EN BUSCA DE LA SIMPLICIDAD
La busca del equilibrio a través de la vida simple ha sido una constante en todas las civilizaciones. Los padres espirituales del este (Buda, Confucio, Lao-Tse) ya nos invitaban a huir de los excesos y a no dejarnos cegar por la codicia. Los filósofos griegos y romanos —de Sócrates a Virgilio, pasando por Platón, Aristóteles o Diógenes— también profundizaron en el permanente conflicto entre la abundancia material y la riqueza del alma.
Para los estoicos, la simplicidad fue mucho más que un objeto de reflexión, casi una ley de vida. El cordobés Séneca, eterno punto de referencia, se propuso conquistar la serenidad con una fórmula que ha resistido impávida el paso del tiempo: «Aprendamos a contener el lujo, a templar la ostentación, a vivir sin ornamentos».
El esclavo Epicteto, otro notable estoico, llegó a decir: «Si quieres desarrollar tu habilidad para vivir de una manera sencilla, hazlo por ti mismo, silenciosamente, y no lo hagas por impresionar a otros». El emperador Marco Aurelio, alumno aventajado, tomó buena nota y nos dejó un espléndido legado en forma de Meditaciones, de lectura obligada para quienes piensen que la simplicidad es incompatible con el poder.
La moderación es una virtud que está también en la base de casi todas las religiones. El mismo Jesucristo fue un ejemplo de vida austera rayana en la miseria, y el voto de pobreza ha persistido por los siglos de los siglos, pese al boato de las altas jerarquías eclesiásticas.
Como manifestación religiosa o como corriente filosófica, como revolución social y política o como creación artística, el río de la simplicidad ha emergido de muy distintas formas a lo largo de la historia. El romanticismo, el espíritu rousseauniano de vuelta a la naturaleza y las utopías del siglo xix caminan en la misma línea de impostura o rebeldía contra los efectos perversos del materialismo.
En Estados Unidos, la idea triunfal del progreso ilimitado ha tenido siempre un contrapunto histórico en ilustres defensores de la austeridad como Benjamín Franklin, Henry David Thoreau o Ralph Waldo Emerson. De todos ellos, Thoreau es por antonomasia el profeta de la simplicidad, cabeza visible del grupo de «trascendentalistas» que se propuso rasgar en la superficie de la vida americana y reivindicar «el progreso espiritual del individuo».
Huyendo de «la masa de hombres que viven en perpetua desesperación», Thoreau abandonó su pueblo, Concord, y se marchó a vivir a una cabaña al borde de un lago «para afrontar los hechos esenciales de la vida e intentar aprender de ella, en vez de esperar a morir y descubrir que no he vivido».
La suya no fue la huida del eremita («en mi cabaña había siempre una silla para la soledad, otra para la amistad y otra para la sociedad»). Durante los dos años que estuvo viviendo en el bosque trabajó por temporadas como carpintero, albañil y jardinero para ganarse la autosuficiencia. Las muchas horas que le quedaban las invertía en leer, escribir y observar la naturaleza «hasta sentirme parte de ella».
Su experiencia quedó plasmada en Walden (1854), un clásico que tendría que esperar algunas generaciones para ver reconocida su auténtica valía. Thoreau no se pone como ejemplo a seguir; se conforma con contagiarnos su alegría vital: «Cada día era una invitación jubilosa a imitar la simplicidad, y hasta la inocencia diría, de la naturaleza en sí misma».
«Thoreau criticó muy duramente el optimismo material de Estados Unidos y condenó la ciega e inhumana persecución de la riqueza —escribe David Shi, autor de The Simple Life, completísima incursión histórica en los anales de la vida simple—. Estaba convencido de que los niveles de prosperidad alcanzados a mediados del siglo xix eran una ocasión ideal para permitir a la gente trabajar menos y poder dedicar más tiempo "a las cosas del alma y del intelecto".
»En todas las épocas, la simplicidad ha sido al mismo tiempo una mítica aspiración social y una guía de comportamiento individual —añade Shi—. En ambos sentidos, casi siempre ha sucumbido a manos del progreso, pero nunca ha desaparecido como tal. Siempre ha quedado cultivándose en pequeños reductos, como las comunidades de los amish y los cuáqueros.
Y cuando la sociedad la creía ya muerta, de pronto ha resurgido con fuerza inusitada».
La influencia proverbial de una figura como Gandhi fue decisiva para rescatar la idea en este siglo. En los albores de la sociedad de consumo, Occidente miró a Oriente en busca de respuestas. Todo aquel descontento social acabaría fraguando en el movimiento hippie, en la generación beat y en la explosión contracultural que sacudió Europa y Norteamérica a lo largo de los años sesenta y los setenta.
Proliferaron las asociaciones y las revistas de «ecología social». Los «situacionistas» denunciaron los excesos del comercialismo. Se publicaron títulos como ¡Ya tenemos bastante!, Viviendo pobre con estilo o Camino hacia la frugalidad... De todos ellos han pervivido especialmente dos: ¿Tener o ser?, de Erich Fromm, y Lo pequeño es hermoso, de E. F. Schumacher.
Fromm detectó hace dos décadas el hastío y la infelicidad de nuestro estilo de vida: «La mayoría del mundo occidental conoce el placer de consumir, pero un creciente número de consumidores sienten que les falta algo: están empezando a descubrir que tener mucho no produce bienestar». Las raíces del «mal de siglo», en su opinión, hay que buscarlas en el culto desmedido a las posesiones: «Las cosas y yo nos convertimos en objetos, y yo las tengo, porque tengo poder para hacerlas mías, pero también existe una relación inversa: las cosas me tienen».
E. F. Schumacher, por su parte, cargó las tintas contra un «sistema irracional de producción de masas que se ha olvidado por completo del factor humano». «Necesitamos una nueva dirección —advertía Schumacher—, una dirección que apunte a las necesidades reales del hombre. El hombre es pequeño, luego lo pequeño es hermoso».
El paroxismo de los años ochenta enterró éstas y otras ideas. Tras el fracaso del comunismo, comenzó a tomar cuerpo la Internacional Consumista. El mundo entero bailó al trepidante ritmo de Wall Street. La simplicidad, de nuevo, se dio por extinguida.
Pero a principios de los noventa resucita en Norteamérica, de la mano de un plantel de inmejorables críticos sociales: Duane Elgin, Alan Durning, Jerry Mander, Theodore Roszak, Paul Wachtel. La bolsa o la vida, de Joe Domínguez y Vicki Robín, se encarama a la lista de bestséllers y el fenómeno salta a la televisión y a las portadas de las revistas. Surgen nuevas y cada vez más sólidas publicaciones (Utne Reader, Yes!, Adbusters, Hope). El abanico de grupos y asociaciones se amplía por días.
En Seattle, por azares del destino, convergen varios de los impulsores de la vida simple. Allí surgen los primeros «círculos de estudio», que en los últimos años se han extendido por Estados Unidos. Cecile Andrews, su infatigable creadora, está convencida de que así, en grupos de seis o siete y sin armar excesivo ruido, irá creciendo la bola de nieve: «De lo que se trata es de crear lazos entre la gente, recobrar el sentido de comunidad y la capacidad de acción en nuestro entorno inmediato».
Los «círculos de la simplicidad» se convocan en casas o en cafeterías por espacio de dos horas. Las reuniones comienzan con una charla informal sobre las últimas experiencias «materiales» de cada uno («esta semana he conseguido reducir mis gastos a ciento cincuenta dólares»; «he decidido desprenderme de la televisión») y derivan luego a los aspectos más insospechados del día a día.
«La gente viene a los "círculos" huyendo del vacío y la desazón de la vida moderna —se explica Cecile—. Y entre todos hemos descubierto la paradoja: al tiempo que simplificamos nuestros hábitos, nos vamos enriqueciendo por dentro. La vida se vuelve menos complicada, pero interiormente es mucho más compleja.
»También nos hemos convencido de que no hace falta romper radicalmente o marcharse a vivir al bosque. Los cambios es mejor hacerlos gradualmente, empezando por uno mismo e intentando modificar el entorno inmediato. Se puede aspirar perfectamente a una vida sencilla en la gran ciudad».
Cecile, infatigable habladora, orquesta su «círculo» de estudio en Seattle en torno al tema del día: costes y beneficios de la abundancia. Los contertulios deberán llenar una hoja con todo lo que hacen a lo largo de una jornada laborable. Al final tendrán que responder, con el corazón en la mano, al siguiente cuestionario:
¿Qué obtienes a cambio de cada una de estas actividades?
¿Cuántas de ellas se refieren al aspecto material de tu vida? ¿Cuántas al espiritual intelectual o personal? ¿Hasta qué punto esas actividades encajan con tu meta en la vida?
¿Serías capaz de prescindir de alguna de ellas? ¿Te imaginas poder vivir de otra manera?