EL DINERO O LA VIDA
Joe Domínguez se subió al tren de alta velocidad en el Harlem hispano y no se bajó hasta llegar a Wall Street, convertido en flamante asesor de inversión en Bolsa: ejemplo modélico de self-made man, triunfador nato, perfecta encarnación del sueño americano...
«Y te voy a decir una cosa: miraba alrededor, me fijaba en la cara de esos "gringos", que sólo pensaban en amasar dólares, y me decía para mis adentros: "Pues si resulta que éramos más felices en el barrio, con todas nuestras miserias."»
A la chita callando, Joe fue rumiando una secreta ambición: renunciar a todas sus ambiciones.
Siguió trabajando como el que más, unas doce horas diarias, pero se fijó una meta temprana para dejarlo todo: treinta y un años. A esa edad, calculaba, habría ganado lo suficiente como para vivir de las rentas y decir adiós a la vorágine capitalista.
Pero Joe no se cruzó de brazos cuando consiguió la «jubilación» anticipada. Sin las ataduras de un trabajo agotador, las espaldas cubiertas con su dinero invertido, pudo dedicarse al sacerdocio de la independencia financiera y enseñar a los demás a liberarse de las cadenas. Vicki Robin, leal compañera, renunció a su carrera de actriz para acompañarle en el viaje. Juntos escribieron un libro, La bolsa o la vida, que después de causar sensación en Norteamérica extendió su radio de acción por medio mundo.
A Joe tuve la ocasión de conocerlo en 1995, antes de que muriera. Entonces vivía con Vicki en un chalet espacioso —aunque modesto— en las afueras de Seattle. Coche de segunda mano, televisión prestada, muebles sencillos... Los dos presumían de salir adelante, sin lujos ni privaciones, por ochocientas cincuenta mil pesetas al año. El libro y los cursillos de independencia financiera les daban más dinero, pero ellos preferían invertir el sobrante en la New Road Map Foundation, una asociación de voluntarios consagrada al proselitismo de la vida simple.
«Cuando comenzamos en los años ochenta, eran pocos los que nos comprendían —decía Joe—. Ahora que se ha pasado la cosa yuppie, la gente está cayendo por fin en la cuenta: la calidad de vida no consiste en tener más dinero del que puedas gastar, sino en ser dueño de tu energía vital y de tu propio tiempo».
Joe y Vicki nos proponen romper la idea prefabricada de «necesitamos dos sueldos para llegar a fin de mes» y nos animan a conquistar lo antes posible la «independencia financiera»: la disponibilidad de ingresos suficientes de una fuente que no sea el empleo remunerado.
¿Cómo? Ahorrando e invirtiendo inteligentemente desde el primer sueldo. Reduciendo las necesidades y moderando el consumo. Haciendo un balance estricto de ingresos y gastos y aplicando a nuestras finanzas personales el rigor de una empresa.
La clave está en reservar todos los meses una tercera o una cuarta parte de nuestros ingresos (según nuestras posibilidades) y no dejar que ese dinero se pudra en una cuenta corriente. Hay que ponerlo a trabajar por nosotros, de modo que al cabo de diez, quince o a lo sumo veinte años, tengamos un sueldo «extra» procedente de los intereses y no dependamos exclusivamente de la nómina a fin de mes.
Ése fue el camino que trazó Joe y el que después han seguido miles de americanos. Con una inversión segura (por ejemplo, bonos del Estado) y siendo implacables con el control del gasto, la autonomía financiera a medio plazo está a disposición de cualquiera, sostienen los autores.
«En lugar de ganarnos la vida, nos matamos trabajando —escriben Joe Domínguez y Vicki Robin, que dibujan de esta manera el círculo vicioso en que nos vemos envueltos—. Gastamos más de lo que ganamos para comprar más de lo que precisamos, con lo cual volvemos a la cuestión de tener que trabajar más para conseguir más dinero».
El dinero, nos recuerdan, es algo más que seguridad, poder y aceptación social... «El dinero es algo a cambio de lo cual decidimos entregar nuestra energía vital. Nuestra energía vital es el tiempo que nos toca vivir aquí en la Tierra, las preciosas horas de vida que tenemos a nuestra disposición». Dicho lo cual, los autores se formulan por nosotros la siguiente pregunta: «¿He recibido satisfacciones, recompensas y valores proporcionales a la energía vital que he gastado?».
Si la respuesta es «no», Joe Domínguez y Vicki Robin nos sugieren una serie de nueve pasos para cambiar nuestra relación con el dinero. El viaje monetario comienza volviendo la vista atrás (calcule cuánto dinero ha ganado en su vida y contrástelo con su patrimonio neto), se detiene en el «punto de equilibrio» (el momento en que nuestras inversiones se convierten en el «segundo» sueldo) y se prolonga con un «plan financiero» para mantener a toda costa la «independencia».
La bolsa o la vida no nos vende una idea utópica, sino una solución real y práctica que tiene también su parte de esfuerzo y renuncia. En vez de caer en la tentación permanente del despilfarro, conviene aprender a guiarse con austeridad y sentido común. Del «tanto tengo, tanto gasto», hay que pasar a un principio implacable y, hasta cierto punto, doloroso: «Usted es una empresa».
Los sacrificios compensarán cuando comprendamos, sobre la marcha, en qué consiste la nueva estrategia: no nos estamos privando de nada; estamos invirtiendo en nosotros mismos.