LA PANACEA UNIVERSAL

Cada época tiene su panacea, y a la nuestra le ha tocado el Prozac. Gracias a una campaña de publicidad sin precedentes, el famoso antidepresivo es ya casi tan popular como la aspirina o el valium. Los medios de comunicación han exaltado hasta la saciedad sus virtudes y nos han incitado a consumirlo al menor síntoma de cualquier cosa: he aquí una píldora que le ayudará no sólo a combatir la depresión, la ansiedad y la adicción; también le servirá para adelgazar, vencer la timidez y, llegado el caso, cambiar de personalidad.

El «boom» del Prozac ilustra a la perfección hasta qué punto somos víctimas de un sistema viciado que ha convertido la enfermedad en un boyante negocio.

No es éste el lugar para cuestionar la efectividad del medicamento, uno de tantos reguladores de la serotonina. Ni siquiera vamos a entrar en consideraciones sobre sus controvertidos efectos secundarios. Nos conformamos con subrayar los intereses comerciales que hay detrás: 1 730 millones de dólares al año en Estados Unidos.

Los americanos no sólo exportan, con notable éxito, sus productos farmacéuticos. En nombre de la eficiencia, nos están vendiendo también un modelo en el que los enfermos son tralados como meros consumidores. La asistencia sanitaria no es ya un derecho, sino un lujo cada vez más caro (treinta millones de americanos no pueden costearse el seguro médico).

A más enfermedad, mayores ventas: las farmacias se suben al carro del marketing y nos incitan a llenar el botiquín con cápsulas, supositorios, pastillas efervescentes, jarabes con mil sabores... La sobremedicación se está convirtiendo, poco a poco, en un problema sanitario de primera magnitud. Según el Journal of American Medical Association, el 21 % de los antibióticos se recetan innecesariamente, de manera que las bacterias se están haciendo más resistentes y enfermedades infecciosas que parecían erradicadas hace años están volviendo a brotar.

El problema, muchas veces, no está en el médico sino en el propio paciente, que se resiste a dejar la consulta sin una receta bajo el brazo. Los doctores se limitan a seguir la corriente y a rubricar con su firma la automedicación encubierta.

Nuestra sociedad está llena de enfermos imaginarios que arrastran con enorme peso su «vida farmacéutica». A partir de cierta edad, parece inevitable el banquete diario de pastillas, de todas las formas y colores, con tantas aplicaciones como contraindicaciones.

La tendencia enfermiza está contagiando el otro «mercado», el de la medicina alternativa. Todo lo dicho del Prozac vale para la famosa melatonina, de composición bien distinta, pero con la misma vitola de píldora mágica: la droga «natural» que te servirá para ajustar tu reloj biológico, dormir como la seda, prevenir el cáncer y prolongar tu vida... Después de arrasar en el mercado americano, las autoridades sanitarias decidieron prohibirla en España hasta que no se contrasten sus efectos secundarios (pesadillas, náuseas, depresiones suaves, alteraciones emocionales, etc., etc., etc.).

Seguirán vendiéndonos panaceas universales, pero desconfiar es de sabios. No podemos creer ciegamente en el poder de los medicamentos, sobre todo para atajar ciertos males de la vida moderna —ansiedad, estrés, fatiga crónica— que tienen unas raíces muy profundas y ocultas. Antes de morder en el anzuelo de las drogas legales, tan adictivas como las «otras», convendría probar con soluciones más naturales y, a la larga, mucho menos costosas.

La vida simple
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