez superada la prueba, los «Héroes del Silencio» dejaron de serlo y volvieron a las andadas televisivas. Eso sí, con una actitud más crítica y después de haber sacado los frutos —casi todos positivos— de la «insólita aventura»... Del uno al diez: mayor dedicación a la lectura, disponer de más tiempo libre, utilizar otros medios de comunicación, mayor dedicación al estudio, mayor dedicación a la radio, leer con más atención el periódico, más conversación con la familia o compañeros, hacer cosas que estaban pendientes, sensación de no saber qué hacer, sensación de no estar bien informado.

Hubo también otras respuestas: sensación de estar más en la vida real, más tiempo para pensar, más tranquilidad, mejor organización del tiempo, más independencia, reflexión sobre la influencia de la televisión en nuestras vidas...

La vida simple
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