EL NUEVO SUEÑO AMERICANO
No es la última moda americana, ni tampoco una nueva mística al estilo hippie. Exageramos si decimos que se trata de una revolución pactada contra la era yuppie. Por debajo de los estereotipos está la experiencia real, intransferible, de gente que ha decidido salirse de las convenciones y buscar un sentido distinto a la vida. Gente que no ha tenido conciencia de pertenecer a grupo alguno, hasta que descubrió que muchos otros están siguiendo el mismo camino.
Uno de cada dos americanos estaría dispuesto «a trabajar y ganar menos a cambio de más tiempo». Uno de cada cuatro ya ha dado el paso adelante en los últimos años «para poder llevar una vida más equilibrada». Y el 87 % de los que lo han hecho están contentos con su nueva situación.
En la tierra de los excesos se está cociendo un estilo de vida que poco o nada tiene que ver con el american dream, un modelo de convivencia cimentado en valores muy distintos a los de la prosperidad ilimitada y el consumo desmedido.
Pero tampoco conviene llevarse a equívocos: la tendencia es de momento minoritaria y convive con hechos como el incuestionable éxito del Malí de América (el centro comercial más grande del mundo, tercera atracción turística de Estados Unidos) o la predilección de las adolescentes por ir de compras (el 93% confiesa que el shopping es su actividad favorita). La ola consumista sigue rompiendo en las dos costas, y la maquinaria que agita el océano global es cada vez más efectiva y sofisticada.
Norteamérica, sin embargo, va mucho más allá de los clichés que nos venden en las películas y en las series de televisión. Norteamérica no se acaba en Hollywood, ni en Las Vegas, ni en Disneylandia. Norteamérica es también Ithaca, estado de Nueva York, proa de un movimiento de billetes alternativos al dólar. Y Portland, Oregón, ejemplo modélico de recuperación urbana. Y Arcata, California, el pueblo que ha declarado la guerra al automóvil. Y también Seattle, refugio de miles de «urbanitas» —vecinos de Bill Gates— que vienen a la busca de un ritmo más relajado de vida y un mayor contacto con la naturaleza.
Este río invisible que recorre sobre todo el noroeste y el nordeste de Estados Unidos pasa necesariamente por Burlington, Vermont, donde tiene su sede desde 1996 el Centro para el Nuevo Sueño Americano.
El Centro es el punto obligado de referencia para decenas de asociaciones que trabajan en la misma trinchera. Allí confluyen la cruzada por la independencia financiera (New Road Map Foundation), el frente del desarrollo sostenible (Northwest Environment Watch) y el activismo antitelevisivo (TV-Free America). Su objetivo es calar en el americano medio y hacerle ver que su comportamiento como consumidor es a todas luces insano.
«La cultura de usar y tirar no va a desaparecer de un día para otro —apunta la directora del Centro, Ellen Fumari—. Pero igual que la población ha reaccionado contra los riesgos del tabaco o ha descubierto los beneficios del reciclaje, acabará dándose cuenta de los efectos perniciosos de nuestras pautas de consumo».
La voluntad de cambio está ahí; basta con echar un ojo a las encuestas... «Pero las transformaciones sociales son muy lentas, y todo lo que está surgiendo ahora comenzará a dar sus frutos en un par de décadas —sostiene Fumari—. Tenemos que trabajar especialmente en el campo de la educación; nos estamos esforzando mucho por llegar a las escuelas. Hay que embarcar también en la misma nave a los medios de comunicación, y ésa es una batalla más complicada porque en gran parte están dominados por los mismos intereses que mueven la sociedad de consumo».
El Centro para el Nuevo Sueño Americano organiza y apoya campañas como el Buy Nothing Day (el día de no comprar nada) o la TV-Free Week (semana nacional de abstinencia televisiva). Uno de sus logros más sonados fue la emisión de un impactante documental —«Abundancia: las enfermedades ambientales y espirituales causadas por el consumismo»— que llegó a millones de americanos por el canal público de televisión en plena vorágine navideña de 1997. El ideario del «nuevo sueño americano» está plasmado en una revista —Enongh!— que intenta responder cada tres meses al espinoso dilema: «¿Cuánto es bastante?».
Si los americanos se están haciendo ya esa pregunta, es de esperar que tarde o temprano se la acabe formulando el resto del planeta. Ya que tanto miramos a Estados Unidos para contagiarnos de sus envidiables excesos (y de sus profundas carencias), quizás ha llegado el momento de importar también el antídoto.