RECICLARSE O MORIR

Desaparecieron del barrio los traperos y los chatarreros, y nos quedamos con lo puesto, sin saber qué hacer con todo lo que no cabe en el cubo de la basura, obligados a desprendernos por la vía rápida de una montaña de residuos —papeles, latas, plásticos— que podrían ser aprovechados a poco que alguien se interesase.

Nuestra remota idea del reciclaje se limita al contenedor de vidrio de la esquina, instalado más por el interés comercial de los fabricantes que por motivos medioambientales. Todo lo que no es cristal va a parar indistintamente al cubo, y de ahí al vertedero o a la incineradora: a «envenenar» el aire que respiramos y, de paso, desaprovechar una impagable materia prima para cantidad de productos (fertilizantes naturales, papel reciclado, cojines, alfombras, metales refundidos).

Eso de tener dos, tres y hasta cuatro bolsas para los distintos tipos de basura nos suena de verlo en alguna película americana, o de habérselo oído decir a un vecino. Pero nuestra mentalidad, de momento, es la de «usar y tirar»; en las antípodas de esa elemental regla de las tres «erres» que deberían enseñar en las escuelas: Reducir, Reutilizar y Reciclar.

El reciclaje comienza antes incluso de la adquisición de un producto. Los envases de tetrabrik o las bolsas de plástico no se desvanecen en el aire. Hasta la mínima decisión en la cesta de la compra tendrá un impacto ambiental, y ese mensaje no lo han captado aún en España ni los ciudadanos ni los ayuntamientos ni las empresas.

El retraso con respecto a Estados Unidos y al resto de los países europeos es tal que ni siquiera merecemos el ascenso a segunda división, en opinión del máximo experto en la materia, Alfonso del Val, autor de El libro del reciclaje: «A excepción de unas realizaciones tan escasas como ejemplares de ámbito local en España no se ha hecho nada por el reciclado.

»Cuando al ciudadano se le da la oportunidad, la respuesta es muy positiva y sorprendente —afirma Del Val—. Si ponen un contenedor para la recogida de papel en la calle, al poco tiempo rebosa. Pero la solución no es ésa; la solución es una estrategia global para la recogida selectiva y el reciclaje que en España nunca ha existido».

Tarde y mal (según los grupos ecologistas), el Ministerio de Medio Ambiente decidió actualizar la ley de residuos de los años setenta y entrar a saco en los cubos de basura. El objetivo, nada ambicioso, es imponer la selección previa en los hogares en el año 2001, algo que ya se viene haciendo en países como Alemania, Holanda o Austria desde hace dos décadas. También a destiempo nos ha llegado la «ecotasa», el impuesto para sustentar el coste de la selección y el reciclado.

Mientras en Estados Unidos se reciclaba en 1996 el 30 % de los residuos sólidos urbanos, en las grandes ciudades españolas la proporción era de apenas el 5 %, y más bien gracias a la labor desinteresada de la Asociación de Grupos Recuperadores de Economía Social y Solidaria (más de una veintena, repartidos por toda nuestra geografía).

Por esas fechas, Córdoba era prácticamente la única gran ciudad que contaba con un plan integral de recogida selectiva. El área metropolitana de Barcelona decidió apostar meses después por un programa de gestión de residuos que pretende llegar a tres millones de habitantes antes del año 2006. En Navarra (donde abrió la brecha en 1983 el grupo LOREA), en Madrid y en el País Vasco también ha habido actuaciones aisladas.

Pero el auténtico bastión del reciclaje en España ha sido sin duda el plan de la Mancomunidad de Montejurra. Unos cuarenta y cinco mil vecinos, repartidos entre ciento cuatro pueblos, separan cuidadosamente en sus casas el papel y el cartón de la basura orgánica, recogidos por separado a domicilio. También hay un día señalado para «envases y otros» (metales, plásticos, tetrabrik). El vidrio va a parar directamente a los contenedores callejeros. Las farmacias y los ambulatorios se hacen cargo de los medicamentos. Los traperos de Emaús recogen la ropa y los muebles inservibles.

De las dieciocho mil toneladas recolectadas todos los años, se acaba aprovechando el 60%. La materia orgánica pasa por una planta de compostaje y luego se venderá como fertilizante natural (los vecinos tienen derecho a una porción gratis). El vidrio, el papel y el cartón, los envases de plástico y los metales se venden por separado a la industria recicladora. Los muebles y la ropa acabarán en instituciones benéficas o en tiendas de segunda mano.

El éxito del plan de Montejurra, Premio Nacional de Medio Ambiente en 1994, ha servido de inspiración para otras mancomunidades. El reciclado despunta por fin en nuestro país no sólo como la alternativa «limpia» a las monstruosas incineradoras; también como una respuesta social al consumismo imperante y una apuesta personal por un estilo de vida más sostenible, empezando por el lugar donde más huella dejamos: nuestra propia casa.

La vida simple
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