ADULTOS PRECOCES
Los periódicos se están poblando de noticias protagonizadas por niños que quisieron crecer antes de tiempo... y por adultos que alimentaron irresponsablemente esos sueños, infames ladrones de la infancia.
A sus doce años, Jessica se había empeñado en cruzar Estados Unidos a los mandos de una avioneta. Tenía que sentarse sobre unos cojines para poder ver la pista y apenas le llegaban las fuerzas para activar los mandos. Pero el padre y su instructor le siguieron el juego, empeñados en superar todos los récords. Se estrellaron en mitad de una tormenta.
El beso de Jonathan dio también la vuelta al mundo. Con toda la ingenuidad de sus seis años, el niño estampó sus labios en las mejillas de una compañera de clase. La profesora, que lo vio todo, decidió denunciarle a la dirección del colegio. Expulsado por «acoso sexual».
En casos como éste, los pequeños han de aterrizar de pronto en el complejo universo de los mayores, donde todo son rigideces, urgencias y leyes que ellos no entienden. Luego vendrá lo inevitable: traumas, ansiedades, anorexias, depresiones, enfermedades nuevas y viejas que cada vez se manifiestan a una edad más temprana.
Si a todo esto le añadimos la presencia ubicua de la violencia, las rupturas familiares, el bombardeo audiovisual, la presión de la escuela y el ritmo trepidante de nuestros días, no tardaremos en llegar a una obvia conclusión: la infancia no es lo que era.
Una de las mayores paradojas de la vida moderna es precisamente ésta: cada vez son más los adultos que se comportan como niños y más los niños que imitan a los adultos. La frontera entre un mundo y otro está desapareciendo. Los niños asesinan a los doce años por imitar a los mayores. Los yuppies se disfrazan de soldados y juegan al pim, pam, pum para descargar la adrenalina...
«El concepto de infancia está en grave amenaza de extinción en la sociedad que hemos creado —apunta el doctor David Elkind, autor de The hurried child (El niño apresurado)—. Los niños de hoy en día son las primeras víctimas del estrés: nadie como ellos sufre las consecuencias de los vertiginosos cambios por los que estamos pasando».
Puestos a buscar culpables, Elkind divide la responsabilidad entre tres: padres, escuela y medios de comunicación. «Los padres se sienten como en una olla a presión —escribe—, incapaces de encontrar su sitio en un mundo lleno de exigencias, transiciones e incertidumbres».
Las escuelas, dice Elkind, se han «industrializado» y han acabado por convertirse en «impersonales cadenas de ensamblaje donde lo único que prima es el expediente académico, en detrimento de factores como la integración social o la creatividad». La televisión, por último, «ha explotado comercialmente la vulnerabilidad de los más pequeños y les ha apremiado para que crezcan más y más rápido».
Un ejemplo muy claro lo hemos tenido en España con el lanzamiento de los «minicoches» para niños de catorce años. Pese a la alarma social por los indudables riesgos de accidentes, la poderosa maquinaria del marketing ha impuesto al final su criterio a golpe de eslogan publicitario: «Dentro de cada hombre hay un niño que sueña...».
Los «adultos en miniatura» son una especie ensalzada hasta la saciedad por los medios. Los clásicos programas para los «peques» han dejado paso a versiones infantiles de los shows para mayores. Los niños se entretienen matando virtualmente en Mortal Kombat. Las niñas imitan con cinco años la procacidad de las Spice Girls.
Y aquí chocamos con otra gran contradicción: los niños de hoy en día se las saben todas y, en el fondo, no saben nada. Son astutos y picaros, ingeniosos y avispados, pero tienen unas terribles lagunas emocionales y sociales, no reconocen ninguna autoridad, son olvidadizos e hiperactivos, leen cada vez menos, carecen de valores, están desmotivados, son fáciles víctimas del alcohol y de las drogas.
«Algo está cambiando en el cerebro de los niños, y aunque no tenemos la prueba científica, nos sobran evidencias circunstanciales», afirma la psicóloga Jane Healy, autora de Endangered Minds (Mentes en peligro). Healy escribió su libro a partir de su propia experiencia y la de trescientos profesores, igualmente alarmados por lo que se está cociendo en las escuelas:
«Hace años, los niños tenían experiencias reales; sus padres les enseñaban el mundo, les leían antes de acostarse, siempre estaban a mano cuando surgían los problemas... Hoy por hoy, la única "experiencia" que comparten padres e hijos es ir de compras al centro comercial».
El estilo de vida al uso —materialismo, conformismo, sedentarismo— acaba contagiándose de padres a hijos (como lo demuestra el aumento de los casos de obesidad infantil en un 45% en los veinte últimos años). Healy se pregunta si la comida-basura y el abuso del azúcar tienen algo que ver con el cambio de «chip» en el cerebro de los niños. Sospecha también que los ambientes tóxicos que respiran y el incesante ruido (¡cuidado con los walkman!) influye en su disminuida facultad de pensar. Pero lo que más directamente les afecta es la «borrachera visual» causada por la televisión y los videojuegos.
Los medios de comunicación y el ambiente escolar son decisivos en la evolución de un niño, aunque la responsabilidad primera y última sigue recayendo en los padres. A ellos se les puede exigir más dedicación y más tiempo, y también un mayor empeño en inculcar a sus hijos unas pautas de vida que vayan más allá de los estereotipos comerciales. En sus manos está educarlos como adultos precoces o dejarse guiar por el sabio consejo de Rousseau en Emilio: «Los niños tienen su propio modo de ver, pensar y sentir, y nada hay más necio que hacerles cambiar su mundo por el nuestro».