TRABAJAR POR VICIO
Los primeros síntomas de la nueva adicción se detectaron a primeros de los ochenta. Hasta entonces, la dedicación excesiva al trabajo se consideraba más una virtud que un vicio.
Fue en pleno fragor de la era yuppie cuando los divanes de los psiquiatras americanos comenzaron a poblarse de ejecutivos hiperactivos, capaces de trabajar un mes entero sin una sola jornada de descanso. Irritables, impacientes, en permanente estado de alerta. Aquejados de insomnio, jaquecas, úlceras, alergias, picores, tics nerviosos.
El cuadro del workahólico o trabajador compulsivo admite ligeras variaciones. Por lo general, se trata de personas obsesivas que se vuelcan en el trabajo para llenar un vacío vital. Como se sienten de alguna manera incompletos, alimentan su autoestima con una tarea que les ayuda a sentirse importantes.
El workahólico busca el reconocimiento a toda costa y sobrevalora sus propias habilidades. Necesita tenerlo todo bajo control. Suele ser perfeccionista; no sabe delegar. Tiene enormes dificultades para las distancias cortas y sacrifica a menudo su vida personal. Los días libres le parecen una imperdonable ligereza; la sola idea de unas vacaciones le produce pavor. Es incapaz de relajarse y divertirse. Siempre, aun cuando esté hablando de otra cosa, tiene la mente puesta en el trabajo. Rara vez escucha o reflexiona; más que el aire, necesita la acción.
Este perfil, tan americano, estamos hartos de verlo en las películas (Wall Street, Pretty Woman, Working girl). Pero seguro que no tenemos que mirar muy lejos en nuestro propio lugar de trabajo para encontrarnos con alguien parecido...
El jefe workahólico es capaz de amargar la vida a todos los que le rodean. Exige dedicación plena, no tolera un error. Impone su criterio sin contemplaciones y disfruta humillando a sus subordinados. Tiene frecuentes cambios de humor; nunca se sabe qué esperar de él.
Bajo semejante influencia, la oficina se acaba «contagiando» hasta hacerse prácticamente irrespirable para una persona equilibrada. La misma sensación de impotencia que nos invade ante cualquier otro tipo de adicción ajena nos acaba embargando en el lugar donde más horas quemamos a diario.
Los ejecutivos workahólicos tuvieron su edad de oro en la década de los ochenta, cuando se pensaba ingenuamente que la devoción al trabajo era pura productividad. Fue en esa misma época cuando supimos que el karoshi (muerte por exceso de trabajo) se cobraba en Japón al menos diez mil víctimas al año.
Las cosas han comenzado a cambiar en los noventa: ahora se buscan trabajadores más equilibrados, y son las propias empresas las que incitan a los trabajadores a que se tomen su merecido descanso.
«Trabajar inteligentemente es mejor que trabajar más horas», es el lema que preside las oficinas centrales de United Technologies en Nueva York. Algunas compañías americanas ofrecen incluso la posibilidad de recuperarse de la adicción siguiendo un tratamiento psicológico o una terapia de grupo. En las principales ciudades americanas funcionan redes de Workahólicos Anónimos, y hasta Internet ofrece lugares virtuales como el serenity network para ayudar a liberarse de la adicción.
En España, la sensibilización sobre el tema es relativamente nueva. El adicto al trabajo, como el adicto a las compras, sigue gozando de momento de todos los parabienes sociales. El primero en negar la adicción suele ser, además, el propio interesado, que tal vez se reconozca en la batería de preguntas ideada por Bryan Robinson, autor de Work Addiction (Adicción al trabajo):
¿Tiene usted la sensación de estar en pelea permanente contra el reloj? ¿Se sorprende a menudo haciendo dos o tres tareas a la vez? ¿Suele comer en la mesa de trabajo? ¿Suele ser el primero en llegar o el último en salir de la oficina? ¿Se desvela por las noches pensando en el trabajo? ¿Asume más tareas de las que es capaz de hacer? ¿Se pone muy nervioso cuando una situación laboral escapa a su control?
Si las respuestas son sucesivos «síes», Robinson sugiere pasar a la acción y dibujar una «rueda de la vida», dividida en cuatro porciones: Trabajo Saludable, Juego, Familia y Yo Mismo.
Bajo el epígrafe de Trabajo Saludable, propósitos de enmienda como éstos: reconozco mi problema y necesito ayuda externa; tengo otros intereses además de mi trabajo; me gusta tanto trabajar como dejar la oficina con la sensación del deber cumplido; sólo trabajaré fuera de mi horario en ocasiones especiales; aprenderé a decir «no»; nunca me llevaré trabajo a casa; pasaré por lo menos la misma cantidad de tiempo relajándome y relacionándome que trabajando.
Reestablecida la relación normal con el trabajo, el workahólico deberá pasar por un proceso lúdico de «reinserción social»: hacer nuevos amigos, preferiblemente fuera del trabajo; involucrarse activamente en la vida de su barrio o comunidad; participar en deportes de grupo; quedar para ir al cine, al teatro, a una exposición o a un concierto.
La familia es el tercer pedazo de la tarta. Como cualquier otro adicto, el workahólico deberá apoyarse en los suyos y recuperar la comunicación perdida, disfrutar de las viejas tradiciones, buscar afanosamente el equilibrio y la armonía en su entorno inmediato. Por último, él mismo: practicar ejercicio regularmente, descansar lo suficiente, aficionarse a un hobby, desacelerar el ritmo de vida, disfrutar del ahora.
El trabajador compulsivo estará curado en el momento en que descubra que el mundo sigue girando aunque su mesa y su silla estén felizmente vacías.