EL RELOJ INTERIOR

Dice la leyenda que el primer reloj moderno —con mecanismo de pesas colgantes— lo inventó en el siglo X un monje llamado Gerbert, que más tarde sería el papa Silvestre II. Creámoslo o no, lo cierto es que durante la Baja Edad Media la medición del tiempo fue un empeño que obsesionó sobremanera a los monjes. Para el resto de los mortales, sólo existían los días con sus noches (y el lejano tañer de la campana, que llamaba ocasionalmente a plegaria).

Aunque en el siglo XIII ya abundaban los relojes mecánicos, parece que hubo que esperar hasta el año 1345 para que fuera de uso común la hora de sesenta minutos. Desde ese momento, el tiempo deja de ser lo que era —una secuencia regulada por los fenómenos naturales— para convertirse en un instrumento arbitrario de control, una herramienta para sincronizar las acciones de los hombres. La torre del reloj comienza a marcar la pauta en las ciudades.

En el siglo XVI, un mecánico de Nuremberg, Peter Henlein, logra atrapar el tiempo en una caja, rellena de ruedas metálicas dentadas. Inventado queda el reloj doméstico, que al poco se convertirá en codiciado objeto de deseo de las clases pudientes, signo inconfundible de poder y estatus (como en nuestros días el coche o el teléfono móvil). Ser «tan regular como un reloj» es una de las reglas de oro en el manual de comportamiento de la burguesía. Nace el concepto de la puntualidad.

Todo esto lo cuenta Lewis Mumford en un clarividente libro —Técnicas y civilización— que no ha envejecido nada desde que fue escrito (1934). Sostiene Mumford que es el reloj, y no la máquina de vapor, la auténtica llave maestra de la revolución industrial: «El reloj marca la perfección a la que las otras máquinas aspiran [...] Gracias a él es posible la producción regular y la administración del poder [...] Su presencia es ubicua y terminará dirigiéndolo todo, desde el momento en que nos levantamos hasta la hora del descanso».

El reloj se acaba convirtiendo en una especie de segunda naturaleza superpuesta: nos fiamos más de él que de nuestro propio pálpito, acabamos disociándonos de nuestro tic-tac «biológico» para entregarnos a una noción abstracta que jamás cuestionamos. La religión del tiempo.

Mientras las culturas orientales dejaron correr con parsimonia los meses y los años, los occidentales nos lanzamos con devoción cartesiana a la medición exacta de los minutos y los segundos. En el siglo XVIII aparece el cronómetro, y empezado el siglo XX llega lo que Mumford considera la sublimación máxima del tiempo como instrumento de poder: el concepto de hombre-máquina acuñado por el constructivismo soviético.

Murió Mumford en 1990, condenando la sociedad de consumo como «la era de la desesperación» y haciendo una proclama a favor del hombre frente a la tiranía de la máquina.

Recoge el testigo Jeremy Rifkin, autor del libro (Time Wars) que abrió en Estados Unidos la batalla del tiempo. «Según se ha acelerado nuestro tren de vida, hemos perdido definitivamente el contacto con los ritmos biológicos del planeta —asegura Rifkin—. Nuestro tiempo no está ya regido por los amaneceres, ni por las mareas, ni por los cambios de estación. Hemos creado una atmósfera totalmente artificial, gobernada por impulsos mecánicos y electrónicos».

Rifkin nos alerta contra quienes quieren robarnos el pulso y la respiración (nuestros «relojes» naturales) y afirma que vivimos en riesgo constante de «autoaceleración». Finalmente clama por un movimiento mundial a favor de la ralentización. ¿Su lema? Slow is beautiful Lo lento es bello.

En Ámsterdam, a finales de 1996, decenas de profesionales de todas las ramas (diseñadores, arquitectos, empresarios, científicos, ambientalistas) acudieron a una especie de «cumbre de la lentitud» en el Netherlands Design Institute. Entre otros invitados, Danny Hills, pionero de la era de los superordenadores, embarcado ahora en una tarea menos apremiante pero igualmente ardua: la construcción del reloj más pausado del mundo, capaz de marcar solamente el paso de los milenios.

Allí estuvo también Wolfgang Sachs, ambientalista alemán y miembro de la Asociación por la Desaceleración del Tiempo: «En nuestro mundo acelerado ponemos toda la energía en las llegadas y en las salidas, de manera que no nos queda casi nada para el momento de la experiencia misma... Lo lento no es sólo bello, sino necesario y razonable».

No faltaron sin embargo en Ámsterdam los partidarios de la aceleración, como el profesor Stephen Kern, de la Universidad de Illinois: «Cuando algún invento ha servido para movernos a mayor velocidad, siempre han saltado los alarmistas. En 1830, los trenes alcanzaron los cincuenta kilómetros por hora y ya entonces hubo quien pronosticó que se nos iban a desencajar los huesos... Las tecnologías que promueven la velocidad son esencialmente buenas. El hombre nunca ha apostado por la lentitud en ningún momento de la historia».

Bueno, quizás haya llegado ese momento. O tal vez, como dicen otros, convendría reclamar a estas alturas la «democratización» del tiempo, de modo que el tic-tac no lo marcaran exclusivamente los poderes económicos y que hubiera tantos carriles, según la velocidad deseada, como en las autopistas americanas.

Llegamos de esta manera hasta Rhinebeck, Nueva York, y allí preguntamos por el Instituto Omega, una especie de universidad alternativa consagrada al estudio de las más insospechadas disciplinas. Entre ellas, el control del tiempo.

El profesor Stephan Rechtschaffen nos da la bienvenida y nos quita los «grilletes» de las muñecas: «Liberémonos de la tiranía perenne del reloj; imprimamos un giro copernicano a nuestra idea del tiempo».

El cursillo se llama como su libro, Times hifting (El giro del tiempo), y los asistentes son mayormente profesionales urbanos que no saben cómo liberarse de la trampa del estrés. «El ritmo de vida que llevamos es una huida constante del momento presente —les dice Rechtschaffen—. Tenemos que aprender a atrapar el ahora y disfrutar de él.

»¿Alguien se ha parado a escuchar alguna vez su reloj personal? —pregunta Rechtschaffen. Y los asistentes, claro, se miran con incredulidad—. No podemos pelearnos con los horarios impuestos, pero tampoco podemos hacernos esclavos. Tenemos que ser capaces de fluir con el tiempo».

Meditación, visualización, respiración, por ahí se empieza. Rechtschaffen impone luego «deberes» como las «pausas conscientes» (altos en el camino para recuperar el timón del tiempo) o los «paréntesis temporales» (momentos sagrados en los que no permitiremos que nada interfiera en nuestro ritmo interior). El «profesor del tiempo» reclama también la utilidad de tareas mundanas —planchar, barrer, fregar los platos— que nos servirán para volver a poner los pies en la tierra.

Como colofón, teoría y práctica del tiempo espontáneo: un día sin planes de ningún tipo, sin compromisos sociales y sin actividades programadas, la improvisación como máxima. Rechtschaffen lo recomienda por lo menos un par de veces al mes, preferiblemente los sábados. No se ha inventado mejor antídoto contra el reloj.

La vida simple
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