QUEMADOS

Hubo un tiempo, no muy lejano, en que tal vez disfrutábamos con el trabajo. Y aun si no nos agradaba excesivamente lo que hacíamos, por lo menos nos servía para pagar las facturas y regalarnos algún que otro capricho. Como vocación o como medio de vida, como pasión diaria o como soportable rutina, el trabajo cumplía su función y punto.

Hoy por hoy, el trabajo es algo más que eso. Es, sobre todo, una fuente constante de estrés, sobrecarga, angustia, insatisfacción y fatiga.

La revista Scientific American revelaba en 1994 que, al cabo de medio siglo, el rendimiento por hora trabajada se ha duplicado en los países industrializados. Las nuevas tecnologías han provocado despidos en masa y están ejerciendo aún más presión sobre quienes han logrado salvar su puesto. La competencia salvaje, las crisis económicas y la inseguridad laboral han obligado a extender las jornadas laborales mucho más allá de lo que estipulan los contratos o los convenios. En las oficinas se respira un aire cada vez más espeso y viciado.

El resultado de todo esto es lo que en inglés se conoce como burn-out y que podemos traducir como la «quemazón laboral».

A principios de los ochenta, los psicólogos americanos comenzaron a estudiar los efectos del burn-out en profesiones estresantes como la medicina, la asistencia social o la enseñanza. Al cabo de una década, el mal está tan extendido que alcanza ya proporciones epidémicas.

Christina Maslach y Michael Leiter, autores de The truth about burn-out (La verdad sobre el burn-out) cargan las tintas sobre las grandes compañías y las acusan de haber olvidado por completo el factor humano durante la reconversión tecnológica. Todos, desde el máximo directivo al más humilde de los trabajadores, están pagando ahora muy caras las consecuencias.

«Los lugares de trabajo se han vuelto fríos, hostiles y demasiado exigentes —escriben Maslach y Leiter—. La gente está emocional, física y psicológicamente exhausta. Su dedicación laboral les roba toda la energía y el entusiasmo. La satisfacción por el trabajo bien hecho o el mínimo reconocimiento son cada vez más difíciles de conseguir. La vinculación y el compromiso personal con la empresa se están desvaneciendo».

El burn-out se encuentra a medio camino entre el estrés y la depresión. El primer aviso nos llega en forma de cansancio: nos levantamos tan agotados como nos acostamos, nos falta aliento vital la sola idea de pisar la oficina nos produce náuseas.

La segunda etapa es la del cinismo: nos sentimos cada vez más distantes del trabajo, adoptamos una actitud de «no implicación», todo lo enjuiciamos por el lado negativo. Al final, desembocamos en la ineficiencia: las tareas se hacen cada vez más cuesta arriba, perdemos confianza en nuestras habilidades y cualquier nuevo proyecto, por modesto que sea, nos resulta abrumador.

Dolores de cabeza, trastornos gastrointestinales, tensión muscular, alta presión sanguínea, ansiedad, insomnio... El burn-out produce, por lo general, una sucesión de malestares en cadena. La forma más fácil de aliviarlos suele ser el alcohol, las drogas o las pastillas.

Maslach y Leiter consideran que estamos más ante una «enfermedad social» que ante una dolencia que se propaga de persona en persona... «Lo que está fallando es la estructura de las empresas: cuando a un trabajador se le obliga a renunciar a su lado humano, la mente y el cuerpo se rebelan».

La principal causa del burn-out es sin duda la sobrecarga: con la ayuda de la máquina, el trabajador se ve forzado a realizar el doble de tareas en la mitad de tiempo. Su labor es más intensa y compleja: sólo para poder interaccionar con el ordenador se ve obligado a una puesta al día permanente, casi siempre a costa de su tiempo libre.

El aislamiento, el automatismo, la falta de control, la ausencia de recompensas, los conflictos de valores... Todo esto provoca una especie de centrifugado en la mente del trabajador, que arrastra su «quemazón» hasta que no puede más y explota.

La depresión es ya la segunda causa de bajas laborales. El estrés está considerado como uno de los principales desencadenantes de los ataques al corazón. El síndrome de fatiga crónica, una enfermedad prácticamente desconocida hasta 1988, hace estragos entre los yuppies.

Y es que la mayoría de las oficinas, aparentemente pulcras e inofensivas, son tan peligrosas para nuestra salud física y mental como las cadenas de producción de principios de siglo.

La vida simple
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