CONSUMIDORES ACTIVOS
Pese a la oferta ilimitada del hipermercado, Isabel Martínez no encontraba nunca lo que ella quería. Las estanterías estaban llenas de enlatados, congelados y precocinados, facilísimos de preparar, listos para el microondas, etc., etc., etc. Pero ningún producto tenía las garantías que ella buscaba: fresco, natural y «biológico» (libre de pesticidas, fertilizantes químicos u hormonas).
En su misma situación estaban unas cincuenta familias que compartían unas inquietudes y unos gustos un tanto alejados de las convenciones... «Si el mercado no responde a nuestras demandas, habrá que salir al encuentro de ellas», se dijeron.
Y acto seguido decidieron tomar la iniciativa y ponerse en contacto directo con los agricultores. Les hicieron saber sus deseos y llegaron a un acuerdo con ellos. De productor a consumidor: sin distribuidores ni intermediarios que procesen los alimentos y engorden los precios.
Así nació a finales de los ochenta la cooperativa La Espiga. Ahora son más de un centenar de miembros con local propio en Las Rozas (Madrid) y dos empleados a sueldo. Una cuota de inscripción y otra mensual dan derecho a una serie limitada de productos que, sin embargo, son casi imposibles de encontrar en las tiendas y en los supermercados: verduras, cereales y legumbres cultivados según los principios naturales de la agricultura biológica, la biodinámica o la permacultura.
«Al tiempo que satisfacemos nuestros deseos como consumidores, estamos cumpliendo una función social —se explica Isabel Martínez, que empezó como voluntaria en la cooperativa y ahora trabaja a tiempo completo—. Importamos lo menos posible porque nuestra intención es fomentar la producción local, ir convenciendo poco a poco a los agricultores para que respondan a una demanda que está ahí. Y es que tarde o temprano la gente en España caerá en la cuenta de que la salud empieza en la mesa, y la agricultura ecológica se verá como una forma de invertir en una mejor calidad de vida».
Las cooperativas son al consumo lo que los sindicatos al trabajo. Sin ellas, el mercado se regiría simple y llanamente por la ley de la oferta, capaz de modelar la demanda a su antojo y conveniencia.
El movimiento cooperativista surge en 1844 en Rochdale (Inglaterra), cuando un grupo de trabajadores se organiza para procurar un suministro de productos alternativos al de los comercios locales y a un precio justo. Aparte de la conveniencia económica, la asociación nace con una idea de «solidaridad e igualdad» que luego acabaría empapando el movimiento cooperativista en el resto del mundo.
En España, las primeras cooperativas de consumo nacen a finales del siglo xix y viven su máximo apogeo en el primer tercio de este siglo, en plena «edad de oro» del asociacionismo: ateneos populares, mutuas, cajas de ahorro... A partir de los años setenta vuelven a estar en boga, con la experiencia de Mondragón como buque insignia. En los noventa resurgen con fuerza, agrupadas en torno a la Confederación Española de Cooperativas de Consumidores, y se lanzan a la conquista de nuevas fronteras.
El caso más notorio es el de Eroski y Consum, capaces de competir en su terreno con las grandes firmas de hipermercados y supermercados. Gracias al tirón de ambas, las cooperativas de consumidores facturaron en España más de 365 000 millones de pesetas en 1996 y superaron el listón de los 800 000 socios.
El éxito de Eroski contrasta sin embargo con las dificultades de las pequeñas cooperativas locales, que están en pleno proceso de reconversión y tardarán aún un tiempo en fraguar, seguramente, como el necesario contrapeso a la economía global.
Siguiendo el modelo que trazaron las familias de La Espiga, cualquier grupo de más de cinco consumidores (aunque es mucho más viable de veinte para arriba) puede constituirse en cooperativa. Habrá que decidir un nombre, elegir un consejo rector y presentar una serie de documentos en el registro local (estatutos sociales, capital social mínimo, declaración de actividades). Superados los trámites burocráticos, habrá que fijar una lista de productos, contactar con los proveedores y acordar el sistema de reparto.
Eso sí, desde el momento en que nos declaramos «consumidores activos» no nos podemos quedar cruzados de brazos. Tenemos que estar dispuestos a ceder una parte de nuestro tiempo como voluntario a la «tarea común». Esa dedicación extra revertirá luego en mejores precios, totales garantías y un contacto directo con quien cultiva o fabrica el producto.
Libertad y autogestión son las dos máximas de las cooperativas, que contribuyen a superar la fragmentación social y a recuperar el sentido de comunidad y del trabajo en equipo. Los excedentes del proceso productivo se reinvierten y los socios participan de forma solidaria y equitativa.
Las cooperativas cumplen además una extraordinaria labor en la formación de sus socios, y apuestan claramente por la economía social el comercio justo y la defensa de la salud y el medio ambiente, un triple privilegio que nunca tendremos como meros consumidores pasivos.