¿REINVENTAR EL MATRIMONIO?

Dianne Sollee es una mujer divorciada que la tiene emprendida contra el divorcio. Su experiencia personal y su trabajo de campo como psicóloga familiar le han servido para comprobar la capacidad destructiva de la separación... «Y no te hablo sólo del trauma por el que han de pasar los hijos: te puedo contar cientos de casos de adultos, sobre todo mujeres, que nunca han logrado superar el mazazo emocional y económico».

Sollee no va de carca por la vida, ni enarbola la bandera de «lo que ha unido Dios, no lo separe el hombre». Su cruzada particular obedece a «motivos racionales, humanos y prácticos».

En 1996, Sollee creó en Washington la Coalición por el Matrimonio, la Familia y la Educación de la Pareja. Un año después consiguió lo nunca visto: reunir bajo el mismo techo a feministas radicales, cristianos de derechas, psicólogos familiares e investigadores sociales para darle nueva vida al apolillado concepto del matrimonio.

El singular encuentro se clausuró con un llamamiento a favor de los smart marriages (matrimonios inteligentes), en respuesta a la plaga de dumb divorces (divorcios tontos).

«¿Qué es un matrimonio inteligente? —se pregunta Sollee—. Pues una relación sólida, cimentada en una meta común y cuajada de dificultades, una ocasión única para madurar y encontrar la plena satisfacción en tu vida».

Sollee no se opone frontalmente al divorcio; con lo que no comulga es con el uso sistemático que se hace de él... «En vez de servir como salida de emergencia, se utiliza como puerta giratoria. Y todo por culpa de la ligereza con que la gente se casa: de la comida rápida hemos pasado al matrimonio rápido, superficial, de un día para otro. En nuestro afán por resolverlo todo instantáneamente, hemos sacrificado la visión de futuro: nos falta capacidad y paciencia para superar las fricciones, que son parte indisoluble del crecimiento y la maduración del matrimonio. La convivencia previa no basta; hace falta una preparación sólida».

De educación va la cosa. Desde principios de los noventa se han vuelto a popularizar en Estados Unidos los cursillos prematrimoniales, esta vez con un enfoque estrictamente psicológico (nada que ver con las catequesis religiosas), pensados para calibrar la disposición emocional de cada uno y detectar los puntos de conflicto.

«Si las parejas no dominan sus habilidades para manejar los problemas, los aspeaos negativos de la relación acaban pesando siempre más que los positivos —afirma Scott Stanley, mentor de los cursos PREP (Programa para Fortalecer las Relaciones Prematrimoniales)—. La elevada tasa de divorcios es el precio que estamos pagando por el desconocimiento. El Estado debería subvencionar la educación matrimonial, para que la gente tenga acceso libre y gratuito antes de pasar por el juzgado.

»Nuestra experiencia nos dice que las parejas que se inscriben en los cursillos reducen por lo menos a la mitad el riesgo de divorcio —añade Stanley—. El 10 % de los novios que se somete a la prueba de incompatibilidad de caracteres decide no casarse».

Con precisión científica, otro psicólogo experto en relaciones, John Gottman, sostiene que el 90 % de los fracasos matrimoniales son perfectamente predecibles.

Gottman, profesor en la Universidad del estado de Washington, lleva veinte años analizando con microscopio a las parejas en el así llamado Laboratorio del Amor (Love Lab). Su método va más allá de los interrogatorios parapoliciales y los típicos tests de aptitudes: es capaz de leer el lenguaje no verbal de las parejas y extraer, como quien dice, su radiografía emocional.

Comunicación, lo que falta básicamente es comunicación en la pareja. A esa conclusión ha llegado Gottman después de examinar en su «probeta» el contenido de los fracasos. En el matrimonio, como en el trabajo, impera la ley de la invectiva, el mutuo reproche, el insulto y la humillación. Más que convivir, la mayoría de las parejas sobrevive en un clima hostil y prebélico. La llegada de los niños, en muchas ocasiones, no hace sino desbordar la situación. Las familias, por lo general, se instalan en una situación de soportable infelicidad hasta que algún elemento ajeno (normalmente, una relación extramatrimonial o un problema económico) actúa como detonante.

En Estados Unidos, el número de divorcios creció imparable durante treinta años hasta que tocó techo a primeros de los noventa: uno de cada dos matrimonios acababa matemáticamente en ruptura. La situación parece haber remitido en los últimos años y ronda ahora los cuatro divorcios por cada diez matrimonios.

Así lo revelaba en 1997 el informe Características de los Hogares y las Familias, publicado por la Oficina del Censo americana. «Las tendencias de las últimas décadas han llegado a un punto muerto —sostiene el autor del estudio, Ken Bryson—. El divorcio está dando marcha atrás y las familias vuelven a tener más hijos».

La revolución social que se inició a primeros de los sesenta ha entrado en una fase autocrítica, concluye Bryson. Tal vez nos encontremos en los albores de la «reinvención» del matrimonio...

En España, aún estamos en la cresta de la ola divorcista. De momento tocamos ya a cuatro separaciones por cada diez bodas. En 1995 se rompieron legalmente 83 577 parejas, el 47,5 % más que hace una década.

«El número de divorcios va en aumento, pero sigue siendo bajo con respecto a otros países de nuestro entorno —sostiene el sociólogo Santiago Borrajo Iniesta, autor de La ruptura matrimonial en España—. Y no creo que lleguemos nunca al nivel de Estados Unidos o de los países escandinavos porque, culturalmente, aquí somos diferentes y la familia es algo muy valorado».

Diferentes o no, lo cierto es que nos movemos socialmente bajo el inevitable influjo del modelo americano, y tal vez no hará falta esperar al punto álgido para que acabe tomando cuerpo en nuestro país un movimiento a favor del «matrimonio inteligente» a imagen y semejanza del que existe en Estados Unidos (el éxito de El amor inteligente de Enrique Rojas es ya un indicio).

«Ha llegado el momento de admitir que la revolución del divorcio ha fracasado —asegura sin ambages Barbara Dafoe, autora de The Divorce Culture (La cultura del divorcio)—. Los mismos valores del mercado —ambición, codicia, individualismo— los hemos trasladado a nuestras relaciones personales, cada vez más inestables. En aras de nuestra propia libertad, hemos acabado enterrando el compromiso y la responsabilidad. Al final, la factura la están pagando nuestros hijos».

Por la izquierda ideológica comienza a hablarse también de la necesidad de dar una segunda oportunidad a la familia. La mujer, dicen, debe desprenderse del disfraz de ejecutiva y abrirse sin medias tintas a la experiencia de la maternidad. El padre, el «nuevo padre», ha de ser solidario y tirando a andrógino, presto a asumir las tareas hogareñas más ingratas y a renunciar a las horas extras.

Hasta los homosexuales y las lesbianas parecen haberse contagiado de la marcha atrás: no sólo reivindican ser reconocidos como parejas de hecho, sino poder casarse con todas las de la ley y tener hijos como cualquier matrimonio heterosexual.

La apuesta por una relación duradera vuelve a dibujarse pues como el camino más recomendable hacia una vida más equilibrada y completa, frente al descalabro emocional y a las preocupaciones adicionales que conllevan las separaciones. El divorcio ha sido, seguramente, una de las más celebradas conquistas sociales del siglo, y en muchísimos casos ha permitido romper el yugo a miles de mujeres. Con el tiempo, sin embargo, se ha destapado como un arma de dos filos: por un lado, liberadora; por el otro, frustrante.

La vida simple
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