AÚN NO HEMOS VISTO NADA

Televisivamente hablando, estamos en la edad de piedra. De aquí a unos años sabremos por fin lo que es auténtico entretenimiento: pantallas tres o cuatro veces más grandes, calidad de cine, posibilidades inmensas (hasta quinientos canales, pasivos o interactivos, servicio de vídeo a la carta, realidad virtual).

Ése es el futuro inmediato que nos están preparando Steven Spielberg y Bill Gates, entre otros. El gran negocio fin de siglo será el home entertainment: nuestras casas, convertidas en auténticos parques de atracciones.

El salto de la señal analógica a la señal digital será tan espectacular, dicen, como el del blanco y negro a la televisión en color. Habrá que jubilar el viejo aparato, o comprarse un convertidor, gastarse un dineral. Pero el esfuerzo merecerá la pena: la tele cobrará una quinta dimensión hasta ahora insospechada. Aún no hemos visto nada.

La función «social» de la televisión no es, al fin y al cabo, más que ésa: entretenernos. Según el diccionario, «tenernos detenidos esperando alguna cosa». Hasta ahora ésa definición era válida tan sólo a medias, pues como apunta Marie Winn en The plug-in drug (La droga conectada): «La televisión es fundamentalmente una experiencia que consiste en la negación de todas las demás experiencias».

Eso se acabó, nos advierten los profetas de las nuevas tecnologías. Dentro de poco, la televisión será tal vez la más inolvidable de las experiencias.

«Nos divertiremos hasta la muerte», augura Neil Postman, profesor de la Universidad de Nueva York y autor de Amusing ourselves to death, una de las mayores diatribas jamás escritas contra la «cultura del entretenimiento» y los «medios de distracción de masas».

Dice Postman que nuestras vidas se encaminan «alegremente» hacia la profecía de Aldous Huxley en Un mundo feliz. Al Gran Hermano no le interesa ya meternos el miedo en el cuerpo, como ocurría en el 1984 de Orwell; le resulta mucho más fácil y rentable mantenernos entretenidos. Más que para vigilarnos, las pantallas se utilizan para distraernos. La televisión, pues, cumple la función del «soma»: una ración diaria y todos felices.

«Lo que Orwell temía es que se prohibieran los libros —escribe Postman—. Huxley sospecha que no hará falta prohibirlos porque, al paso que vamos, llegará un momento en que nadie quiera leer... La gente acabará amando la opresión, idolatrando la tecnología que les está privando de la capacidad de pensar».

«El medio es la metáfora», sentencia Postman, parafraseando a McLuhan («El mensaje es el medio»). Umberto Eco corrige: «El mensaje es la electricidad». Y Francisco Umbral da por cerrado el debate: «El medio es el rollo [...] La televisión es el opio del pueblo democrático, de la sociedad tecnocrática».

En España, los propios espectadores han comenzado a levantar la voz y a rebelarse contra la telebasura, pero la auténtica cuestión de fondo sigue intacta: «¿No le estaremos dedicando demasiado tiempo a la televisión?».

Lejos, muy lejos queda aquel sentimental anuncio de TVE: el perro haciendo las maletas y marchándose de casa porque su mejor amigo, un niño, se pasa el día atado al televisor. La competencia encarnizada, la guerra del rating, obliga cada día a más. Así las cosas, no tardaremos en ver una campaña como la lanzada en 1997 por la cadena ABC en Estados Unidos.

«Ocho horas al día, no te pedimos más», decían con cierta sorna las vallas publicitarias y los anuncios a toda página. Las grandes cadenas estaban preocupadas porque en un solo año habían perdido millón y medio de audiencia. Entonces llegaron los letreros, incitando a que la gente viera televisión indiscriminadamente: «La vida es corta, ve TV»; «El sillón es tu mejor amigo»; «No te preocupes, aún te quedan millones de neuronas»...

Por lo visto y leído, hay muchos intereses económicos en juego, demasiada gente empeñada en que no despeguemos los ojos del televisor. El simple hecho de que se desaten feroces batallas a nuestra costa debería darnos que pensar: «¿A qué precio estamos vendiendo nuestro tiempo libre?».

La vida simple
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